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en el recuerdoAlfonso Ussía

El lenguaje impuesto

Exceptuando a los naturales –y no me refiero al estrato universitario–, en el triángulo luminoso de Andalucía la Baja y en los campos salpicados de pueblos vacíos de Castilla la Vieja, en España se habla de pena. Jo, tía, tío, de puta madre… ¡Qué desperdicio teniendo tanto!

Pretender imponer un lenguaje por ley, es fracaso en el intento y triunfo en el ridículo. Se habla y se escribe como uno quiere, y en la libertad está usar de esa querencia sin avisos o amenazas. Lo políticamente correcto es una estupidez. El idioma es una riqueza de siglos, y no los tiempos nuevos son mejores que los antiguos.

Ahora se pretende vulnerar la libertad de expresión de los españoles castigando frases hechas, tópicos y refranes supervivientes a los siglos.

«Tranquilos, que no hay moros en la costa», no es insulto ni desprecio. Se trata de una advertencia tranquilizadora porque desde el año 711, en el sur de España los moros en la costa no han motivado serenidad, seguridad ni sosiego. Ahora, el que adapte esa advertencia a cualquier coyuntura, puede ser sancionado por delincuente.

Tuve un amigo con una suegra muy pesada que le contaba el número de ginebras con tónica que se servía. –Voy a aprovechar que no hay moros en la costa para alegrar esta copa, que ya está aguada–. Los moros en la costa eran su suegra, y no hay que enfadarse por ello, ni sentirse herido.

No sólo en España. En Holanda, a los niños que lloran por llorar o hacen una travesura, se les amenaza con el Duque de Alba. «Si no te portas bien, llamo al Duque de Alba». Me figuro al actual Duque de Alba Carlos Martínez de Irujo Fitz James Stuart –aunque ha cambiado el orden de sus apellidos–, pegado al teléfono con llamadas de madres holandesas. Al actual Duque de Alba le importa un bledo la repetida amenaza de los holandeses, y hace muy bien. Por otra parte, su antepasado el Gran Duque de Alba fue, adaptado a sus tiempos y a las costumbres y moral imperantes en su época, un gran español, un gran señor y un gran militar.

«Trabajas como un negro», será también considerada oración delictiva. En la extraordinaria compilación del Refranero español de Rodríguez Marín, hay, en cualquier materia o referencia, refranes contradictorios. La «morena», desde nuestra presencia en el Caribe, es también «la negra». «Una morena con gracia vale más que diez blancas». Las blancas no pueden enfadarse. «Negra graciosa vale más que rubia sosa». La rubia sosa se tiene que aguantar. Pero si se recuerda el dicho: «Negra que se quiere hacer blanca pierde el tiempo, el jabón y el agua», cuidado que vienen los comisarios de lo políticamente correcto con la citación del juez en la mano.

Para mí, que el gran racista, el mayor enemigo de la negritud, el más cruel desertor de su condición de negro en los últimos decenios ha sido Michael Jackson, que se gastó millones de dólares en operaciones de cirugía estética para eliminar la oscuridad de su piel. «Es perder el tiempo querer cambiar lo blanco y negro», que al revés en el refranero se lee «es perder tiempo en el baño si el negro quiere ser blanco». Y culmina el compilador. «A oscuras, igual negra que rubia».

Hay refranes de negros, de moros, de gitanos, y también de judíos, de aristócratas, de monos y de serpientes, de cerdos y mariposas. Y no estamos para encontrarnos cada día con negros heridos en su ánimo, moros enfadados, gitanos con mala guasa, judíos cabreados, aristócratas dañados en sus soberbias, monos mostrando los colmillos, serpientes cascabeleando, cerdos confusos y mariposas incapaces de volar. Además, esta limitación en los hablares se recrea en una nación, como es España, cuyos habitantes hablan cada vez peor.

Exceptuando a los naturales –y no me refiero al estrato universitario–, en el triángulo luminoso de Andalucía la Baja y en los campos salpicados de pueblos vacíos de Castilla la Vieja, en España se habla de pena. Jo, tía, tío, de puta madre… ¡Qué desperdicio teniendo tanto!

Para arreglar la cosa, han venido los cursis de Podemos con su nuevo lenguaje pretendidamente culto. Pero es el fondo, y no la forma lo que intentan destruir. Concederle importancia a lo que ya decían nuestros tatatarabuelos. Se puede decir 'gay', pero no maricón. Se puede decir lesbiana, pero no tortillera. El Siglo de Oro derrotado. Y el Renacimiento, y el Noventayocho, y el Veintisiete. «Trabajadora del amor», jamás puta. Y sobre todo, ninguna mención ni aproximación al moro, al gitano o al negro.

Al gitano le importa poco, porque siempre vivió a su aire, con sus leyes, su talento, sus normas y su arte. Pero el moro se siente herido si le dicen moro, y el negro si se lo recuerdan.

Creo que el racismo está más cerca de ellos que de los llamados blancos, que también se las traen. En fin, que para no caer en la provocación, la advertencia secular de «no hay moros en la costa» habrá que cambiarla por «no hay belgas en la costa», aunque se enfaden los catalanes de Waterloo.

  • Publicado en la web de Alfonso Ussía el 8 de abril de 2021