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No sé si es porque están imitando la creciente falta de urbanidad de los bípedos que hablamos, pero las palomas y las gaviotas se han vuelto cada vez más confianzudas. Si te sientas en una terraza ya no se alejan cuando mueves una pata para alejarlas, o das un manotazo intimidatorio al aire. En seguida retornan a picotear todo lo que encuentren en el radio de tus zapatos.

En las localidades costeras, la situación se pone ya un poco Hitchcock con el asunto de las gaviotas, bicho de cierta envergadura y a veces bastante grimoso, con su pico amarillo casi siempre tiznado de un rojo sanguinolento. Este verano asistí en una playa al vuelo rasante de una gaviota arramblando con medio bocata abandonado unos segundos en una toalla. Aquello parecía una pasada de un ASM Zero japonés en los ardores de la II Guerra Mundial.

En La Coruña puede haber tres o cuatro climas en un día. Ayer amaneció tipo Glasgow, cerrado de neblina y con lluvia. Pero a la una el cielo ya estaba raso, lucía el sol y hacía una gran mañana para practicar el noble arte del apertivo. Así que unos amigos nos instalamos en una de las terrazas de las galerías de La Marina, que es la parte más cálida de la ciudad, y procedimos a la pertinente cháchara engrasada con libaciones. Todo iba muy bien hasta que llegó la murga de la inefable gaviota coruñesa, dando el coñazo por todas las mesas en busca de restos de comida, pues la verdad políticamente incorrecta es que tanto ellas como las palomas se han convertido en su versión urbana en una especie de ratas del aire. Al final se aposentó sobre una sombrilla, que conservaba todavía estancada alguna lluvia de la mañana. Con el movimiento del ave marina resultó que un chaparrón de agua cayó sobre unos parroquianos, con risas y asombro.

Justamente estaba entonces al lado de nuestra mesa el camarero, un chaval en el final de la veintena o en la primera treintena, con barba a lo capitán Ahab de Moby Dick. Inevitablemente comentamos la jugada, señalando que lo de las gaviotas en la ciudad se está convirtiendo en un problema. Pero pinchamos en hueso: «Las gaviotas no tienen la culpa de nada. Estamos ocupando su hábitat. Hemos invadido un terreno que les pertenece», nos sermoneó el eco-camarero para nuestra sorpresa.

Como el asunto no dejaba de ser una menudencia no me quise poner repipi y recordarle que el relleno de La Marina data de finales del XIX y que los humanos ya llevamos allí un par de siglos comiendo helados y segando refrescos, vinos y birras. Pero el chascarrillo detona algo más profundo: la pegajosa y constante ingeniería social en todos los frentes, que por ejemplo lleva a ese muchacho a considerar que los animales son más importantes que las personas. Los chinos alucinan cuando nos ven recogiendo por la calle los excrementos de nuestras mascotas (y yo también), porque ellos las educan para que lo hagan en los sitios predeterminados.

A los españoles empieza a pasarnos como a los ingleses, que a veces sospechas que quieren más a sus canes que a sus abuelos. Nuestros gobernantes y la súper cúpula bruselense lo dan todo para salvar al lobo, el lince y el abejaruco. Sin embargo llegará el otoño y probablemente los abuelos que viven en los páramos vacíos y ahora calcinados se verán totalmente abandonados por las administraciones, una vez que las cámaras ya se hayan marchado de la zona y sus vidas ya no están en el foco televisivo.

¡Le hemos robado su hábitat a la hermana gaviota!, se lamentaba el camarero, por lo demás amable y cumplidor. Y te embarga de nuevo un pensamiento que se repite: tenemos averiado el orden de prioridades y cada vez nos vamos volviendo más tontolabas. Hace falta una revolución del sentido común.