En la boca del lobo
La Armada norteamericana tiene ante sí un reto mayor y más nos vale a todos que sea papaz de sortear las trampas dispuestas contra ella por el enemigo o las directrices insensatas de sus autoridades civiles
El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha ordenado la ejecución de una nueva operación en el marco de la Guerra de Irán. Titulada 'Proyecto libertad' tiene como objetivo facilitar el paso de unos mil barcos atrapados en el Golfo Pérsico por el estrecho de Ormuz, un tránsito amenazado formalmente por Irán. Es evidente que Estados Unidos siente la necesidad de desbloquear esta vía marítima, cerrada como consecuencia del ataque contra Irán y de su declarada voluntad de forzar un cambio de régimen en Teherán. El impacto sobre el comercio global es importante, pero lo será mucho más cuando las reservas se agoten y bajen las temperaturas.
Hace ya unas décadas el gran analista francés David Galula, un oficial de carrera, nos explicó desde su retiro en la Universidad de Harvard los fundamentos de la guerra asimétrica, que él había estudiado sobre el terreno en China y en Argelia, y que tenía en Vietnam un teatro de operaciones excepcional ¿Cómo derrotar a un enemigo superior en medios y capacidades? Una pregunta genérica que podemos concretar en ¿por qué Francia perdió Argelia? O, ¿por qué Estados Unidos fue finalmente, aunque no formalmente, derrotada por el Vietcong en Indochina?
Una respuesta sencilla es aquella que nos ayuda a distinguir el campo de batalla principal del secundario. El Vietcong era incapaz de derrotar a las Fuerzas Armadas norteamericanas, pero logró que estas abandonaran porque sus máximos dirigentes, en particular su indiscutible líder militar, el general Vo Nguyên Giáp, comprendió que el flanco de vulnerabilidad norteamericana era el vínculo entre la sociedad y las Fuerzas Armadas. Si la ciudadanía no entendía el porqué de la guerra ni aceptaba el número de bajas, propias y ajenas, obligaría a sus dirigentes políticos a abandonar. Y así ocurrió.
El régimen iraní lleva años preparándose para esta guerra, porque la consideraba inevitable. Si a través de su Eje de Resistencia trataba de desestabilizar los regímenes políticos vecinos, especialmente Líbano, Israel, Yemen y los ricos estados del Golfo; si desarrollaba un programa nuclear para dotarse de un escudo con el que protegerse de previsibles represalias; si fabricaba misiles y aviones no tripulados en cantidades industriales… era evidente que, más tarde o más temprano, Estados Unidos tendría que intervenir para proteger a sus aliados y amigos en la región.
Dejando a un lado el debate sobre la oportunidad, lo cierto es que Estados Unidos e Israel, con apoyo árabe, en unos casos más entusiasta que en otros, dieron el paso. A diferencia de lo ocurrido el pasado mes de junio, en esta ocasión Trump reconoció que el objetivo era el cambio de régimen, aunque el diseño de la operación militar no respondía a esta finalidad. A partir de este momento Irán ha sacado del cajón los planes diseñados y actualizados durante años y los está ejecutando con la normalidad de quien lleva tiempo entrenándose para actuar ante estas eventualidades.
Los generales de la Guardia Revolucionaria, auténticos dueños del régimen, se apoyan en dos doctrinas. La primera es la guerra asimétrica estudiada en su día por Galula. Si el objetivo es sobrevivir, la fuerza debe concentrarse en desgastar al enemigo y aislarlo de sus conciudadanos, aliados y amigos. Que entiendan que el sacrificio carece de sentido y que su interés es retirarse lo antes posible. El ensueño trumpista de que el régimen iba a colapsar tras las dos primeras semanas de bombardeos quedó atrás. Si la Armada norteamericana trata de desbloquear Ormuz, las fuerzas iraníes intentarán provocar el mayor daño posible y responderán a la reacción norteamericana atacando a los estados árabes del Golfo. A Irán le interesa alargar el conflicto y forzar a los norteamericanos a reiniciar las hostilidades. El riesgo de que los republicanos pierdan en noviembre el control de las dos cámaras es muy alto, a pesar de los demócratas. En ese momento Trump se convertirá en el «pato cojo», aislado de propios y extraños, y Estados Unidos se encontrará con una formidable crisis de autoridad internacional.
La segunda doctrina es «mosaico», un modelo diseñado por los norteamericanos y dirigido a garantizar la operatividad de la fuerza cuando ésta pierde a sus dirigentes, por defunción o imposibilidad de comunicación. Las «teselas» de un mosaico se pueden ordenar de distintas maneras y de eso se trata. Los comandantes de teatro iraníes están formados para actuar de manera autónoma cuando los israelíes ejecutan a sus máximas autoridades. Es algo que causa incredulidad en Europa, donde no se concibe que un ejército pueda seguir funcionando sin dirigentes ni capacidad económica y que, además, busque el reinicio de las hostilidades cuando aparentemente es el más vulnerable. Cuesta entender cuál es el teatro principal y cuál el secundario.
Ni en la guerra ni en la vida civil es aconsejable seguir el guion redactado por tu enemigo. Si el presidente Trump tuviera la costumbre de escuchar a sus diplomáticos, militares, analistas de Inteligencia o académicos, lo que no hace por principio, no hubiera cometido el error de reconocer que el objetivo era forzar un cambio de régimen, ni de creer que colapsaría a las dos semanas de bombardeos. Habría evitado el cierre de Ormuz, porque a partir de ese momento el director de orquesta está en Teherán. Trump está condenado a reaccionar. Si no hace nada la economía mundial se va a resentir. Si interviene puede sufrir bajas y provocar una escalada.
La Armada norteamericana tiene ante sí un reto mayor y más nos vale a todos que sea papaz de sortear las trampas dispuestas contra ella por el enemigo o las directrices insensatas de sus autoridades civiles.