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A vuelta de páginaFrancisco Rosell

¡Con Iglesias hemos dado, Sánchez!

Hace tiempo que el ministerio público actúa de brazo articulado del sectarismo y la desvergüenza hasta merecer la condena –que no parece que vaya a cumplir, por cierto– por inhabilitación de García Ortiz

Cuando hace un año un 'dandy british' del periodismo como Ignacio Peyró publicó su hagiografía sobre Julio Iglesias, «el español que enamoró al mundo» y este martes 13 de febrero anunciaba ipso facto su reescritura a la luz de las denuncias de dos exempleadas del cantante –una fisioterapeuta y una mucama– por supuestas agresiones sexuales y humillaciones entre 2021 y 2022 en sus residencias de República Dominicana y Bahamas, era difícil no retrotraerse a lo aseverado por el mayor genio de las letras alemanas. «Soy incapaz de imaginarme –apuntaba Goethe– la estatua erigida en honor de un hombre meritorio sin que en mi fantasía no la vea derribada y destruida por guerreros venideros».

Es difícil saber a ciencia cierta si su rauda reacción y la de la editorial obedece a un prurito profesional o a empujar las ventas con el revuelo mediático, sin descartar que el amigo Peyró haya querido ponerse el parche antes de perjudicar su estatus en el Instituto Cervantes, donde mora un sectario comunista con «malafollá granaína» como García Montero que ha instalado allí su dacha y cheka literaria con 'El mono azul' miliciano de Alberti y sus «A paseo» contra el director de la RAE, Santiago Muñoz Machado.

Arriesga lo suyo Peyró tras su ayer como escribano del expresidente Rajoy y su hoy como escritor de derechas en el periódico sanchista El País, donde recaló persiguiendo los galardones que no obtendría en cabeceras liberales pese a sus indubitados atributos. Al margen de si se ha guiado urgido por el temor a ser expulsado del beaterio de la izquierda al que se ha arrecogido con Sánchez en La Moncloa, siempre hay que atenerse a la máxima atribuida a Aristóteles: «Amicus Plato, sed magis amica veritas», o, al menos, ser afecto a desentrañar la verdad. A este fin, no basta ceñirse a la etiqueta del frasco, al titular, sino que hay revisar la letra pequeña del prospecto bajo el principio de que quien la haga que la pague. Desde el más poderoso al último de la fila, al ser paridos todos por el mismo agujero de hembra.

En esa conformidad, hay que respetar siempre la verdad. Dígala Agamenón o su porquero, y más ante unas graves imputaciones que no cabe ventilar con un «¡Hey!». Incluso aunque detrás del circo mediático se sospeche la mano de la boyante industria del victimismo hecho espectáculo en un mundo en el que muchos aspiran a vestirse de víctima al costar esto poco esfuerzo. Singularmente quienes no son mejores que los victimarios a los que lapidan y ajustician en el patíbulo televisivo reencarnando las «tricoteuses» parisinas que concurrían con deleite a aquellas orgias de sangre sin dejar de tejer calcetas. Nadie quiere ser víctima, pero sí pertenecer simbólicamente a ese grupo porque «te abre una especie de línea de crédito infinita, inagotable», según el ensayista búlgaro Tzvetan Todorov.

Aunque el divo vaya camino de ser un muerto viviente, sometido a anatomía forense en carne viva, no correspondería emitir sentencia sin elucidar los excesos sexuales que se le endilgan a este «truhan y señor», según confiesa en uno de sus éxitos. Como para cualquier hijo de vecino, debe preservarse la presunción de inocencia sin ordinalidad alguna para que se le juzgue –llegado el caso– con la exclusiva severidad de la carga de las pruebas. Para evitar, como se juzga estos días en Barcelona, lo sucedido con el senador de Junts per Catalunya, Eduard Pujol. Víctima de una falsa denuncia de acoso sexual por parte de una mujer con la que había sostenido una relación íntima, hubo de dejar su escaño en el Parlament y su existencia se transformó en un infierno por no querer formalizar su vínculo.

Con Iglesias, la cuestión prioritaria no estriba en perseguir conductas execrables, sino que se procura un objetivo instrumental que –sin ser excepcional– no escapa a nadie. Por si acaso no es así, ya está la televisión sanchista dizque RTVE para remarcarlo con sus carteles fosforescentes de prostíbulo de carretera sobre «la voz del PP». Cuando la indignación moral es el gran estupefaciente de la actual sociedad –que no civilización– del espectáculo, el gallego universal pareciera el depravado Tiberio en Capri antes de que su sucesor Calígula lo sobrepasara ampliamente. Por eso, se entienden algunas razones esgrimidas por amigos del cantante como Ramón Arcusa, el superviviente del Dúo Dinámico, de que, si a cualquier sirvienta le hacen sufrir aquello de lo que acusa, sale corriendo de esa «casa de los horrores» o sobre quien sufraga esto desde República Dominicana para que la Fiscalía española se movilice veloz frente a su pasividad con las militantes socialistas que experimentaron vejaciones sexuales en los aledaños del despacho del presidente del Gobierno.

Lo cierto es que, poniendo del revés el aviso de don Quijote a su fiel escudero, «con la Iglesia hemos dado, Sancho», la fiscal general Teresa Peramato –Porpedromato– lo transforma en un «con Iglesias, Julio, hemos dado, Sánchez». De esta guisa, la locución cervantina muta de traba eclesiástica o de cualquier otra autoridad a que el Gobierno lo use para desviar la atención y tapar sus desafueros. Hace tiempo que el ministerio público actúa de brazo articulado del sectarismo y la desvergüenza hasta merecer la condena –que no parece que vaya a cumplir, por cierto– por inhabilitación de García Ortiz.

A la par, ministras como Ana Redondo en Igualdad cierran las puertas a las denuncias internas del PSOE y se las abre a la señora que, al cabo de medio siglo, inculpa a un presidente fallecido como Adolfo Suárez para, de paso, encenagar a un personaje clave de una Transición de la que hoy reniega el sanchismo para contentar a sus socios Frankenstein. ¡Qué mejor excusa para prescindir de que dé nombre al aeropuerto de Barajas, como solicita la ofendida, y borrarlo de la memoria de los españoles, mientras se dedica la estación de Atocha a Almudena Grandes, la difunta pareja de García Montero, quien fantaseaba en sus columnas en El País con la violación de una monja por «milicianos jóvenes, armados y ¡muy! sudorosos».

Pero, cuando planea la negra sombra del largo vuelo del buitre carroñero, hay que convenir con Goethe que «toda teoría es gris, querido amigo, y verde es el dorado árbol de la vida», aunque hay que abrigar el valor de buscar la verdad y decirla. Si se teme a las consecuencias, ya no eres libre, según testimonia Salman Rushdie en «Cuchillo» en su reflexión sobre el fallido intento de asesinato que sufrió tras la fetua del ayatolá Jomeini por «Los versos satánicos». Es lo que cabe hacer, sin embargo, cuando la supuesta agresión a dos asalariadas por un intérprete de éxito es una tragedia sin disculpa, y la de miles de ellas en Irán –muchas asesinadas– son estadística. Claro que ésta última desgracia de décadas entretiene peor que las malandanzas de aquel que no podrá cantar aquello de que «la vida sigue igual» sin esperar al designio judicial.

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