La Reina Sofía y Barbón
Aquí, salvo en contadísimas ocasiones, la presencia pública de Doña Sofía es cada vez más escasa y en muchos momentos objeto de crónicas inmundas sobre su atribulado matrimonio. O, como ahora, mercancía para la mofa de la escoria
La política hoy ha deshumanizado a los humanos que la conforman. Ya solo son objetivos contra los que disparar. Escudos humanos a los que apuntar con la cerbatana cargada con dardos impregnados con la ponzoña frentista del poder. Ese núcleo irradiador, que diría Errejón, afecta a los que tienen la mala suerte de cruzarse en algún desgraciado momento de su vida con algunos ministros, líderes o presidentes deshumanizados. Por supuesto, sus familias. Pero también las víctimas que accidentalmente se tropiezan con los poderosos. Ellas, pasto de la demagogia, de la utilización obscena, deben colocarse donde los que mandan quieren. Si desean un funeral religioso, se les impone uno masónico, que solo se aplaza cuando se sondea que el líder supremo puede sufrir la animadversión de los deudos. Antes, a las de ETA se les arrancó hasta el bendito derecho a defender a los suyos y odiar a sus verdugos; verdugos a los que se iguala en un aberrante sistema de valores con aquellos a los que mandaron a la tumba.
No se respeta nada: ni las lágrimas, ni la fe, ni la soledad, ni el deseo de rezar al Dios de los padres, como les acaba de suceder a los parientes de las víctimas de Adamuz. La violencia online es una de las manifestaciones más crueles de esa polarización. Por eso es tan importante poner en valor las pocas muestras de humanidad que se dan entre políticos, cuando olvidan el insoportable cainismo con la que se tratan habitualmente. Un tuit del presidente del Principado de Asturias, Adrián Barbón, reconcilia con los restos de la política respetuosa y empática. Ha tenido que salir uno de los cuatro únicos barones socialistas que ha dejado Pedro Sánchez sobre la faz de España, a defender a la Reina Sofía de algo tan brutalmente inhumano como la falta de compasión.
La madre de Felipe VI ha sido zaherida por la jauría de las redes sociales porque, en medio de la desolación por la muerte de su hermana, Irene de Grecia, se abrazó al estandarte blanco y azul de la Casa Real griega, con el que fue cubierto el ataúd de la finada. Esa foto, que en cualquier corazón sano solo debería despertar sentimientos de comprensión, terminó exaltando a los miserables. Una mujer de 87 años despidiendo a la última de sus hermanos vivos en el cementerio del Palacio heleno de Tatoi, allí donde fue feliz cuando niña con su familia natal, ahora desaparecida, generó odio. Es imposible de creer. Pero es así.
Doña Sofía es la única que sobrevive a esa familia de cinco miembros. Solo una personalidad muy sucia puede vomitar burlas de una instantánea que es la viva imagen de la desolación, la tristeza y la nostalgia por la patria perdida de Rilke. Barbón lo supo subrayar: «Como ahora todo se deshumaniza, leo en internet comentarios de todo tipo sobre esta imagen y me niego a no decir nada», escribió. Y añadió: «Centrémonos: se trata de una mujer de 87 años, que está enterrando a su hermana de 83 y llora, claro que sí. Porque con su hermana se termina la primera familia de su vida. Así que da igual seas monárquico o republicano o te dé igual lo uno o lo otro. Lo que ves en la imagen es lo que nos pasaría a cualquiera de nosotros al despedir a la última persona de tu primera familia, no la familia que creaste tú, sino en la que naciste. El dolor de ver que una página de tu vida se cierra. Y tiene que ser muy duro», remató.
No se puede poner una tacha al líder asturiano. Hace falta que todos hagamos examen de conciencia sobre el camino sin retorno que hemos tomado. No sé si somos conscientes de lo que hemos perdido en estos últimos años; no solo como colectivo y proyecto de país, sino como seres humanos, simple y dolorosamente humanos. Ya no hay tragedia a la que no se intente exprimir alguna gota de polémica para despedazar a quienes no están en la línea ideológica del que profiere. La exprimera ministra neozelandesa, Jacinda Ardern, lo denunciaba hace unos días y no puedo estar más de acuerdo: «Cualquier error es magnificado. Somos duros entre nosotros, poco tolerantes con el error, poco compasivos en general».
Hay que volver a ponderar la dignidad de Doña Sofía. El ostracismo al que se la ha mandado es un ejemplo claro de la decadencia que vivimos. En países como Noruega, Dinamarca u Holanda, figuras como Sonia, Margarita o Beatriz, algunas consortes y otras que ostentaron u ostentan la jefatura del Estado, son respetadas y veneradas por ser la historia de esas naciones, depositarias de los últimos destellos de las Monarquías parlamentarias que han llenado de prosperidad y democracia los últimos cincuenta años de Europa. Aquí, salvo en contadísimas ocasiones, la presencia pública de Doña Sofía es cada vez más escasa y en muchos momentos objeto de crónicas inmundas sobre su atribulado matrimonio. O, como ahora, mercancía para la mofa de la escoria.
Cuando preguntemos algún día, como en el poema de John Donne, por quién doblan las campanas. Sepamos la respuesta: doblan por nosotros.