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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Racistas, pero de izquierdas

A la xenofobia hacia el español ahora le suma el nacionalismo otra para competir con los que llaman «ultras»

«Nuestra identidad nacional está en riesgo». La frase la dijo a finales de agosto Arnaldo Otegi, lo que le garantizó el silencio cómplice del mismo ecosistema político y mediático que, por algo similar, suele linchar en público a Abascal o a Feijóo.

El exetarra, reconvertido en hombre de paz por Zapatero y en socio preferente por Sánchez sin tener que renegar ni condenar el terrorismo, no es una excepción en el universo independentista, que entrena en xenofobia con los españoles desde hace décadas.

Cosas no muy distintas se les han escuchado a distintos líderes de ERC, el PNV, Junts o incluso las CUP, especialmente intensa en emular a Alianza Catalana en su oposición a la inmigración.

De hecho, quienes saben interpretar las encuestas electorales y las ponen en perspectiva, desechando los estudios manipulados por Tezanos en el Centro de Intoxicaciones Sanchistas otrora conocido por CIS, creen que la «ultraderecha» española no sube en el País Vasco o Cataluña porque el nicho de votantes movilizados por este asunto ya han encontrado cobijo en las distintas fuerzas nacionalistas y no hay espacio, al menos en este epígrafe, para el PP o Vox.

El propio Gabriel Rufián, que no da puntada sin hilo y es plenamente consciente de que el partido de Silvia Orriols sube como la espuma en las zonas más humildes de Cataluña, donde como en el resto de España se sufren más las consecuencias del fenómeno que en las urbanizaciones adineradas donde vive la izquierda caviar, siguió la estela de Otegi y no tuvo reparo en reconocer que la tasa de violaciones es mayor entre la población foránea que entre la nativa y que no debe haber reparo en abrir un debate sobre la inmigración.

Quienes han hecho de la política identitaria su leitmotiv han descubierto, de repente, que no basta con tratar a los españoles como España trató a los judíos de Sefarad y que, ojo, pueden proliferarles outsiders como Orriols que se coman la tostada mientras ellos desayunan en la inopia.

La realidad es que, más allá de frases gruesas, de tomar la parte por el todo, de negar los hechos o de inflarlos y de tácticas electorales de medio pelo; la necesidad de reflexionar sobre las consecuencias de la inmigración masiva e irregular ya es inaplazable en cualquier orilla ideológica.

El propio PSOE que en España intenta utilizar este fenómeno para acercar al PP y a Vox, movilizar a los propios y vender la idea de que o siguen ellos o llega el caos; acepta luego sin problemas en Europa la política sectorial inspirada mucho más en Meloni que en Irene Montero y asume, por ejemplo, que antes o después tendrán que comenzar campañas de deportaciones masivas y antes de eso diques de contención para frenar el éxodo, que va mucho más allá de la cuota de niños y víctimas de guerras, pandemias y hambrunas en la que se mete, también, a todo usuario adulto y varón del negocio de las mafias.

Retrasar un asunto que impacta en la identidad nacional, la sostenibilidad del sistema y la convivencia social no arreglará el problema de fondo: agudizará las odiosas generalizaciones, restará valor al necesario flujo regulado y con cuotas y estimulará el éxito de las opciones más radicales, conscientes de que en los barrios menos prósperos hay una preocupación fundada por la competencia desleal, en un entorno de miseria, de los recién llegados sin orden ni concierto.

Pero aunque ése es el asunto global, no deja de tener gracia que sean los antisistema independentistas y de supuesta izquierda los más contumaces paladines de la xenofobia sutil, aplicada durante tantos años a charnegos y maketos: ellos saben bien lo que dicen, porque lo han practicado con enorme fortuna mientras fletan flotillas a Gaza o presumen de los triunfos del bueno de Nico Williams.

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