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HorizonteRamón Pérez-Maura

Nos lo jugamos todo

Un cambio de régimen, cual Trump marcó como objetivo, es extremadamente difícil de alcanzar. Pero laminar el potencial militar de Irán, su capacidad represiva y la financiación del terrorismo en la región sí son objetivos posibles a estas alturas de la guerra

Espero que el presidente Trump no pierda la sangre fría y sea capaz de machacar el régimen de los ayatolás y reabrir el estrecho de Ormuz. Porque si no consigue pronto recuperar la navegación allí, la gran superpotencia va a ser vista como un gigante con pies de barro que no ha sabido enfrentarse a un régimen de bárbaros armados con drones. Esta ha sido la mayor de sus debilidades. Los drones iraníes han probado la inexperiencia norteamericana en este tipo de lucha. No hubiera estado de menos que en lugar de pasarse la vida incomodando a Ucrania, hubieran aprendido un poco de su experiencia en el uso de drones contra Rusia.

Hasta ahora y desde un punto de vista militar la guerra va muy bien. Desde la revolución de 1979 nuestras elites intelectuales nos han estado advirtiendo del potencial iraní: el tamaño de su Ejército, la sabiduría de la cúpula de la teocracia y su disponibilidad de misiles. Y eso hacía que hubiera que guardar mucho respeto. La realidad parece otra. En poco más de una semana la teocracia iraní ha tenido que jugar la última carta que tiene: bloquear Ormuz. Esto es terrorismo económico. Y a esto se ha llegado porque en menos de dos semanas de guerra Estados Unidos e Israel han destruido las defensas iraníes, su fuerza aérea, su armada y muy probablemente el programa nuclear. Además de aniquilar a buena parte de los altos mandos del país. Sigue siendo un misterio por qué el nuevo líder supremo es el hijo de Jamenei, que no tiene rango de ayatolá, y que no ha dado la cara en público. Ni en el entierro de su padre o de otros altos cargos ni para dirigirse al país en un comunicado que ha leído una locutora de televisión.

El armamento iraní, que se creía de enorme potencial, parece haber sido arrasado incluso antes de ser utilizado contra las aviaciones israelí y norteamericana y contra la US Navy. Su intento de recurrir a sus protegidos como Hizbolá sólo ha servido para que Israel abra otro frente en el Líbano. Y no le va mucho mejor a Irán y sus aliados. Hasta los países del Golfo han tenido mucho éxito derribando misiles iraníes y drones. A los iraníes les ha salido todo mal.

Ahora el gran reto es devolver la navegabilidad al estrecho de Ormuz. Ayer no parece que el anuncio de la comercialización de 400 millones de barriles de petróleo de las reservas estratégicas tuviera una influencia relevante en el precio del crudo. En esas circunstancias es imprescindible que el 20 por ciento de la producción mundial de petróleo que sale del golfo pueda volver a circular. No me parece una buena idea estar jugando a que la victoria está muy cerca. Yo creo que queda bastante. Y es imprescindible ayudar a que Trump comprenda que estas cosas llevan tiempo. Bastante más que las operaciones financieras a las que él está habituado.

Un cambio de régimen, como él marcó como objetivo, es extremadamente difícil de alcanzar. Pero laminar el potencial militar de Irán, su capacidad represiva y la financiación del terrorismo en la región sí son objetivos posibles a estas alturas de la guerra. De lo que hay que convencer a Trump es de que ahora no vale irse a casa sin rematar la faena. Occidente se juega demasiado aquí. Entre otras cosas, que el estrecho de Ormuz no sea un lugar abierto a la libre navegación. Ahí nos lo jugamos todo. Entre otras cosas, que los ayatolás crean que nos pueden someter. Imagínense.

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