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Pecados capitalesMayte Alcaraz

La niña del tren

Pero este artículo estaba dedicado a Cristina. Ella, que tendrá que arrostrar la muerte de cuatro de sus seres queridos cuando el tiovivo de la vida siga girando, será el bálsamo y el consuelo de todos los que tengan algún día la suerte de conocerla

Cristina deambula cerca de las vías del tren, entre amasijos de hierro. Solo tiene seis años. Ha salido por una ventana del Alvia 2384, a su paso por Adamuz, que partió de Atocha con 184 pasajeros. Una pareja de la Guardia Civil la halla desorientada. Presenta rasguños. Hay que darle tres puntos en la frente. Antes de la catástrofe, volvía a su pueblo, Aljaraque, a quince minutos de Punta Umbría, con sus padres, José y Cristina, su hermano José y su primo Félix. Todos habían ido a ver el partido del Real Madrid contra el Levante y por la mañana hicieron un tour por el nuevo Santiago Bernabéu. Tampoco faltó el Rey León. Ni Pumba. Hoy está con su abuela y con el resto de la familia, y la Benemérita ha tenido que acordonar el domicilio porque riadas de personas acuden a dar el pésame a los parientes. Desolados, rotos, devastados.

Sabemos bien que esa clase de dolor que sienten los que rodean a la niña inadmite palabras, las ha sustituido un gemido inacabado, un dolor agudo, casi físico; un dolor que añora a la madre, al padre y a los dos muchachos. A partir de ahora serán almas amputadas que tendrán que reconducir su desgarro para colorearlo de globos en las venideras fiestas de cumpleaños de la peque, de chuches cuando Cristina haga los deberes, o de risas cuando se monte en los cacharritos de la feria. Quizá los que se quedan se rebelen contra la brutal privación que acaban de sufrir, pero ni el más contumaz de los espíritus descreídos puede dejar de admirar ese poder de la fe que alivia el sinsentido de la tragedia.

Una tarde de domingo en Andalucía, una niña fue el milagro que todos ansiamos abrazar frente a la fatalidad, la inevitabilidad –a veces no admitida– de las desgracias, la incomprensión ante esa delgada línea que separa la vida y la muerte. Cristina es la imagen luminosa de la existencia mientras decenas de familias viven entre la ansiedad y la derrota, la búsqueda de sus seres queridos entre los hierros del Alvia y del Iryo, esas dos máquinas que el azar cruzó cuando una cargaba con la muerte. Junto a esa chica del tren viaja ahora la esperanza de que un país como España no vuelva a tener que llorar a familias, amigos, niños, mayores, embarazadas, parejas, al conductor del Alvia, a Óscar, a Pablo, a María, a Samuel… Para saber qué pasó habrá que aguardar a que los técnicos dictaminen. Pero quedarán lecciones que habrá que aprender.

Descartado el sabotaje, el fallo humano y el atentado, solo queda centrarse en un fallo técnico –detrás del que muchas veces hay una negligencia humana. Queremos saber por qué el AVE, que era la joya de la Corona de las infraestructuras españolas, ahora es noticia cuando llega a tiempo y sin incidencia. Queremos saber si la sobreexplotación de la red no obligaba a un mantenimiento más exhaustivo que no se ha hecho. Queremos saber por qué invertir 700 millones en las mejoras no ha servido de nada. Queremos saber por qué ahora, tras el siniestro, se baja a 160 kilómetros por hora la velocidad en la línea Madrid-Barcelona. Queremos saber si tiene algo que ver en esta degradación que su ministro titular es un señor que dedica la mayor parte de su tiempo a insultar a la mitad de los españoles, en lugar de adecentar un ministerio que era la cueva de Alí Babá, con Koldo de consejero de Renfe, Pardo de Vera –hoy imputada– de presidenta de Adif y Ábalos colocando sobrinas a cascoporro en las empresas públicas de ese departamento. Queremos saber por qué nuestro Gobierno no aplicó hace quince meses una obligada directiva para reforzar la seguridad en las infraestructuras ferroviarias.

Todo eso queremos saber. Y lo que es mejor: tenemos derecho a conocer. Sin culpar a nadie, sin hacer sangre, hasta que las cajas negras arrojen toda la luz. Porque habrá una verdad judicial que pondrá nombre a los responsables. Que nadie lo olvide. Pero hace falta transparencia. Que no esté gobernando el PP, al que se le habría colgado todas las culpabilidades posibles –¿recordamos lo que se hizo con Ana Pastor cuando descarriló el tren en la curva de Angrois?–, no significa que vayamos a pasar por alto lo que ha ocurrido. Los del equipo de opinión sincronizada no nos tienen que recordar lo que ya sabemos y es justamente lo contrario de lo que ellos hicieron en el 11M, el Prestige, el apagón, los incendios, la dana… «No hay que politizar… salvo que lo haga yo», parecen proclamar. Nuestras infraestructuras son un clamoroso fracaso, por el material obsoleto y porque invertir no tiene rentabilidad electoral; y eso no hay propaganda gubernamental que pueda taparlo.

Pero este artículo estaba dedicado a Cristina. Ella, que tendrá que arrostrar la muerte de cuatro de sus seres queridos cuando el tiovivo de la vida siga girando, será el bálsamo y el consuelo de todos los que tengan algún día la suerte de conocerla.