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19 de julio de 2024

El observadorFlorentino Portero

El eje Moscú-Barcelona

La Cataluña independiente a la que aspiran algunos estaría abocada a ser una nueva Transnistria, un enclave ruso dedicado al crimen organizado

Actualizada 01:30

La abundante información que se está publicando sobre los vínculos del entorno independentista catalán con el Kremlin nos trasladan a un espacio cinematográfico, ajeno a nuestra vida cotidiana. Resulta difícil creer que los dirigentes catalanistas hayan llegado a una cota tan alta de irresponsabilidad y de insensatez. Que la derecha catalana, antaño baluarte del seny, haya degenerado hasta este punto sólo puede explicarse por el viejo aforismo de que la realidad imita a la literatura. Como no soy especialista en política española, y mucho menos en la catalana, sólo puedo dejar constancia de la curiosa evolución de esa tropa, desde aquellos caballeros de los barrios altos de Barcelona, los de la ceba, hasta estos garrulos incapaces de medir la trascendencia de sus actos. Hasta para ser independentista hay que tener cabeza y buenas maneras.

Dejo para plumas más cualificadas que la mía el análisis de la estrategia catalanista en su acercamiento a Moscú para centrarme en el interés de Rusia por la independencia de Cataluña, que es mucho y bien fundamentado. Evidentemente, Cataluña no es un pilar de la política rusa. Su actividad en esta región española deriva de su estrategia occidental. Viven sintiéndose amenazados por la Alianza Atlántica, por mucho que al europeo medio le pueda sorprender. Podemos entretenernos en discutir si este comportamiento tiene o no una dimensión patológica, pero eso no va a cambiar la situación. Para ellos fracturar el «vínculo» entre Estados Unidos y Europa es tan importante como dividir a los propios europeos en el seno de la Unión. Si, de paso, pueden romper la cohesión de los propios estados, mejor que mejor, pues sería la garantía de la inviabilidad de la Unión. Tiene su lógica, partiendo de la idea, para ellos indiscutible, de que somos enemigos.

Si los catalanistas les abren las puertas es previsible que quieran aprovechar la oportunidad. La independencia catalana no les importa, pero les interesa. Además de debilitar a un estado importante del Viejo Continente podrían disponer de una base de operaciones importante. La inteligencia rusa es muy cartesiana. Diseñan modelos de intervención que replican en lugares distantes con leves modificaciones. Si nos detenemos a estudiar lo que previamente hicieron en Moldavia dispondremos de una buena pista sobre sus planes en Cataluña. Allí respaldaron a un sector independentista, enviaron tropas, que continúan estacionadas como garantía, y trasformaron el territorio en un ente político dedicado al crimen organizado. No nos puede sorprender, por lo tanto, que entre las personas con la que los dirigentes nacionalistas entraron en contacto estuvieran algunos de los máximos responsables de la mafia rusa. Obvio es decir que en ese país o la mafia llega a un entendimiento con el Kremlin o desaparece. La mafia, como los hackers, están al servicio del estado. Disponen de autonomía, siempre y cuando no crucen determinadas líneas rojas. La Cataluña independiente a la que aspiran algunos estaría abocada a ser una nueva Transnistria, un enclave ruso dedicado al crimen organizado. La información de la que ya disponen nuestros magistrados apunta a su deseo de crear un centro financiero alternativo.

El apoyo que desde Venezuela y, en general, desde el Grupo de Puebla, se viene dando a toda esta operación, con el expresidente Rodríguez Zapatero de por medio, tiene igualmente sentido si no perdemos de vista que su objetivo es poner fin al «orden liberal» y a la influencia de las democracias occidentales. Están en un bando y tienen muy claro lo que rechazan. En este sentido habría que preguntarse dónde está el gobierno español y dónde el partido socialista. ¿Es casual que estemos comprando más hidrocarburos rusos que nunca? ¿Es comprensible que se quiera amnistiar a quienes, entre otros delitos, han acordado con una potencia extranjera su intervención en asuntos nacionales? ¿Cómo es posible que habiendo España sufrido una agresión tan directa de Rusia nuestro gobierno actúe como si nada hubiera ocurrido, defendiendo a sus socios? La deriva antidemocrática del socialismo español ni es nueva ni es casual, como tampoco son casuales sus amistades a lo ancho del planeta.

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