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Se ha registrado cierto movimiento sísmico en las orillas políticas más bermellonas por dos fotografías con un mismo protagonista, el Rey Juan Carlos, con sendos invitados de lustre, el expresidente José María Aznar y el locutor de ustedes, y de nosotros, mi querido y admirado Carlos Herrera.

Por lo visto, reivindicar la figura de uno de los grandes arquitectos de la Transición, y por tanto de la hoy alicaída democracia española, asaltada por el sanchismo; y trasladar un mensaje sobre su verdadero estado de salud; es para esas trincheras una ofensa inaceptable.

Un presidente de extrema derecha y un periodista de derecha extrema hablando bien de un jefe de Estado ultraderechista, dónde vamos a llegar, vienen a decir, calentando lo que luego veremos en los programas de televisión del Régimen, cada vez más echados al monte: no descarten que alguno encuentre la manera de relacionar Abu Dabi con un yerno de Aznar, los autos del juez Peinado, las víctimas de Ayuso, mi programa en Telemadrid, el cambio climático en el estrecho de Ormuz y los anuncios de Donald Trump. Y tan pichi.

Los alaridos vienen de las mismas gargantas hiperventiladas que, sin embargo, normalizan estampas indecentes de verdad, presentándolas incluso como un loable avance político o, simplemente, ofreciendo cobertura a atracos a plena luz del día perpetrados en beneficio de su trinchera.

La lista es formidable: la de Pedro Sánchez reunido con Mertxe Aizpurúa, biógrafa de etarras y cruel portadista del periódico que le señalaba objetivos a ETA o aplaudía por cobrárselos. La de Santos Cerdán con Puigdemont, reunido en el extranjero para conocer el precio del negocio obsceno que le permitió al mismo Sánchez comprarse una presidencia manchada en origen.

O la de otro expresidente, Rodríguez Zapatero, blanqueando a Nicolás Maduro durante años, ahora sabemos que probablemente por dinero. O la del sanguinario terrorista Txeroqui saliendo de prisión, 400 años antes de tiempo, por el chantaje de Otegi aceptado por el PSOE. O, por no alargarme en una lista eterna, la de Hamás aplaudiendo al Gobierno sanchista por sus desprecios a Israel.

Hace ya demasiado tiempo que en España presumen los que deberían sentir vergüenza y que se avergüenzan los que deberían presumir, en un proceso de degradación y decadencia que no se corresponde con los valores, el sentido común y la sensatez de la sociedad española.

Una abrumadora mayoría es capaz de reconocer las sombras personales de Juan Carlos I, pero tiene claro que sus luces públicas son infinitamente superiores y que es injusto tratarle como un apestado para, de paso, poner en solfa su principal legado, que es la Transición, y facilitar con ese truco la apertura de un inquietante periodo constituyente a la medida electoral del frentepopulismo impulsado por Sánchez. Que de eso se trata.

Y sabe también que es una gravísima anomalía deberle la Presidencia a quienes no quieren a España, auxiliar a terroristas para que te cedan algunos escaños, negociar una investidura en un país ajeno con un prófugo o atrincherarse en La Moncloa armado con el BOE sin poder aprobar ni unos míseros Presupuestos en toda una legislatura.

En determinados asuntos, fácilmente reconocibles, no hay dos posturas antagónicas igual de respetables. No todo vale ni es legítimo ni presentable.

No es lo mismo recordar a Tomás y Valiente que ayudar a Txapote. Y no es lo mismo retratarse con un gran Rey, cuyos pecados ya han tenido un castigo suficiente, que quedar inmortalizado con Puigdemont, Otegi y Junqueras.

Como para que encima den lecciones los indeseables que aplauden ese infame bodegón de perdedores y extorsionadores reunidos.