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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

El sinsentido de Yolanda Díaz

El sentido de la historia, su 'lado correcto', es cualquier cosa. Que yo decrete. Con tal de que se pliegue a mis deseos. O a los de doña Yolanda Díaz. O, mejor, a los de su carismático Jefe: ese que «siempre ha estado en el lado correcto de la historia»

La ternura de la capataz ante el amado líder es lo más turbio de la escena. Cuyo exceso verbal debiera dar sólo risa. Pero que mueve a escalofrío. Al menos, a los que, por edad e historia, conocemos el origen del apotegma y de sus usos. Yolanda Díaz, vicepresidenta del gobierno, reverencia a su inmediato superior, el presidente Sánchez. Conmovedora: «Y yo hoy quiero agradecérselo en presencia de todo mi país. Podría haber hecho otra cosa. Hemos tenido discusiones… potentes, intensas. Académicas, ilustradas, no tan ilustradas y de todo tipo. Y es verdad que siempre has estado en el lado correcto de la historia».

En el «lado correcto de la historia» están los laogai, por ejemplo, de la inmensa China: campos de concentración, en los que unos cincuenta millones de sujetos han sido «corregidos» por un régimen reeducador para poder entrar en el sentido final de una historia a la cual no habían sabido someterse como es debido.

En ese «lado correcto» estuvo la gran tarea de exterminar, en Camboya, a todos cuantos, por saber leer y escribir, pudieran alzar cascotes del pasado que interfirieran el grandioso avance final hacia el porvenir celeste de los khmer-rojos. Media población, más o menos.

En el «lado correcto de la historia» estaba el caudillo Fidel Castro («la historia me absolverá», naturalmente), que masacró a toda una isla para someterla a la rectificación de sus burgueses vicios y encaminarla al lado bueno de su destino histórico antiimperialista.

A blindar el «sentido correcto de la historia» se consagraba la red de campos de concentración que conocemos bajo la designación genérica de Gulag: depurativo final de todos cuantos obstáculos pretendieran frenar el heroico avance del mañana emancipador del proletariado sobre los enemigos del pueblo.

En el «lado correcto de la historia», Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, alias Stalin, hizo ejecutar a unos veinte millones de sus conciudadanos: obstaculizaban el acceso al paraíso, en el cual la humanidad estaba llamada a ser, por fin, dichosa de modo inminente.

Y Grigori Zinóviev daba, en septiembre de 1918 axioma a tal advenimiento: «Para deshacernos de nuestros enemigos debemos tener nuestro propio terror socialista. Debemos atraer a nuestro lado, digamos que a noventa de los cien millones de habitantes de la Rusia soviética. En cuanto a los otros, no tenemos nada que decirles. Deben ser aniquilados». Motas de polvo que atoran los engranajes infalibles del reloj del futuro. Sólo entonces triunfará el lado bueno. Y la historia cobrará sentido. Bueno. Al final, Grigori Zinóviev fue uno más entre los diez millones de supliciados que él exigía sacrificar ante en el altar histórico del «lado correcto». De la Historia, por supuesto. Y sus diez millones se convirtieron en veinte.

El «lado correcto» de la historia germana fue, sin límite, perseguido por Adolf Hitler: el sentido corregido de su Centroeuropa era el de un futuro en el cual, de la Vaterland aria, hubieran sido exterminados todos los judíos y alguna que otra población tarada, degenerada o sencillamente incapaz de asaltar su apocalíptico Walhalla wagneriano. Y el «lado correcto» de la historia se llamó Holocausto.

El sentido de la historia, su «lado correcto», es cualquier cosa. Que yo decrete. Con tal de que se pliegue a mis deseos. O a los de doña Yolanda Díaz. O, mejor, a los de su carismático Jefe: ese que «siempre ha estado en el lado correcto de la historia».

La trampa es elemental. Y eficacísima. Consiste en inventar una cosa llamada «la Historia» (en singular y con mayúscula), en la cual serían investidos todos los emblemas de la tradicional Providencia Divina. Y todas sus incuestionable legitimidades. Sin sus enojosas limitaciones éticas. Una todopoderosa «teología política», que imponga su destino. Sobre semejante delirio –cuyos orígenes fechan, en 1795, las lecciones de Fichte en Jena y las de 1807 en Berlín–, se asentará la historiografía romántica. Hegel hará de ello martingala. Su resonancia en el siglo XX será letal: si la historia tiene un sentido bueno, un lado correcto, ¿qué peso podrían tener unos cuantos millones de sujetos a los que hubiera que exterminar para abrir sendero a ese bien absoluto? En Berlín como en Moscú. En Cuba como en China o en Camboya. Parece, dice la señora Díaz, que también en Sánchez.

El «sentido de la historia», su cabalgada épica hasta la meta de la bondad final, ha justificado las mayores carnicerías que la memoria humana registra. Al final, uno vuelve a la humilde constatación de un pensador judío del siglo XVII, en el cual el idealismo romántico quiso ver a su mayor enemigo: todos los engaños humanos «proceden de uno solo, a saber: el hecho de que los hombres supongan, comúnmente, que todas las cosas de la naturaleza actúan, al igual que ellos mismos, por razón de un fin». Y que la historia cobra en ese imaginario fin su sentido. En el menos malo de los casos, «lado correcto de la historia» es bobería. En el peor, masacre.

Mejor, la sobria lucidez shakespeariana: eso a lo cual los necios llaman sentido histórico, «no es más que un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y furia, y que nada significa».

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