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Zapatero es a la transición en Venezuela lo que Arnaldo Otegi al fin del terrorismo, pero en esta España delirante que adjudica fascismos imaginarios a demócratas intachables se permite que ambos farsantes ejerzan de protagonistas de bellas historias que, en realidad, hicieron todo por torpedear.

El expresidente ha vuelto al escenario de sus crímenes para alabar a Delcy Rodríguez, un mal quizá necesario pero insoportable para que María Corina llegue al lugar que le corresponde sin derramamientos de sangre, y arrogarse una parte de la incipiente esperanza de paz en Venezuela, a la que nunca ayudó.

Que se anote la liberación de algún preso, algo por ver, suena a broma macabra: lo que hizo fue blanquear a un régimen que encarceló, reprimió, mató, torturó y exilió a millones de personas; mientras sus jerarcas se enriquecían y hacían de un gran país una sucursal empobrecida de los intereses chinos.

Y es en ese escenario, el de la represión, la dictadura y el negocio, donde Zapatero ejerció: su embajador fue condenado por chanchullos con el petróleo chavista; él mismo, aliado con Sánchez, prestó la Embajada española para extorsionar y desterrar al ganador de unas elecciones robadas por Maduro; y la sospecha de que mientras facturaba un pastizal traficando con influencias en Miraflores y La Moncloa es más que sólida y tiene en el rescate de Plus Ultra su hito más vistoso, pero no el único.

De Zapatero también sabemos que, bajo el disfraz de falso humanitario altruista, hay un lobista con amigos, intereses y quién sabe qué más en China, Marruecos, Guinea y ya veremos si otros destinos, todos idénticos en un punto: no tienen democracia, la corrupción emana del poder y son muy generosos con los sinvergüenzas que les ayudan en sus planes.

Con todo, lo más grave no es confirmar que en el mejor de los casos Zapatero es un caradura que comercia con los derechos humanos y, en el peor, un delincuente, algo que deberá probar la Justicia si lo estima oportuno pero en todo caso no varía el dictamen sobre su moralidad: ya puede quedar penalmente impune que no dejará de ser un intermediario cutre de los peores regímenes, con las peores intenciones y los resultados más abyectos en términos democráticos y civiles.

Lo verdaderamente preocupante es la aparatosa sintonía entre los intereses de Zapatero y las decisiones de Sánchez, entre quienes nació repentinamente el amor tras negarse el saludo durante largo tiempo, coincidiendo con el desarrollo de negocios hasta ahora escondidos del primero de ambos.

Porque una cosa es que Zapatero sea un impúdico intermediario de las más deleznables autocracias y otra, mucho más intolerable aún, es que el Gobierno haya acompasado sus andanzas con volantazos diplomáticos que comprometen el lugar en el mundo de España.

Al expresidente de la ruina, la mentira, el blanqueamiento de Batasuna, el guerracivilismo y la demagogia populista hay que investigarle por la naturaleza exacta de sus negocios, sin darle respiro ni aceptarle excusas baratas, desde luego. Pero a sus sucesor, a su hermano pequeño igual de extremista, hay que exigirle una explicación por una inquietante conexión: ¿Por qué España, de repente, es la mejor amiga de China, miró para otro lado en Caracas, puso tanto interés en África o se olvidó del Sáhara en favor de Marruecos? Justo allí, en esos escenarios, la sombra de Zapatero es larga, como su mano para cobrar y la de Sánchez para firmar.