Fundado en 1910
El observadorFlorentino Portero

Cultura estratégica

¿Por qué siempre se utiliza el rechazo a la guerra para proteger a los agresores? ¿Por qué se movilizan en defensa de los derechos humanos y del derecho internacional en favor de quienes los desprecian? ¿Por qué nunca los escuchamos defender a las víctimas de regímenes totalitarios?

No hace mucho, el almirante Rodríguez Garat nos echaba una bronca amistosa a un conjunto de colegas por utilizar la expresión «cultura de defensa». Lo cierto es que siempre supimos, desde los años de la Transición, que era inadecuada, pero al institucionalizarla el propio ministerio, acabamos haciéndola nuestra. Su origen tiene poco que ver con la defensa y mucho con la política. Se acababa de crear el Ministerio de Defensa y había dudas sobre el comportamiento del estamento militar ante la llegada de la democracia. En esas circunstancias, el reto era la plena incardinación de las Fuerzas Armadas en la sociedad española, enmarcadas en un nuevo y único ministerio. La «cultura de defensa» buscaba la aceptación del ministerio mediante su mejor y mayor conocimiento por parte de la sociedad.

A estas alturas, ese enfoque es anacrónico. Los debates de la Transición quedaron atrás. Los actuales giran en torno a nuestra seguridad, tanto en el plano nacional como en el internacional. La OTAN está en crisis por la nueva postura de Estados Unidos; la Unión Europea no tiene competencias de seguridad y defensa; nuestra industria de defensa es muy débil, y la sucesión de crisis –Ucrania, Venezuela, Irán– nos hace sentir vulnerables. Con su habitual buen criterio, el almirante nos invitaba a utilizar la expresión «cultura estratégica», pues no se trata de conocer el ministerio, sino los intereses, riesgos, retos y amenazas que caracterizan nuestra situación.

Hemos perdido décadas de debate estratégico. No somos un caso único. En un buen número de estados europeos se descontó que la paz estaba asegurada, por lo que ni era necesario invertir en defensa ni reflexionar en exceso sobre ella. Lamentablemente, la paz y el bienestar atontan. Nos hacen olvidar que el estado natural es la guerra y que la paz se define solo por su ausencia. La paz es un logro de la inteligencia y del esfuerzo continuado. Siempre hay amenazas. Solo es necesario que bajemos la guardia, que desactivemos los mecanismos de disuasión, para que se hagan presentes.

Estamos despertando a la realidad. Me comentaba una ciudadana sueca, afincada desde hace décadas entre nosotros, que le cuesta reconocer su país cuando vuelve a Estocolmo. Dejó una sociedad progresista y pacifista y ahora se encuentra otra mentalizada para una guerra inminente. ¿Quién nos iba a decir que íbamos a asistir a la solicitud de ingreso en la OTAN de Suecia y de Finlandia, ambas con gobiernos socialdemócratas? Rusia siempre estuvo allí, siempre fue una amenaza, pero al no responder apropiadamente a las crisis de Moldavia, Georgia, Crimea y Donbás enseñamos al Kremlin el camino de la agresión a mayor escala. Suecia y Finlandia son solo ejemplos de lo que nos encontramos en todas partes. Se ha abierto el debate nuclear en Polonia, Alemania, Corea del Sur y hasta en Japón. Nueva Zelanda, otrora segura por su situación geográfica, siente ahora la presión china y se dispone a rearmarse.

Los españoles entramos en la OTAN y en las Comunidades Europeas para normalizar nuestras relaciones diplomáticas y para situarnos plenamente en nuestro entorno cultural tras dejar atrás el Régimen del general Franco. Durante un tiempo nos sentimos seguros, a refugio de tormentas políticas y económicas. Fue bonito mientras duró, pero ese tiempo también pasó. Ahora toca despertar del ensueño, asumir la realidad y hacer frente a las nuevas circunstancias internacionales. En primer lugar, como españoles, ¿qué riesgos y amenazas cuestionan nuestra seguridad? ¿Podemos afrontarlos solos? Después, como europeos. Si nuestra economía está integrada en la Unión Europea y su futuro depende de la evolución de la Unión Económica y Monetaria, ¿en qué medida necesitamos una acción exterior común? En un mundo globalizado, nuestra dimensión atlántica es fundamental. La Alianza Atlántica está en crisis. ¿Nos interesa rescatarla? ¿En qué términos? Son preguntas obvias que una sociedad madura debe hacerse y de cuyas respuestas dependerá la nación que dejaremos a nuestros hijos y nietos.

Hay otras respuestas posibles, las propias de una sociedad inmadura presa de populismos y demagogias, la que sustituye el debate racional por consignas más propias del ámbito publicitario. «No a la guerra». ¿Qué quiere decir? ¿A quién le gusta la guerra? Tiene algún sentido proclamar «No al cáncer» o «No al alzhéimer». Parece que lo sensato, lo propio de una sociedad desarrollada, es analizar las causas de estos problemas, combatir sus consecuencias y dejarse de frases vacuas de contenido, pero malintencionadas. ¿Por qué siempre se utiliza el rechazo a la guerra para proteger a los agresores? ¿Por qué se movilizan en defensa de los derechos humanos y del derecho internacional en favor de quienes los desprecian? ¿Por qué nunca los escuchamos defender a las víctimas de regímenes totalitarios?

No son movimientos inocentes. Utilizarán una y otra vez los valores y principios democráticos para dar cobertura a aquellos que odian la democracia y el legado de Occidente. Tampoco es casual, porque tienen vínculos antiguos con organizaciones autoritarias, trufadas con el crimen organizado y el narcotráfico. Con su ruido mediático tratarán de evitar el debate serio y maduro. En nuestra mano está evitarlo e imponer una reflexión seria sobre qué rumbo tomar en este momento de indudable trascendencia histórica.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas