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La muerte no es el enigma. El enigma es estar vivos. Los grandes golpes que llamamos «accidentes naturales» nos devuelven a la certeza que más se empecinan los hombres en ocultarse: que la precariedad de lo humano es extrema. Y que es tan sólo aleatorio, el vivir.

Fue un sabio siempre enfermo –es bien lógico– el que nos deja, en el siglo XVII, la más bella versión de esa tragedia básica de sabernos siempre supervivientes. Y nada más. Entre amenazas. Pocos autores supieron, como Blaise Pascal, trazar la delicada línea de la fragilidad a la cual nunca lo humano escapa. La enfermedad, pensaba el joven matemático que era atributo esencial del cristiano. No es abusivo, pienso, universalizar el axioma: la enfermedad es atributo esencial del animal humano. Porque sólo él sabe que muere. Y sabe –aunque tantas veces se lo oculte– que todo, absolutamente todo, lo aproxima a ese vectorial destino.

Blaise Pascal, pues. Geómetra prodigioso. Filósofo aún más grande. «El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza. No hace falta que el universo entero se alce en armas para aplastarlo; un vapor, una gota de agua bastan para matarlo…» Un soplo de viento, una gota de agua… O un raíl mal soldado en una línea férrea de superlativa tecnología.

Bajo el peso del horror, que a todos se nos tragó hace tres días en Adamuz, he tomado los Pensamientos pascalianos de su estantería. No para buscar consuelo: es obsceno buscar consuelo ante lo de verdad trágico. Atenuar el dolor que nos golpea no es moralmente digno. El dolor debe ser abrazado como parte de nuestro destino de ser hombres. Y debe ser amado, porque es lo esencial nuestro. Y debe, ante todo, ser comprendido. Porque sólo en el animal que necesita saber, toma el dolor textura de fundamento ético. Mi dolor es irrenunciable: el dolor de cada uno, el dolor de todos. E irrenunciable es conocer por qué hemos sido heridos. «Por qué» y «cómo» fijan el horizonte verbal que nos distingue de las bestias.

Y el pasaje de Pascal, que un poco más arriba he cortado con puntos suspensivos, cierra sin ambigüedad alguna su matemático argumento. Sí, un soplo de aire, una gota de agua, un raíl mal soldado bastan para dar muerte a un hombre, a medio centenar de humanos. «…Mas, aun cuando el universo lo aplastara, el hombre seguiría siendo más noble que lo que lo mata, puesto que él sabe que muere y sabe la ventaja que el universo tiene sobre él. El universo nada sabe de ello».

«Él sabe». ¿Qué? Que ni la ráfaga de viento, ni la gota de agua, ni la mala soldadura que mataron, estaban allí por capricho de un revoltoso diablo. Estaban porque alguien indiferente allí los puso. Mal. Porque alguien incompetente supervisó lo instalado. Mal. Porque alguien, desde el vértice indolente del poder, quiso que así se hiciera. Mal. Los hombres mueren y algo –demasiadas veces, alguien– es causante de su muerte. Y responsable de ella. Por dinero, por necedad, por indolencia.