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Perro come perroAntonio R. Naranjo

¿Qué van a hacer Feijóo y Abascal?

Deberían ponerse de acuerdo rápido, con cesiones de los dos y un objetivo común: desalojar al contaminante Sánchez lo más rápido posible

Si prescindimos del reparto por siglas y nos quedamos en la suma de sus votantes, la derecha ha ganado siempre a Sánchez, con las honrosas y efímeras excepciones de 2019, en todos los campos de juego y a todos los deportes.

Por no irnos al momento de la moción de censura, interpuesta precisamente porque el PSOE se veía perdedor y se sacó de la manga ese truco barato pero muy útil, desde que Feijóo sucediera a Casado en el PP los socialistas han cosechado debacle tras debacle en Andalucía, Galicia, las autonómicas y municipales, las europeas, las generales y los adelantos electorales en Extremadura y Aragón.

Sánchez, en fin, pinta lo mismo en las urnas que Adán en el Día de la Madre, y su artificial prosperidad política es fruto, en exclusiva, de su galopante falta de escrúpulos a la hora de convertir la aritmética parlamentaria en una excusa obscena para comprarse puestos que no merece con intereses nacionales que no debía comercializar, a un coste inasumible para un país al que, en términos institucionales, simplemente traiciona, humilla y degrada.

La realidad es que ni el espantajo de la ultraderecha, hilarante en quien le debe literalmente el puesto a un partido cercano al racismo, a otro golpista y a uno más que defendía los asesinatos en nombre de la identidad; cuela ya: en Aragón cinco de los siete diputados con VOX se corresponden con los perdidos por el PSOE, lo que demuestra que en el barrio, el polígono y las ciudades y pueblos humildes se pasan por el forro los mantras socialistas y responden, con virulencia, a las consecuencias en sus vidas de sus políticas migratorias, sociales y económicas.

Y, sin embargo, pese a que este es el panorama, ¿por qué al día siguiente de cada hecatombe sanchista la indigestión parece más pesada para el bloque ganador? Seguramente tiene que ver, sin más, con las expectativas: si el Real Madrid está en un buen momento y se da por descontado una manita al Barça, o viceversa, y luego el marcador refleja un dos a cero, la decepción puede instalarse, aunque en realidad no haya razones para ello.

Eso es lo que ha pasado con el PP, instalado en el sueño inviable de las mayorías absolutas, imposibles ya para nadie con la excepción, tal vez, de la madrileña Ayuso: ni siquiera el andaluz Moreno lo tiene sencillo y a nadie le extrañaría que, tras una gestión eficaz en términos de desinstalar al socialismo del ecosistema cultural andaluz, necesitara a Vox también para lograr su investidura.

Quizá se trate, pues, de rebajar las expectativas para no generar frustraciones que desvíen el foco de lo esencial: a Sánchez lo quiere echar casi toda España y su alternativa ha sido, es y será durante muchos años numéricamente abrumadora. Y el PP tiene motivos para estar orgulloso: es el único partido de la derecha tradicional europea que sigue ganando con estupendos resultados, junto a sus colegas alemanes, sin ceder ante formaciones alternativas bien conocidas en la Francia de Le Pen, la Hungría de Orban y no digamos la Italia de Meloni.

Tiene que aclarar, desde esa posición, qué quiere hacer con Vox, sin los cálculos ni los miedos que seguramente no tienen ni sus bases ni las de sus rivales y sin embargo, socios, que también tienen una reflexión pendiente: aclarar si anteponen el deseo de superar al PP al de desalojar al sanchismo, en cuyo caso las negociaciones serán duras pero no inflexibles y no conducirán a un ciclo de tentadoras repeticiones electorales alimentadas por la teoría del difícil pero no imposible sorpaso.

En algo sí deberían estar de acuerdo PP y Vox ya, por separado o juntos: no se puede dilatar sine die un enfrentamiento eterno, algo impostado y más fruto de sus intereses propios que los de una sociedad que les mira con esperanza y sin miedo, más allá de los heraldos del apocalipsis fascista que no se creen ya ni ellos.

Si alguna carambola puede beneficiar a Sánchez, ese gato maltrecho con quince vidas, es que sus pletóricas derrotas acaben siempre pareciendo un digno resultado ante el gallinero que monten los vencedores, cada uno con su motivo respectivo y, en ninguno de los dos casos, presentable.

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