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Cosas que pasanAlfonso Ussía

La torta del Casar

El tenis en España empieza con Manolo Santana, se consagra con Nadal y es la esperanza de España con el tenis más fluido de Carlos, que ya ha conseguido a su jovencísima edad cuatro o cinco veces 'Grand Slam'. De ahí mi estupor cuando lo he visto en Turín con una torta del Casar en la cabeza

El tenis es el único deporte en el que el público se muestra más exigente con la estética; ahí tenemos Wimbledon.

Porque el cricket es un mundo aparte creado por los ingleses para que, después de un partido de tres días, no gane ninguno.

No coincide la estética, no sé cómo llamarla en los grandes maestros del tenis, inventos teñidos de otra suerte de animaciones antinaturales y corrosivas.

Ni Rod Laver ni Manolo Santana se atreverían a salir a una cancha con un postizo como el de Carlos Alcaraz, y eso que soy profundamente alcaracista y me siento muy orgulloso cuando le veo jugar llegando incluso a la excelencia de Rafa Nadal, Federer y Djokovic, este último también digno de consideración porque vive en Marbella.

Nadal que nos hizo disfrutar tanto, nos obligó a jugar con él prácticamente desde casa, imitando su calidad tenística.

Sus primeros años vestido de pirata se le pueden perdonar con mucha generosidad porque empezó a pisar las canchas con 16 años. Después de su larga trayectoria, Nadal se vestía como un tenista normal, se mostraba educado como un tenista normal al que había que añadir la excepcionalidad de su tenis.

El tenis en España empieza con Manolo Santana, se consagra con Nadal y es la esperanza de España con el tenis más fluido de Carlos, que ya ha conseguido a su jovencísima edad cuatro o cinco veces Grand Slam. De ahí mi estupor cuando lo he visto en Turín con una torta del Casar en la cabeza aderezada simultáneamente con una tortilla. Lo que le concede ese extrañísimo rubio, blanco, que no le pega ni con cola.

Su familia, que parece tan unida y extraordinaria como la de Rafa, tendría que aconsejarle que dejara la torta del Casar en el hotel y que se acostumbrara de nuevo a ganar partidos uno tras otro, tal y como es él.

Maquiavelo de habérselo encontrado por la calle, ordenaría su apuñalamiento y no está el deporte español preparado para que apuñalen a nuestra actual realidad.

Dicho esto, me permito solicitar perdón a todos los lectores de El Debate que esperaban encontrar en este artículo el elogio a mi manera de juzgar al tenis; perdí hasta con Esperanza Aguirre.

Yo sí podría haber usado la torta del Casar para que no me reconocieran, pero lo hecho, hecho está, y sólo es necesario que se deshaga la incipiente vulgaridad pilosa de nuestro gran campeón.

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