Fundado en 1910

Es casi cómico el esfuerzo genuflexo y perruno del sanchismo, esa coalición de políticos triperos y comunicadores necesitados de trasplante de rótulas, por distanciar a Pedro Sánchez de la epidemia de corrupción que se lo llevará por delante más pronto que tarde.

Si hace unos meses las órdenes trasladadas, recibidas y difundidas obedientemente consistían en negar los hechos, insultar a los medios de comunicación que los revelaban y perseguir a los jueces que los transformaban en investigaciones formales; el peso de las evidencias ha provocado un giro de guion y ahora el lema es otro, soltado con el mismo desparpajo que el anterior, sin rectificarlo y disculparse por haberlo sostenido agresivamente.

Ahora se trata de decir que Pedro, el pobre Pedro, no sabía nada, que cómo alguien tan bueno, transparente y noble iba a sospechar algo así y que, en definitiva, él es la primera víctima: la corrupción no es en realidad un atraco a los españoles, sino una traición a un estadista que no se merece sufrir lo que está sufriendo mientras se dedica a lo mollar con titánico esfuerzo y nulo respaldo del fascismo resurgido, disfrazado de jueces, periodistas y guardias civiles conspiradores.

Ya saben: a procurarle prosperidad a todos y todas; a atender con un vanguardista escudo social que ya quisiera un héroe de la Marvel a los vulnerables y a salvar a pecho descubierto a la humanidad de la guerra, el cambio climático, la ultraderecha y cualquiera de los males citados habitualmente en sus discursos por las aspirantes a Miss Universo, siempre punteras en sus análisis geopolíticos.

Una vez más, la infinita falta de escrúpulos de las meretrices de Sánchez, algo más refinadas que Jésica pero no muy distintas a la manceba de Ábalos, le exige a los ciudadanos que no crean en lo que pueden ver y comprobar con sus propios ojos: que puede discutirse, aún, si Sánchez es el jefe de la banda y beneficiario económico de ella, algo que no pasa de conjetura precipitada; pero no que desconociera su existencia, que la protegiera y promocionara durante años y que fuera consciente plenamente de sus andanzas.

No hace falta ser el lapicero más afilado del estuche para entender que el líder socialista siempre tuvo todo a su disposición para conocer esta trama y actuar contra ella si esa hubiera sido en algún momento su intención: tuvo todo publicado y documentado en un puñado de medios de comunicación durante años, con la suficiente solvencia y reiteración como para que alguien de verdad inocente se hubiese tomado la precaución de indagar y actuar.

Lo que hizo Sánchez fue, sin embargo, lo contrario a alguien ajeno a los hechos: permitió con su propia firma todos los negocios de la trama en distintos ministerios y comunidades; transformó la verdad publicada en el producto fétido de una supuesta máquina del fango, acosó a los jueces que lo transformaban en autos e incluyó a ambos gremios en una conjura reaccionaria para acabar con la inexistente «mayoría social» por él encabezada.

Incluso en un contexto ya confirmatorio de que la punta del iceberg de la corrupción en el PSOE es incuestionable y masiva, Sánchez ha redoblado sus esfuerzos por acallar a quienes la denuncian, con una batería de reformas legales chavistas que aspiran a cercenar la libertad de prensa, a apartar a los jueces de las causas, a maniatar a la UCO y a darle todo el poder al imputado fiscal general del Estado.

Sánchez no solo lo sabía: además lo ha intentado tapar. La única duda es si, además, él o lo suyos también se lucraron en esta Tangentopoli que acabará con él, retratará su época y ya veremos si no le hace recorrer el mismo camino judicial que a sus amigos Koldo, Cerdán y Ábalos.