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Oración por Alfonso Ussía

Ayer, en Los Jerónimos, en medio de aquellos arcos y muros testigos de momentos históricos de nuestro país, me atreví a rezar de nuevo una oración por él, para que detrás de esa puerta que nos lleva a la eternidad encuentre la ternura, la bondad, la quietud, la serenidad y la paz que en la otra vida nos espera

Act. 17 dic. 2025 - 12:12

La ausencia duele en todas las formas en que se manifiesta, y la de Alfonso Ussía duele especialmente en esta casa, donde todavía estamos de duelo, aunque nos queda el recuerdo imborrable de su talento y genialidad. Ayer volvimos a rezar por él y buscamos en la oración el consuelo a su ausencia. Este diario fue su última casa. Parece algo providencial. Él, que tanto recordaba a su abuelo, Pedro Muñoz Seca, y del que se sentía tan orgulloso, terminó sus días de escritura en El Debate. En el mismo lugar donde escribió por última vez el genial autor de La venganza de don Mendo. Hay algo misterioso en estos remolinos del destino, cierta magia blanca, aunque para Dios no hay casualidades.

Ussía nos ayudó mucho en el lanzamiento de El Debate y, siempre que hablaba con él, me aseguraba que estaba encantado de escribir todos los días en esta cabecera. Él era libre y valiente. Me gustaría que esa impronta insuflase a todos los que cada día trabajamos para mantener con usted, amigo lector, un diálogo provechoso y sereno. El periodismo es, por encima de todo, un servicio a la sociedad, sobre todo si esta es libre y democrática. Es una profesión que requiere una buena formación, pero también un compromiso ético. Alfonso Ussía tenía ambos: poseía una vasta cultura, había sabido procesar ese cultivo en conocimiento intelectual y era un hombre comprometido con la verdad. Además, era ameno. Creo que hay pocos pecados en el periodismo, como en la vida, que no se puedan perdonar: uno de ellos es el tostón, el pesado, el texto confuso y oscuro.

Se suele contar una anécdota de Eugenio d’Ors, quien dictaba un artículo a su secretaria y, al terminar, le pidió a esta que lo leyese en voz alta. Una vez terminada la lectura, le preguntó: «¿Lo entiende usted?». A lo que la muchacha le dijo que sí. La respuesta de don Eugenio no se hizo esperar: «Pues vamos a oscurecerlo».

A un filósofo como d’Ors tal vez se le pueda perdonar esa tentación de deslizarse por los vericuetos de lo críptico. Al periodista, no. La claridad es la primera de las cortesías. Si además logras mirar la actualidad con los ojos y la sabiduría con la que Alfonso Ussía nos la dibujaba cada mañana, alcanzas el Parnaso del periodismo, que es la gloria de la inspiración del articulista. España tiene una larga nómina de maestros del columnismo. Entre los mejores estará para siempre él.

Ayer, en Los Jerónimos, en medio de aquellos arcos y muros testigos de momentos históricos de nuestro país, me atreví a rezar de nuevo una oración por él, para que detrás de esa puerta que nos lleva a la eternidad encuentre la ternura, la bondad, la quietud, la serenidad y la paz que en la otra vida nos espera. Nosotros, de momento, a seguir adelante, tratando de que nuestro trabajo diario, nuestras informaciones, nuestros artículos, nuestras defensas de los valores que nos inspiran sirvan para el bien común. Son viejas palabras, pero son el reducto de la verdad. O eso pienso yo.

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