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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Rufián y la famélica legión

Tenemos chica nueva en la oficina, se llama Gabriel y es divina

Resulta casi cómico y entrañable el espectáculo que monta la izquierda periódicamente para renovarse utilizando la misma fórmula con la aspiración de que a algún incauto le parezca nueva: cambian el nombre del mismo producto, que suele nacer de una pelea interna a garrotazos y de la necesidad de muletas del PSOE, que ya no es un partido de vocación nacional y necesita ir con escolta populista o nacionalista para no hacer demasiado el ridículo.

La otra gracia del asunto siempre es la escénica: cada vez que presentan algo, lo hacen como si estuvieran haciendo historia en directo, con mucho amor por sí mismos y poca prudencia ante los demás. La Virgen solo se le aparece a los tontos y a los pastores, y en sus puestas de largo se aprecian pocos pastores: pero ahí hemos visto a Pablo Iglesias, a Yolanda Díaz, a Ada Colau y ahora a Gabriel Rufián repitiendo la misma epifanía, como si todos ellos hubieran tenido una visión y entraran en éxtasis delante de la afición, dispuesta a compartir con ellos la buena nueva.

Un poco de pudor, por favor, antes de nada: juntarse en Vistalegre o en Tristeleches ya está muy trillado Y sentirse propietario de la fórmula de la Coca-Cola para arreglar el mundo, con frases que son a la política adulta lo que el «caca culo pis» a la literatura, produce alipori.

Casi hay que retirar la vista cuando ves a dos o tres o cuatro personajes con edad ya de entrar a las discotecas bajando la mirada, guardando pausas dramáticas, poniendo la voz afectada y finalmente alzando un puño esperanzado entre grititos un poco por debajo en madurez de un rito iniciático de hermandades púberes en una película americana tipo Los albóndigas en remojo.

A todo ello se le añade en este caso la doble novedad de que el invento es, ante todo, una operación de Pedro Sánchez, que va viendo cómo su inevitable desplome electoral no va compensado, al menos, por un crecimiento de alguna de las otras extremas izquierdas, el espacio que ya ocupa el PSOE, y que la chavalería y en los barrios no se compra el miedo a la ultraderecha, pero sí se vive el pánico a la inseguridad, la inflación, el paro, la inmigración masiva y el precio de la vivienda y los alimentos: a ver si se creían que a la gente le llena la barriga tener por gobernantes a unos señoritos que les suben el precio de todo y, encima, les dan la turra para convencerles que sus prioridades deben estar en evitar el deshielo de la Antártida, reconocer nuevos tipos de identidad de género y acompañar a Pedrito, hijo de Gepeto, en su denuncia de los bulos mientras media familia y medio PSOE están caminito del juzgado o de Soto del Real.

El proyecto es hacer un Frente Popular, pero les está quedando uno de Judea, como el de La vida de Brian, porque además de la mano de Sánchez se perciben los garrotazos internos entre las distintas familias y el deseo alimentario de supervivencia de cada una de ellas: a Rufián no le quieren en ERC y él no quiere irse de Madrid, esa capital del fascismo donde se vive como Dios, y por ello está dispuesto a ser presidente del país al que quiere abandonar, que es como si un vegano ahondara en su identidad poniéndose tibio de chuletas para lograrlo.

Y de complemento, al bueno de Emilio Delgado, que al menos asume la necesidad de hablar de inseguridad y no parece poseído a todas horas por Greta Thunberg, se lo quiere cargar Mónica García, que a su vez se pelea con Yolanda Díaz, que a su vez se destroza con Irene Montero: qué velada de boxeo nos estamos perdiendo con las tres en el ring a guantazos, inclusivos eso sí.

El día que todos ellos se den cuenta de que llevan ya siete años gobernando, o algo parecido, van a pasar un mal rato, los pobres. Mientras, mucho ánimo y cuidado al salir a la calle: fascistas y nazis no van a encontrar, pero ojo con la famélica legión, que hasta el astrágalo de todos ellos.

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