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Es que no pareces del PP...

En el peor momento del llamado «progresismo», cuando opciones mucho más a la derecha que el partido de Feijóo y Prohens arrasan en todo el mundo, esa tendencia resulta ridícula y muy peligrosa

He conocido gente de derechas -con cargos medianos o altos en la Administración- a los que les encantaba que les dijesen aquello de «es que tú no pareces del PP». Se hinchaban como pavos cuando supuestos amigos ensalzaban su particularidad de estar en el partido de Aznar, Rajoy o Matas con la mirada siempre puesta en la orilla izquierda del Pecos. Con Cañellas esto no ocurría, ni por asomo. Se cuenta de él que un día en el que la montaron una manifestación de perro flautas -entonces no los llamábamos así- frente al Consolat de la Mar, asomó su patricia cabeza por la ventana entreabierta y, cerrándola casi de inmediato, pronunció una de sus frases consideradas históricas:

-No hay de qué preocuparse, aquí abajo no hay ni uno que sea de los nuestros.

Eso de querer estar en el PP porque, habitualmente, ganaba las elecciones, pero no querer parecerlo para poder presumir de progre ha sido uno de los males de este partido, especialmente en nuestras islas. Sin esa desviación, Abascal y los suyos no hubiesen podido acuñar la expresión de «derecha acomplejada». En décadas anteriores, cuando la izquierda conservaba el mito de su supuesta superioridad moral, de sus valores específicamente progresistas, su preocupación social, uno podía intentar mostrarse comprensivo por esa extraña fascinación de, estando en el PP, guiñar todo el día el ojo a los adversarios.

Ahora, en el peor momento del mal llamado «progresismo», cuando opciones mucho más a la derecha que el partido de Feijóo y Prohens arrasan en todo el mundo, esa tendencia no sólo es ridícula -patológica, diría yo- sino también muy peligrosa. Y existe, sigue existiendo, no precisamente en las conversaciones entre amigos -ahora vendrán las cenas navideñas, ideales para la tertulia presuntamente inofensiva- pero sí, y ello es mucho peor, en la gestión de alguno de nuestros gobernantes.

No pasa día, en efecto, en el que no tenga que escuchar que fulanito o menganito -repito, con buenos cargos- no se atreve a tomar tal o cual decisión de gobierno por temor a que la izquierda no le llame franquista, fascista u otra de estas lindezas con las que los pobres de espíritu que comen mantecados en el desierto de la oposición, acostumbran a atormentar a los que, por voluntad popular, están en el ejercicio de sus cargos.

En tiempos del armengolato los progres lo tenían claro: al amigo, todo; a los enemigos, nada y a los indiferentes se les aplica la legislación vigente. Ahora parece ocurrir lo contrario: ojo con mirar por los nuestros porque nos van a llamar de todo. Ya les llaman de todo, pero ellos siguen, orgullosos de no parecer del PP. Habría que poner remedio a eso.

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