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DESDE LA RETAGUARDIA

Quejas y reclamaciones a 2025

Dado que soy quejica por naturaleza, quiero escribir que el mundo en el que vivo -no su Creador- no se ha portado del todo bien este año con ese obrero de la palabra que todavía soy.

Primer artículo del gregoriano año de 2026. Como ven el oficio de columnista no tiene vacaciones ni asuetos. Me lo advirtió hace tiempo Joan Martorell, maestro de periodistas y amigo: «Es como ponerte una cadena al tobillo sujeta a una bola de hierro, igual que las que llevaban los presos que aparecían en los tebeos de nuestra infancia». Pero a mi me gusta escribir. Me gusta más que cualquier otra cosa que haya hecho en mi larga vida. «Sarna con gusto no pica», reza el refranero español. (Estoy seguro de que ha de existir su equivalente en el mallorquín, pero ahora mismo no caigo).

Quise reflexionar un poco acerca de cómo me había ido en el ya fenecido año. Repasando la relación de los finados, más o menos célebres, menos o más populares, que publicó ayer «Ultima Hora» concluí que no me había ido del todo mal, puesto que mi humilde persona no figuraba en aquellas páginas. Sin embargo, y dado que soy quejica por naturaleza, quiero escribir que el mundo en el que vivo -no su Creador- no se ha portado del todo bien en ese 2025 con ese obrero de la palabra que todavía soy. Debo confesar que a medida que pasan los años me va gustando menos el mundo que me rodea, lo que veo, lo que siento y lo que tengo que aguantar. Si fuese un fontanero jubilado, por ejemplo, podría volver los ojos hacia dentro, no mirar lo que no quiero ver. Entonces sería como tantos de mis amigos, que sin yacer todavía bajo una losa de piedra o haberse convertido en cenizas, están muertos en vida. Comen, beben, caminan -seguramente por prescripción médica- pero en realidad no están vivos. No entienden nada y, lo que es peor, no quieren entender. Mi condición de escritor me impide, al menos por el momento, esa especie de eutanasia. Tengo que ver y tengo que tratar de comprender. Por mi y por los lectores que todavía me aguantan.

Es obvio que, como Stefan Zweig, prefiero el mundo de ayer. Aquel que me ofrecía lo que ahora no tengo: seguridad y sosiego. Repaso la historia de mi vida y veo que he trabajado mucho. Durante largos años escribí un artículo al día, un suplemento dominical de 8 páginas y una larga entrevista semanal además de redactar un montón de discursos por cuenta ajena y publicar un libro cada dos o tres años. Pues bien: al final de mi vida siento que no he sido debidamente compensado por ese estado del bienestar que, para más inri, parece que está feneciendo. En mi -relativamente- soportable ancianidad constato a diario que me lo han cambiado casi todo sin pedirme permiso. Han alterado el guión de la película de mi vida, al menos en sus últimas escenas. Voy a mi pueblo y no lo reconozco: no es el mismo paisaje humano, social, ni ciudadano. Le han dado la vuelta a los valores que sustentaron mi existencia: la fe -o al menos la vertiente espiritual de la vida- la familia, las relaciones humanas y sociales. Y no, no es el mundo de progreso y bienestar que predican los políticos. Voy a rezar y, dado que soy una minoría dentro de otra minoría, debo hacerlo bajo protección policial. Tengo que cerrar mi casa, tanto si me voy como si estoy dentro, puesto que algunos de mis vecinos han sido okupados. No me atienden en el banco de toda la vida, debo controlar mis finanzas a través del móvil. Nadie me recibe si no es con cita previa y hasta para ir a la peluquería hay que manejar una app que se me resiste.

No, no he quedado satisfecho con el 2025, que me siguió quitando costumbres, placeres y rutinas tal y como hicieron sus inmediatos antecesores. Todo parece indicar que, discursos y buenas palabras aparte, en el 2026 voy a ir a peor.

Bueno, ya me quejé, aunque no tanto como hubiese querido. Felicidades a casi todos.

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