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HorizonteRamón Pérez-Maura

Un día en la Roma de Meloni

La Misa fue en español. Junto al altar la bandera nacional y la de la Santa Sede. Ofició un sacerdote español acompañado de un acólito que, por su acento, también era español. En primera fila dos monjas españolas. En tercera fila el pueblo: otro señor de mi edad y yo

Quizá debería hablarles de policía corrupta, de un Gobierno que se descalabra desde hace tanto tiempo o de la caída espectacular del ex Principe Andrés de Inglaterra. Hoy no. Hoy voy a escribir un artículo perfectamente irrelevante sobre las 24 horas que acabo de pasar en Roma. He ido allí a declarar en la Rota. Tranquilidad. No ha sido en la causa del obispo Rafael Zorzona, a quien según leí ayer en El País, la Rota pide al Vaticano que sea juzgado por pederastia. Mi visita nada tiene que ver con ese caso.

Fui convocado como testigo en un proceso de nulidad en el que, por la relevancia de uno de los miembros del matrimonio, su causa no se puede dilucidar en primera instancia en la diócesis de residencia de las partes o en la que tuvo lugar el matrimonio. Sólo puede abordarla la Santa Rota en Roma. Pero hoy no toca hablar de eso.

Pedí a mi agencia un hotel cerca de la Rota y dio la casualidad de que estaba frente a la Iglesia de Montserrat, de la que me dice un sacerdote español que sigue dependiendo de la Conferencia Episcopal Española. La ubicación me facilitó acudir a Misa a las 8:00 de la mañana a orar por la causa ante la que debía declarar. La Misa fue en español. Junto al altar la bandera nacional y la de la Santa Sede. Ofició un sacerdote español acompañado de un acólito que, por su acento, también era español. En primera fila dos monjas españolas. Según las veo, comprendo mi error. Yo he acudido a Misa a cuerpo y ellas llevan un anorak negro sobre su hábito blanco. Mi error traerá consecuencias. En tercera fila el pueblo: otro señor de mi edad y yo. Pese a estar la Iglesia desierta, estaba iluminada con toda su grandeza y hasta el más ateo o agnóstico hubiera disfrutado de la contemplación de su estética. Me pareció muy triste que esa gran iglesia tenga una única Misa diaria entre semana con una asistencia tan pobre. Aunque supongo que el uso del español en el sacramento debe de ser un factor relevante. Al abandonar el templo, a la izquierda antes de llegar a la puerta, me recojo ante la lápida que recuerda que ahí descansaron durante 40 años los restos del Rey Alfonso XIII hasta su traslado a su descanso debido: el panteón de Reyes de El Escorial.

Pero hoy quiero señalar otro hecho que me ha llamado la atención en esta Italia de Giorgia Meloni que con tanto acierto está gestionando su país y tan nerviosa pone a la izquierda de toda Europa. En el hotel en el que me quedé en la Vía della Barchetta había la mayor manifestación de la defensa de la libertad que creo que puede haber hoy en un establecimiento de ese tipo: un salón de fumadores. Sí, eso que ya no hay en ningún hotel en España. En este hotel había una estancia con sofás de cuero, mesas altas de madera con grandes ceniceros y cajas de habanos para escoger lo que uno quisiera. Aislado del resto del hotel por dos puertas de cristal correderas. Y con una potente máquina extractora de humo.

Algunos todavía recordamos aquella primera ley contra el tabaco del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, el representante de Venezuela. Si se acuerdan, dio a escoger a los restaurantes que fueran de fumadores o de no fumadores. O que, si tenían tamaño suficiente, tuvieran dos zonas separadas y aisladas. Recuerdo la fortuna que se gastaron muchos restaurantes para poner las máquinas extractoras como la de esta sala de fumadores romana. Pero el zapaterismo, siempre enemigo de la libertad, se arrepintió y prohibió totalmente fumar en lugares públicos. Ni en los que habían obedecido invirtiendo un dineral para poder acogerse al reglamento establecido. Una de las razones que más pesó para cambiar fue que la inmensa mayoría de los comensales de restaurantes y bares querían ir a donde se pudiera fumar. Y ante tan intolerable elección, mientras eran libres, el Gobierno hubo de aplicar el despotismo ilustrado: El pueblo se equivoca. Lo que quiere es malo para él. Yo le voy a imponer lo que necesita y le viene bien.

En Italia hoy se puede fumar cómodamente, dentro de hoteles y cumpliendo ciertos requisitos que implican no molestar a nadie que no quiera humo. En el aeropuerto de Fiumicino hay múltiples salas o salitas para fumadores. Yo ya no recuerdo ver ninguna en Barajas aunque no se si habrá alguna escondida en alguna remota esquina del enorme aeropuerto de cuatro terminales.

No sé cuánto ha aportado Meloni, pero esta Italia me da sensación de libertad. No de que la estén recortando.