Y nos regaló una lágrima
Fue un gran regalo ver a nuestro hijo con tan poca consciencia, convertido de repente y gracias a Dios, en el sostén de toda la familia, cargando sobre sí todo el peso con una lágrima y una sonrisa
La gira que estamos realizando por colegios de educación especial, el otro día se puso muy emocionante. Tuvimos la primera valoración de nuestro hijo en el colegio que más nos gustaba y, después de haberlo valorado, nos dijeron que no disponían de las herramientas necesarias para atenderlo debidamente.
Lo mismo nos ha sucedido en otros tres colegios visitados y otros tantos a los que ha sido suficiente llamar por teléfono para saber que no podían admitirlo.
Nuestro hijo se mueve poco y con poca intencionalidad, parece que está lejos de empezar a caminar y entender las órdenes que se le dan. Se mueve poco y mal, vaya.
Viendo el panorama, empezamos a contactar con colegios pensados para niños con problemas motores y cerebrales graves. Después de preguntarnos algunos datos sobre el niño nos dijeron que quizá nuestro hijo se mueva demasiado para ese tipo de colegio.
Parece que nuestro hijo no se mueve ni poco ni mucho, sino que se mueve mal. Lejos de afligirnos, la verdad es que nos lo hemos tomado con bastante humor. El asunto tiene su gracia. Si Dios quiere acabaremos encontrando colegio y ese es un pequeño obstáculo (otro) que nos ha parecido divertido y que, lejos de entristecernos, nos ha permitido pasar buenos momentos comentándolo en casa.
Pero el tema de hoy es otro, ese sí de mayor calado. Cuando salíamos de esa valoración y, ya subidos en el coche, me di la vuelta para mirar al niño. Esos gestos que los padres hacemos instintivamente mientras conducimos, no sabría decir muy bien por qué.
Y me lo encontré como siempre, absorto en su mundo de fantasía, mirando a ningún lado y a todos lados a la vez, sonriendo y con una lágrima que poco a poco se deslizaba por su mejilla.
Nuestro hijo no sabe llorar, si se hace daño se queja (algo) y no se pone triste porque creemos que no reconoce la mayoría de las emociones. Siempre está risueño y alegre, todo le parece bien, o eso creemos.
Esa lágrima, tan habitual en los enfados de sus hermanos, fue algo completamente novedoso en él. Y por eso estoy tan convencido de que Dios, a través de nuestro hijo, de su hijo, nos la quiso regalar.
«No estáis solos. Sufro con vosotros aunque no me veáis, aunque no lo penséis. Aunque creáis que vivo en un mundo de fantasía, como vuestro hijo Jaumet que, aunque no sabe llorar y mucho menos sabe lo que es una lágrima, ahí la tenéis. Es mía, para vosotros».
Y nos regaló una lágrima que, lejos de entristecernos, nos alegró viendo cómo serpenteaba por su rostro feliz, que parecía decirnos: «Tranquilos, no sufráis, estoy bien».
Fue un gran regalo ver a nuestro hijo con tan poca consciencia, convertido de repente y gracias a Dios, en el sostén de toda la familia, cargando sobre sí todo el peso con una lágrima y una sonrisa. Quizá por eso nos estamos tomando las peripecias escolares con buena disposición y considerable sentido del humor.