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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

IA: una bienvenida

En un pasaje deslumbrante de la novela de Villiers, la «artificial» Hadaly previene de la sola e inviolable cautela para gozar del autómata

Lo natural es, de natural, estúpido. La inteligencia exige una agotadora perseverancia en el artificio. Si algún día una máquina llega a escribir mejor que William Faulkner me daré por muy feliz de leer sus libros. Sospecho que mi tiempo de vida no va a darme para tanto. Pero no se me hace absurdo que otros menos viejos lleguen a verlo. Y sí se me hace hilarante asistir a las lagrimerías de quienes atisban su venida como un inesperado apocalipsis. En rigor, seamos serios, fingir sorprendida alarma ante el vertiginoso ascenso de las inteligencias artificiales es mentirse a sí mismo con un descaro al que, por dicha o desdicha, el hombre del presente siglo ya no concede ni aun el atenuante del rubor.

Los artificios inteligentes tienen una vida larga. La «torre astronómica» o «reloj de Su-Song» maravilló con sus perfectos autómatas a quienes –de dentro o de fuera de China– pudieron asistir, a inicios del siglo XI, al preciso funcionamiento de aquel prodigio relojero de unos doce metros de altura y varias toneladas de peso, fatalmente destruido en el año 1126 por los bárbaros tártaros. De Christiaan Huygens a Blaise Pascal, en el siglo XVII cartesiano, el reloj acaba por dar el salto a esa máquina inteligente que el jansenista francés presenta, en 1645, como «capaz de hacer, por sí sola y sin trabajo alguno del espíritu, las operaciones de todas las partes de la aritmética». Podemos admirar esa belleza, aún hoy intacta, en el Museo de Artes y Oficios de París. Alan Turing, desdichado profeta de la computación moderna, pondrá en tal artefacto de latón y madera el inicio de la informática

El último medio siglo ha elevado hasta cimas deslumbrantes, esa intemporal ensoñación, sí. Pero su anhelo se pierde en los más viejos deseos que tejen la trama última del alma humana. La admiración de Platón ante los cretenses muñecos del «Menón», el «teatro de máquinas» de Jacomo Fontana en el siglo XV, los preciosos «juguetes vivos» de Vaucanson en el XVIII, las dos desconcertantes partituras para «órgano mecánico en fa menor» de Mozart, las treinta para «movimiento automático de flautas» de Haydn…, son anécdota de una constancia que puntea el existir de los hombres: hacer artificios que les sean espejo.

Recordaré sólo un par de esas melancolías. Muy cercanas. Estoy seguro de que cada cual podrá añadir una cifra casi infinita de variedades.

–En el año 1791 y bajo pseudónimo de «un joven mecánico», un Nicolás de Condorcet en luna de miel con el gran trastrueque que lo devorará tres años luego, da voz a la maravillosa hipótesis de un mundo liberado del arbitrario gobierno de los hombres: una máquina-rey, un gobernante-autómata. Todo en él, concluye, serán ventajas: «Mi rey no sería peligroso para la libertad. Y, reparándolo con esmero, sería eterno, lo cual es aún mejor que ser hereditario. Se le podría declarar incluso inviolable sin caer en la injusticia, proclamarlo infalible sin incurrir en absurdo».

–En el año 1886, Villiers de l’Isle Adam, diez años después de su programático «Sentimentalismo», cincela, milimétricamente, en «La Eva futura», una máquina perfecta del amor desafectivado. Y anticipa en un siglo al Philip K. Dick de «Sueñan los androides con ovejas eléctricas», que Ridley Scott trasladará –y mejorará– en su «Blade Runner» de 1982. Dekard (fonéticamente idéntico al Descartes que diseccionó el cuerpo como un reloj avanzado) ama a Rachel. ¿Qué demonios puede importarle que sea animal (racional) o máquina (racionalísima)? ¿Dudaría alguien ante esa oferta? ¿Hay alguien, de verdad, que hubiera dado ventaja a una humana biológica sobre el más avanzado modelo «Nexus» de la factoría «Tyrrel Corporation»?

En un pasaje deslumbrante de la novela de Villiers, la «artificial» Hadaly previene de la sola e inviolable cautela para gozar del autómata. Un canto de ruiseñor mantiene hipnótico al protagonista. «Admírelo», asiente ella. «pero no trate de saber cómo se produce». Y el desasosiego invade al extasiado caballero. «¿Cuál sería el peligro, en caso de intentarlo?». «Dios se retiraría del canto». Es la respuesta. No existe nada que no tenga un precio. El artificio, menos que nada. Más alto, cuanto más inteligente. Y, sí, si un día una máquina llega a poner ante mí una prosa mejor que la de Faulkner, por nada del mundo me pararé a preguntar de dónde viene. Al cabo, ¿qué hay de más artificial que una inteligencia? Lo natural es, de natural, estúpido.

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