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Perro come perroAntonio R. Naranjo

¿Qué sabe Mohamed VI de Pedro Sánchez?

El mismo presidente que se enfrenta a Argentina, Estados Unidos o Israel se calla al confirmarse que Marruecos le espió. ¿Por qué será?

El mismo Pedro Sánchez que ha elegido conflictos internacionales que no le necesitan ni le reclaman para intervenir y generalmente empeorarlos no ha dicho nada en uno que le afecta personalmente, es grave y tiene consecuencias para el país que preside, por la puerta de atrás y sin otra misión que la que le impongan Otegi, Junqueras, Puigdemont y otras hierbas del montón.

Porque ya se ha publicado, sin desmentido alguno, lo que había avanzado el propio Parlamento Europeo, también sin que el Gobierno lo negara: que fue Marruecos quien intervino el teléfono móvil del líder del PSOE, quien le implantó el célebre programa Pegasus y quien se descargó todo el contenido que guardaba.

La lógica más elemental sugiere que, ante algo así, hubiera habido una llamada a consultas del embajador marroquí en Madrid, una protesta formal en Rabat, un conflicto diplomático formidable y una comparecencia pública del propio presidente, o del ministro de Asuntos Exteriores al menos, para elevar a pública la denuncia con la máxima difusión.

Pero el mismo inconsciente que ha roto relaciones de facto con Argentina por unas palabras de Javier Milei sobre Begoña Gómez, con Israel entre aplausos de Hamás o con Estados Unidos mientras ejercía de comercial del coche eléctrico chino en Europa; no ha considerado necesario decir o hacer algo sobre una injerencia escandalosa que, a través de él, tiene por objetivo debilitar a España.

Solo su silencio es un poderoso indicio de que Marruecos consiguió lo que buscaba, una sospecha que se acrecienta por la secuencia de hechos demostrados antes y después de ese siniestro episodio: hasta que a Sánchez le intervinieron el teléfono, algo en sí mismo negligente y digno de explicación, se dedicaba a recibir clandestinamente en España a Brahim Galli, líder del Frente Polisario y enemigo público número uno de Rabat.

Una vez perpetrado el asalto, decidió someter la posición española en el Sáhara a los intereses de Mohamed VI, sin nada a cambio más allá de bisutería retórica incumplida, por ejemplo, en lo respectivo a Ceuta, Melilla e incluso Canarias.

Sin necesidad de elucubrar sobre si Marruecos ha accedido a información privada dañina para Sánchez, cuya esposa desarrolló una notable actividad en África nada más llegar su marido a La Moncloa y si, en definitiva, el presidente del Gobierno de España se está pagando el silencio de un chantajista con intereses nacionales; los hechos demostrados ya, la inaceptable omertá que los rodea y la extravagante gestión del afectado son suficientes para que este asunto no sea otro más de esos que La Moncloa tapa a la espera de que escampe, como las saunas, las andanzas de Begoña y tantos otros fijados ya en la retina.

Marruecos no ha renunciado a ninguna de sus aspiraciones sobre territorio español, sino todo lo contrario. Tampoco ha normalizado el intercambio comercial con Ceuta y Melilla. No ha dudado en desplegar maniobras militares cerca de aguas canarias y desde luego no ha dejado de gestionar la inmigración como una herramienta de presión a Europa y a España, agravada por la temeraria política migratoria del Gobierno, directamente suicida si se extiende al ámbito del control del narcotráfico, más impune por la misteriosa supresión de la unidad de la Guardia Civil especializada en combatirlo en la zona.

Así que la pregunta es, más que razonable, imprescindible: ¿Sabe Marruecos algo de usted, señor presidente, que le haga tomar decisiones estratégicas para España pensando exclusivamente en su propio pellejo?

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