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Esta semana ha habido cierto revuelo por una broma cruel pronunciada por Rosa Belmonte en un programa de entretenimiento, referida a una tertuliana a la que no nombró pero todo el mundo, incluido ella, identificó: «La que es medio tonta y medio tetas», dijo sobre Sarah Santaolalla. Se lo podía haber ahorrado, aunque a uno le parezca irresistible el insulto si va aliado del talento, algo infrecuente: yo recibo una media de veinte o treinta al día y lo que me pesa es su vulgaridad previsible, ese olor a regüeldo garbancero, bar de lucecitas en una carretera secundaria a altas horas de la noche.

La cuestión no es si la pobre Sarah se merece ese calificativo, que no, aunque yo me preguntaría por qué todo el mundo pensó en ella sin ser nombrada y, a continuación, si se tiene el mismo derecho a quejarse del fuego cuando se juega con fuego a diario: uno no puede ir llamando de todo a todo el mundo y luego montar un drama nacional cuando se sufre lo que se provoca o cuando, si no se cree provocar algo así, se contesta con lo que a la vez se denuncia: hay que parar esto, en todo caso, y ni la Santaolla ni el Quiles de turno deben ser tratados con otra cosa que no sean las leyes vigentes, el juicio profesional y la educación que en tiempos ya remotos lo regulaba todo.

La anécdota, que entiendo duela a la aludida y solo por eso merece un achuchón, tiene algo más de profundidad si se abre el foco y se incluye en un paisaje mayor: ha coincidido en las mismas fechas en que el presidente del Gobierno, desde el Congreso, ha vuelto a señalar a periodistas para zafarse de su galopante incumplimiento de rendir cuentas y, de paso, refrescar su estrategia de la lucha entre bloques, situando a la prensa crítica en el mismo sitio donde el muy irresponsable levantó un muro nada más ser investido por sus secuestradores a título de aliados obscenos.

Allí, en esa trinchera imaginaria, están los medios de comunicación que esparcen bulos, los jueces franquistas que inventan causas, los guardias civiles patrióticos que montan casos falsos y, por supuesto, los millones de españoles que no votan lo correcto, que es a él.

Un discurso impropio de un demócrata, que añade a la deplorable fuga cada vez que se impone la imperiosa necesidad de que ofrezca una explicación un acoso y persecución de quienes, simplemente, le pueden y deben formular las preguntas oportunas, sea en una entrevista, un juzgado o una comisaría.

Y es ahí donde el activismo mediático, con medios públicos norcoreanos y de cultivo extensivo y tertulianos sin otro pedigrí que el de estar dispuestos a defender a su mentor incluso cuando los hechos contra él son inapelables, entra en juego esa maquinaria: no solo se ayuda a Sánchez a conculcar su obligación de dar explicaciones, sino que se naturaliza el acoso a quienes se las piden.

Esta vez le ha tocado a Íker Jiménez, que estará encantado por la publicidad gratuita, pero antes a Carlos Herrera, Bieito Rubido, Álvaro Nieto, Esteban Urreiztieta o servidor entre tantos otros, bien de manera nominal, poniendo en la diana a nuestros medios de comunicación y programas o movilizando a los ministros más rudos para que hagan el trabajo sucio típico de un sicario.

Que todo eso se complete con un afán legislativo censor, paralelo al que se ha intentado contra los jueces, debería activar las alarmas de todo buen demócrata, más allá de sus filias y sus fobias.

Oigan, que tenemos un presidente perdedor, sin mayoría parlamentaria, sospechoso de iniciar su carrera con el dinero de su suegro proxeneta, decidido hasta a soltar a etarras o desmembrar España para comprar apoyos y rodeado de corruptos, intentando acabar con los contrapoderes de un Estado sano.

Por todo ello, que se dé más importancia a las gracietas de mal gusto contra una joven tertuliana o a las andanzas de otro joven reportero, igual de intrépido que la anterior y de hábil para hacerse hueco ambos en la selva pero en la acera contraria, que a la repugnante cacería mediática impulsada por un presidente indecente lo dice todo de la degradación democrática de España, de la podredumbre de un ecosistema subvencionado, de la cobardía mercenaria y financiada de tanto hooligan de Sánchez y de la disposición de éste, mitad corrupto y mitad inmoral, a llegar hasta el final, como sea, para sobrevivir.

Que de eso va la película, como para perdernos en batallitas.