Aplausos a Noelia
Noelia no necesitaba aplausos, necesitaba que atendieran debidamente su enfermedad, para aliviar su dolor físico, psíquico y espiritual. Y para ayudarla a vivir con el dolor que no se podía ni evitar ni aliviar
El otro día recordaba el momento en que se aprobó la Ley de la Eutanasia en España, hace ya cinco años. La mayoría de los diputados se pusieron de pie aplaudiendo con euforia, sin ningún tipo de vergüenza, tamaña crueldad.
A la gente se le dijo que la eutanasia no serviría para eliminar a los pobres ni a los deprimidos, ni a los que hubieran tenido un mal día en el trabajo, que la ley estaba pensada solo para casos muy concretos de personas con dolores insufribles e irreversibles.
La realidad es que, incluso en esos últimos casos, el asesinato supone una grave injusticia y en España se le suma un agravante por crueldad. No se pueden ofrecer cuidados paliativos a todas las personas que los necesitan porque parece que no hay recursos suficientes pero, a quienes están viviendo un dolor y un sufrimiento terribles –antes de ofrecerles aliviar su dolor–, se les ofrece una inyección letal que probablemente aceptarán, igual que un reo cruelmente torturado aceptaría de buen grado que le descerrajaran un tiro en la cabeza para poner fin a su tormento.
Los mismos que son incapaces de aliviar tu dolor por una mala gestión del dinero público, son quienes te dan una patada en el culo que te manda al otro barrio.
La gente no quiere morir, quiere que la cuiden, que la alivien, no sentirse una carga, ver que su vida, aun con dolor (como todos tenemos y tendremos) es igualmente digna. No lo es menos porque haya más dolor. Y a los que sí quieren morir, a esos hay que acompañarlos psicológicamente con la atención y las pastillas necesarias. Haríamos lo mismo con alguien que quisiera saltar a la vía del tren.
Pero como con todo, igual que con el aborto, la solución se ofrece higiénica, escondida, y lo que rechazaríamos con todas nuestras fuerzas, si hubiera cámaras y micrófonos retransmitiéndolo en directo, lo aplaudimos porque queda oculto tras la pared de un quirófano, un gotero y una trituradora de bebés.
Noelia es la primera víctima que nos dijeron no iba a existir nunca, y vendrán muchas más si no estamos dispuestos a poner el cuerpo, como lo haríamos para proteger a una anciana que va a ser arrollada por un coche o a una niña que quiere saltar de un noveno mientras unos animales la jalean para que lo haga sin pestañear.
En la vida hay dolores evitables y otros que no lo son, unos que se pueden aliviar y otros que nos susurrarán siempre al oído. Por supuesto lo más normal es luchar para apartar todo dolor de nuestro lado, pero, además de ser imposible, nos conviene aprender a vivir con él para transitar con razonable alegría por este valle de lágrimas.
Noelia no necesitaba aplausos, necesitaba que atendieran debidamente su enfermedad, para aliviar su dolor físico, psíquico y espiritual. Y para ayudarla a vivir con el dolor que no se podía ni evitar ni aliviar.