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25 de junio de 2024

Perro come perroAntonio R. Naranjo

Pedro Sánchez Largo Caballero en busca de otro Frente Popular

La historia se repite con un irresponsable e inculto presidente que juega definitivamente a recrear el Frente Popular y reactivar las dos Españas

Actualizada 01:30

El 19 de mayo de 2021, en la clausura en Valencia del Congreso de la UGT, Pedro Sánchez reivindicó en tono solemne y con gesto casi amenazante, la figura de Francisco Largo Caballero, aquel dirigente sindical y socialista que agitó tanto la frágil democracia española de los años 30 del siglo XX en nombre de la revolución.

«Actuó como queremos actuar», dijo el líder socialista, con una reivindicación sin matices de un peligroso agitador que despreciaba la propia democracia si entorpecía su objetivo de imponer una dictadura del proletariado.

Ése era el deseo confesado por el llamado «Lenin español», emblema hoy blanqueado del largo listado de dirigentes y organizaciones de la época que conspiraron contra la República, instigaron golpes de Estado, aceptaron la violencia y la represión como medios legítimos para alcanzar su fin e indujeron la trágica respuesta que culminó con una espantosa Guerra Civil.

A aquella izquierda insurgente, amalgama de revolucionarios, anarquistas, comunistas y separatistas, se le opuso sin demasiada fortuna una izquierda más ilustrada y patriótica, cuando ya era tarde: Manuel Azaña, Julián Besteiro o Indalecio Prieto también son responsables de la fundación del llamado Frente Popular, que nunca fue su nombre oficial pero así era conocido, en la creencia equivocada de que esa coalición de extremos, ideologías y objetivos tan diversos podría consolidar el orden constitucional que en aquel momento encarnaba la República.

Alimentar con carne humana a un león y pretender luego que pasee por el parque es un error imperdonable, pero al menos sirve para entender las distintas intenciones que presidieron aquel invento político de cuyas consecuencias tanto se arrepintió, ya en el exilio francés previo a su muerte, el último presidente republicano, Manuel Azaña, y el último primer ministro del régimen, Juan Negrín:

«No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino (…) No hay más que una nación: ¡España! Antes de consentir campañas nacionalistas que nos quiten a desmembraciones que en modo alguno admito, cedería el paso a Franco sin otra condición que la que se desprendiese de alemanas e italianos».

El orden constitucional de la época fue atacado por quienes, auspiciados por los vientos de la Revolución rusa, lo consideraban insuficiente para imponer un sistema parecido o como medio para lograr la independencia de su terruño.

Y entre ellos estaban los herederos de todos los partidos que hoy, con el salto del tiempo y de circunstancias evidente, conforman la artificial mayoría parlamentaria que gobierna en España, una unión temporal de intereses incompatibles con la supervivencia del Estado de derecho constitucional.

Todo lo que entonces encarnaron Izquierda Republicana, el PSOE, la UGT, ERC, la CNT y las distintas versiones del nacionalismo periférico y del anarquismo insurgente sigue vivo en las mismas siglas o con otras de idénticas ideas, porque nunca ha desaparecido, y ésta es la lección de la historia, nunca desaparecerá: hay problemas, decía Ortega en referencia al catalán, que no se solucionan, se soportan.

En los inicios, Sánchez se presentó a sí mismo como la opción socialdemócrata del PSOE, una especie de muro de contención de las pulsiones extremistas que a su entender encarnaban otros aspirantes a liderar el partido.

Y aunque la historia del PSOE se ha idealizado con la misma falta de rigor que la de la República, como si el uno fuera el origen de la democracia y la otra su Arcadia terrenal, aunque en realidad los dos fueron un desastre, es cierto que hubo un momento en que la pugna entre el socialdemócrata Prieto y el leninista Caballero se decantó brevemente hacia el primero y España tuvo una efímera oportunidad de esquivar la tempestad revolucionaria ensayada con la imposición de la propia República, perfeccionada con un golpe de Estado en Asturias en 1934 y rematada con una confrontación militar de la que nadie, en ningún bando, puede sentirse inocente.

Tal vez más por necesidad que por convicción, pues en el caso de Sánchez lo segundo no existe ni por escrúpulos ni por lecturas, el actual líder socialista ha optado por repetir la fórmula frentepopulista, al menos en lo relativo a la composición de un bloque heterogéneo al que une artificialmente por el único punto en común que tiene: la necesidad de recrear un enemigo imaginario, la derecha golpista, con la que justificar el choque entre las dos Españas felizmente reconciliadas en la Transición.

Ésa ha sido siempre la estrategia del irresponsable secretario general del PSOE, un guerracivilista posmoderno e improvisado, pero solo después de su hundimiento en Galicia lo ha declarado veladamente a oídos de cualquier entendedor mínimamente instruido: hay que superar las marcas electorales, incluida a propia, para conformar un bloque.

En los años 30 lo llamaron Frente Popular para imponerse en el poder nacional y ayudar al separatismo, con sus propias coaliciones similares, a hacerlo en sus territorios, con el resultado por todos conocido: no se puede meter en el mismo saco a revolucionarios, independentistas, comunistas, socialdemócratas, leninistas y anarquistas y pretender consolidar un régimen basado en la unidad, el orden, la igualdad, la ley y la libertad.

Pero es lo que Sánchez ya está haciendo: renunciar a una izquierda nacional patriótica, permitir que ERC, Bildu y el BNG manden en sus comunidades con el respaldo socialista y, a cambio, pedirles a todos ellos y a alguno más que le respalden a él para encabezar una España destruida, como representante del Frente Popular 2.0 que lleva años pergeñando y, de facto, ya es operativo.

Esto ya no va de izquierdas o derechas, sino de democracia o revolución. De unidad o de ruptura. De Estado de derecho o selva. De convivencia o de enfrentamiento. Sánchez está jugando con fuego y no le importa que haya incendios si las víctimas son del fabulado «bando enemigo».

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