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Enrique García-Máiquez

Puente levadizo

No sabrá mucho de trenes, pero de los codazos de la política lo sabe todo. El que dimite se queda él solo con la responsabilidad del acto, liberando 'ipso facto' a todos los demás

Puente debería dimitir. Es el responsable del Ministerio encargado del cuidado de las infraestructuras que, por falta de mantenimiento, han costado la vida a 45 personas. Su culpa es, además, un jardín de senderos que se bifurcan. Por la izquierda, se ha destacado por dedicar buena parte de su tiempo y de sus energías a la lucha más partidista y al navajeo bajo de las redes sociales; por la derecha, ha gestionado la red ferroviaria con una insolente indiferencia hacia los retrasos, la degradación del servicio, las advertencias de los profesionales y las protestas de los usuarios. Los senderos se entrecruzaban, porque si te quejabas en las redes, el ministro del Reino de España te bloqueaba del tirón.

Óscar Puente, sin embargo, no va a dimitir. No sabrá mucho de trenes, pero de los codazos de la política lo sabe todo. El que dimite se queda él solo con la responsabilidad del acto, liberando ipso facto a todos los demás. Para quien no conozca el rito del chivo expiatorio, parece magia. Ese fue el error de Mazón, y mira que le avisamos desde estas mismas páginas. Jamás tendría que haber dimitido sin que lo hiciesen, solidariamente, la ministra Teresa Ribera, como mínimo, y también Sánchez. Puente sabe que su mejor defensa es puentear la dimisión y dejar que el tiempo y sus urgencias mediáticas pasen página o, al menos, la primera página de los periódicos.

Sánchez difícilmente le va a cesar porque el cese puede volverse contra él, íntimo amigo y valedor de Ábalos –exministro de Transportes–, de Koldo –exconsejero de Adif–, de Cerdán y de Isabel Pardo de Vera, todos ellos imputados. Mientras Puente haga de malecón o escollera, nadie vendrá al presidente con recordatorios tan incómodos como obvios.

Así las cosas, tenemos Puente colgante para rato. Por mucho que yo crea que lo digno sería la dimisión, su contumacia –desde un punto de vista político, no moral– no es tan nociva como parece. La dimisión de Puente trasladaría a la sociedad la impresión de que, políticamente, ya se ha pagado. Las aguas mediáticas volverían a su cauce. Sobre todo si Puente no tira de la manta y no señala a Pedro Sánchez, sino que asume, como cordero llevado al matadero, su sino.

Con ese gesto de dignidad nos ganaría –incluso Óscar Puente– un poco. Aquí somos muy sensibles a los gestos de señorío. Dejaríamos de ver que uno de los principales problemas que tiene España es, precisamente, la falta de dignidad de sus líderes y dirigentes. Del mismo modo, pero con más gravedad, dejaríamos de denunciar la pésima gestión que causó este accidente y que venía –de lejos– hundiendo el tren de alta velocidad, la sanidad, la educación, la solidaridad entre españoles y nuestra política exterior.

Yo, por tanto, no me apresuraría a exigir la dimisión de Puente ni concentraría ahí mis esfuerzos. No se trata de exculpar a nadie, sino de no permitir que una dimisión funcione como absolución colectiva. Cerrar en falso la actual polémica con una dimisión incluso honesta, oportuna y necesaria nos distraería de un proceso de revisión general que tenemos que hacer los españoles. ¿Adónde nos han traído todos estos años de turnismo político? ¿En qué situación nos encontramos ahora como nación y como Estado? ¿Cómo se han negociado las inversiones en España? ¿Qué remedio profundo tiene esta coyuntura que ya es insostenible?

La tragedia de Adamuz nos plantea estas preguntas. Solo si el clamor resulta, como debería a estas alturas y por respeto a las víctimas, atronador, podrían forzar la dimisión de Puente, como si fuese un puente levadizo para defender su castillo sistémico. Ojalá entonces sea demasiado tarde. Hay que replanteárselo todo.