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El observadorFlorentino Portero

Elecciones en Israel

Los Acuerdos Abraham fueron un desastre para Irán, pero sus dirigentes están siendo capaces de erosionarlos, poniendo en evidencia la debilidad de algunos de sus firmantes y enfrentando a sus líderes con sus conciudadanos

La mayoría parlamentaria que sustenta al Gobierno de Israel se ha fracturado y todo apunta a que la ciudadanía será convocada a las urnas en el mes de septiembre. Un escenario característico de una democracia, donde no siempre es posible agotar la legislatura por las diferencias entre los distintos grupos que respaldan al gabinete. Hasta aquí todo normal, quizás lo único normal en un Estado que nunca ha conocido la paz. De hecho, la violencia es intrínseca a este territorio desde la última década del siglo XIX.

¿Usted se imagina que le convocaran a elecciones encontrándose España en guerra entres frentes distintos? Pues esa es la realidad de aquel país, atacado desde la franja de Gaza por la milicia de Hamás, desde Líbano por la milicia de Hizboláh y desde Irán por su régimen, crecientemente controlado por la Guardia Revolucionaria, el Ejército privado de los ayatolás.

El reto de actuar en tantos frentes al mismo tiempo se agiganta ante la realidad de que su población asciende a unos 10,2 millones de habitantes, tres más que la Comunidad Autónoma de Madrid. Para poder desplegar fuerzas y actuar con la necesaria letalidad Israel necesita un doble y crítico esfuerzo.

El primero supone la movilización de reservistas, lo que implica que cuadros y directivos de los ámbitos corporativos o de la Administración tienen que dejar atrás a sus familias y sus responsabilidades profesionales para enfundarse el uniforme y adentrarse en el campo de batalla durante un tiempo indefinido. Las consecuencias están a la vista, por mucho que se quieran ocultar. El índice de suicidios se ha disparado, así como los problemas psicológicos.

El segundo es el reto tecnológico y logístico. Como David frente a Goliat, Israel tiene que compensar su limitado tamaño con ingenio y logística. No estamos en los días de Napoleón en los que el tamaño, el «pueblo en armas», era un factor decisivo. La combinación de innovación en el diseño armamentístico y unos servicios de Inteligencia extraordinarios son su garantía de supervivencia, porque lo que está en juego es la propia existencia del Estado. Hoy Israel no sólo está resistiendo, logra además rentabilizar ese esfuerzo vendiendo sistemas de armas a estados tan distintos como la República Federal de Alemania o a Emiratos Árabes Unidos.

Los esfuerzos se pagan. Las familias están agotadas, en particular si hay niños pequeños, por las pérdidas, las ausencias y el estresante entrar y salir de los refugios. Un cansancio que se agrava por la falta de esperanza, por el convencimiento de que Hamás, Hizboláh o la Guardia Revolucionaria iraní seguirán allí, disminuidas, decapitadas y debilitadas, pero controlando a importantes comunidades empapadas de fanatismo religioso y de odio visceral a los judíos. Las victorias en el campo de batalla suponen ganar tiempo, pero sólo eso.

Los errores cometidos por Estados Unidos en su campaña contra Irán han permitido al régimen de los ayatolás mostrar sus mejores capacidades, poniendo en cuestión la seguridad de sus vecinos árabes y las cadenas de suministros del conjunto del planeta. Los estados del Golfo se revuelven en sus contradicciones. Temen a Irán y son conscientes de lo que supondría su ascenso a la condición de potencia nuclear, con el refuerzo de sus programas de misiles y de aviones no tripulados. Todo ello daría al Eje de Resistencia una formidable capacidad de acción. Ahora más que nunca necesitan la cobertura de Estados Unidos y de Israel, pero la falta de criterio de la Administración Trump y la agenda privada del Gobierno de Jerusalén les preocupan por sus repercusiones, tanto en su propia seguridad nacional como en la estabilidad de sus regímenes por la inevitable reacción popular ante las campañas militares israelíes. La cohesión regional se fragmenta, rompiendo la unidad de acción. Los Acuerdos Abraham fueron un desastre para Irán, pero sus dirigentes están siendo capaces de erosionarlos, poniendo en evidencia la debilidad de algunos de sus firmantes y enfrentando a sus líderes con sus conciudadanos.

Una sociedad desesperanzada tiende al radicalismo. El actual gobierno de Israel es, posiblemente, el más extremista de su historia. La ciudadanía está enfrentada por temas que afectan a la propia identidad y al proyecto nacional, pero en una situación como ésta, en la que Israel es atacada desde tres frentes y no encuentra en el resto de las democracias el apoyo y comprensión que cabía esperar, se cohesiona en torno a aquellos capaces de liderar en circunstancias extremas. La crítica europea sobre su comportamiento en Gaza les resulta incomprensible ¿Qué han hecho ellos en la Franja que los aliados no hicieran en la reconquista de Europa frente al III Reich? ¿Es culpa de Israel que Hamás convierta a la población gazatí en escudos humanos? ¿Puede Israel permitirse el lujo de aceptar el chantaje islamista? ¿Por qué los europeos sí están dispuestos a aceptarlo a sabiendas de que dejarían a Israel indefensa? Estas son las preguntas que alimentan la idea de que el antisemitismo ha resurgido en Europa, puesto que se niega a Israel el derecho a defenderse.

Un Israel radicalizado supone en sí mismo una clara vulnerabilidad. El comportamiento de los colonos en Cisjordania es inaceptable, por mucho que la desconfianza esté justificada y que la desesperanza empuje a la consolidación del control territorial. En cierta forma se está haciendo el juego a Irán y boicoteando un entendimiento a largo plazo con los estados árabes, tan importante para Israel.

En plena tensión cultural, social y bélica los ciudadanos tendrán la ocasión de dar forma a un nuevo Parlamento, que, como consecuencia de su ley electoral, será tan fragmentado como siempre, pero en el que la forja de una nueva mayoría tendrá efectos muy importantes sobre el futuro de Israel y de la región.

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