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VertebralMariona Gumpert

Conversaciones prohibidas

Le he tenido que pedir a mi marido que interrumpamos la costumbre de hablar de trabajo. Él sale ganando: ¿imaginan lo enervante que es estar casado con alguien a quien le pagan por dar su opinión política?

Es curioso cómo algunas profesiones son capaces de torpedear las mejores relaciones personales. Se me ocurre, así a bote pronto, un inspector de Hacienda casado con una autónoma. Cataclismo cada trimestre: ¿cómo no volver a tu marido objeto de tu justa ira? Si de normal un esposo que cumple con Dios, la patria y el rey tiene la obligación moral de ser el saco de boxeo de su mujer, ¿cuánto más si representa al brazo ejecutor del expolio fiscal?

A veces las incompatibilidades nos asaltan, sobrevienen a traición. Recuerdo lo feliz que era yo con mi novio galeno, estudiante del examen MIR. Disfrutaba repasando el temario con él, curioseando las mil y una formas que tiene el cuerpo humano de traicionarnos. Descubrí la creatividad de la materia orgánica desajustada: casi cualquier cosa podía salir mal. Nacer con un solo ojo o sin un pulmón. Por lo visto, al recipiente de nuestra alma le tira más la carencia que el exceso. Aunque haberlo haylo, ojo: podemos tener dos úteros –ese sí sería un embarazo múltiple formidable– o incluso tres pezones.

Mientras Manuel –mi sufrido esposo, entonces novio– se metía entre pecho y espalda mil y una formas de enfermar con normalidad, yo intentaba ganar a la naturaleza en ingenio. Quería descubrir una patología inventada, una que no existiera en absoluto, pero no por falta de posibilidad. No valía, por tanto, preguntar al afanado estudiante si podía crecernos un cuerno en mitad de la cabeza. No, tenía que ser algo cabal.

Todos mis intentos fueron en vano. Cada vez que pensaba que lo había logrado corría a preguntarle, siempre con el mismo resultado. No solo me confirmaba que no había inventado nada: la patología, además, tenía nombre. En lo de bautizar dolencias sí resulta la medicina previsible: emplean palabras en griego, el apellido del descubridor o una combinación de ambas. Solo en una ocasión salí victoriosa: no existe la fiebre inversa. No hay ningún factor endógeno capaz de hacer descender nuestra temperatura por debajo de lo normal. Ni virus, ni hongo, ni bacteria, ni desajuste cerebral. Nada. Otra cosa es congelarse por andar en bañador por la nieve. Pero de lo otro, nada de nada. Punto para mí.

De todo esto hace ya quince años, los mismos que llevo escuchando con interés –y a veces con paciencia– todo lo relativo al ojo. Porque Manuel es oftalmólogo. Antes decíamos «oculista», pero parece que las palabras derivadas del latín han perdido glamour. Tengo la teoría de que, en el caso de los oftalmólogos, es por complejo. Temen que los imaginemos como médicos de segunda, esa gentecilla –con bata blanca, eso sí– que pregunta si lees una palabra minúscula, te ordena mirar arriba, abajo, al centro y pa' dentro, y acaba recetándote unas gafas de presbicia o un parche para el crío.

A Manuel se la trae al pairo cómo se le considere, es el último de sus problemas vitales. Suda la gota gorda en quirófano. La superficie sobre la que opera son apenas unas micras. No les aburriré con más detalles: lo importante es que he hecho de psicóloga y paño de lágrimas encantada cada vez que me hablaba de retinas sangrantes o de lo frustrante que resulta implantar un dispositivo de vanguardia y que algo se tuerza en el camino.

Ya no puedo hacerlo. No desde que estoy en lista de trasplante. Cuando mi marido vuelve mohíno a casa y empieza a contarme una cirugía fallida no puedo evitar imaginar esa misma escena con mi cirujano hepático de protagonista. No puedo evitar ver su cara enjuta, de normal cordial y alegre, trastocada en abatimiento al hablar con su esposa:

—Todo iba bien, es rarísimo lo que ha sucedido. Encima, la mujer de un compañero… lo vuelve todo más duro.

Ella, como buena cónyuge de médico, replica:

—Estas cosas pasan. No ha sido culpa tuya. Intenta centrarte en todas las veces que ha ido bien. Por cierto, ha llamado tu madre.

Imposible seguir así. Ahora mismo la profesión de mi marido resulta incompatible con mis circunstancias. Le he tenido que pedir que interrumpamos, hasta que me ponga bien, la costumbre de hablar de trabajo. Él sale ganando: ¿imaginan lo enervante que es estar casado con alguien a quien le pagan por dar su opinión política?

No me está costando adaptarme a esta tregua. Por mi profesión he tenido la oportunidad de conocer a políticos. Algunos tienen una formación o intereses que los vuelven interesantes de trato, personas con las que hablar de lo divino y lo humano. Esto último resulta cada vez más inaudito, por lo que cuido con celo mi manera de relacionarme con ellos para que la cosa no se vuelva inviable.

Sobre el papel parece sencillo: basta con vetar cualquier conversación relacionada con nuestros trabajos respectivos. Pero, a veces, la curiosidad me asalta. Como cuando intentaba encontrar enfermedades inexistentes, hay preguntas que me cuesta tragar. No son las que haría un periodista de raza, por cierto. ¿Cómo manejaste los egos? ¿Cómo mantuviste a raya el tuyo? ¿Con qué criterios decidías en quién confiar? ¿Te esperabas tal o cual reacción? ¿Resultamos previsibles los seres humanos también en política? ¿Cómo se lleva que cada movimiento sea comunicación, relato? Y, la más importante: ¿es posible meterse en política, ser honrado y no salir trasquilado?

Esperaré veinte o treinta años para poder plantearlas. Alguien con quien mantener ciertas conversaciones merece que uno ahogue la curiosidad un tiempo. Aunque, seamos honestos, el intríngulis nace poco vigoroso. Así como descubrí en su momento que la realidad física es más creativa que el mejor de los ingenios, intuyo que la psicosociología del tipo que se dedica a la política española actual es bastante limitada: un sota, caballo y rey de pecados capitales combinados. Recemos por los ingenuos que, pese a la fauna entre la que se mueven, aún intentan practicar unas cuantas virtudes.