La ciencia de la guerra
Mientras Estados Unidos se empantana en el Golfo, Rusia gana tiempo. Ha visto como Ucrania tiene más dificultades para recibir armamento y, regalo inesperado, Washington le ha levantado el embargo petrolífero, lo que permitirá aliviar el estado de la hacienda
El uso de la fuerza es la expresión máxima de la soberanía y el mayor reto al que se enfrenta el político. Recuerdo que Manuel Coma –mi profesor, colega y amigo– repite que no vence el mejor, sino el que menos errores comete. Y es que la guerra es compleja en su ejecución y tiende a desatar procesos de difícil control. De ahí que los estados desarrollados confíen tanto el análisis de la situación como su desarrollo diplomático y militar a profesionales capacitados y experimentados ¿Cómo es posible que los dirigentes de Washington hayan iniciado la guerra contra Irán con tal grado de improvisación? La sucesión de errores escandaliza tanto por lo innecesario como por sus consecuencias, que serán duras para todos nosotros y, muy probablemente, se prolongarán en el tiempo.
Las primeras informaciones apuntaban a una campaña ideada como segunda parte de la ejecutada en junio pasado, centrada en acabar de destruir las instalaciones del programa nuclear, dañar todo lo posible los enormes arsenales de aviones no tripulados, misiles y cohetes y, por último, siguiendo la experiencia israelí, decapitar la jerarquía del régimen y destruir las capacidades de la Guardia Revolucionaria. Sería una campaña de tres o cuatro semanas, que debilitaría tanto su influencia sobre los restantes miembros del Eje de Resistencia como su autoridad en el interior, dando alas a la oposición. Para ello se reforzó el cuantioso despliegue militar permanente en la región con dos grupos de combate navales, en torno a los portaaviones Gerald Ford y Abraham Lincoln, y con escuadrones de la Fuerza Aérea. La operación parecía tener sentido ante la indiscutible amenaza iraní sobre la estabilidad de sus vecinos, sin provocar un conflicto regional por su carácter quirúrgico.
La sorpresa llegó cuando el presidente Trump afirmó categóricamente que era objetivo de la operación lograr un cambio de régimen ¿En qué momento el Consejo de Seguridad Nacional lo había aprobado? ¿Lo habían llegado a discutir? Las preguntas no son retóricas porque es difícil creer que un Estado de la importancia de Estados Unidos, con un sistema democrático tan perfeccionado, pueda encontrarse en una situación como esta. Las operaciones militares se preparan con mucha antelación, fijando objetivos con claridad, estableciendo una estrategia y dotando a sus ejecutores de las capacidades necesarias. Era a todas luces evidente que el despliegue de la fuerza no respondía a este último objetivo. Los medios norteamericanos de referencia recogen en sus páginas que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) no había recibido instrucciones para preparar la caída del régimen, lo que, además, hubiera ido radicalmente en contra de los compromisos adquiridos por el entonces candidato Donald Trump con sus votantes, repetidos hasta la saciedad desde su llegada a la Casa Blanca. Obvio es decir que si no había nada preparado para desestabilizar al régimen de los ayatolás nada había tampoco sobre su alternativa, que debería ser más afín a los intereses norteamericanos en la región.
Cualquier persona que conozca medianamente la zona sabe que Irán lleva años preparándose para esta guerra, descontando que ni su armada ni su fuerza aérea podrían resistir los primeros embates del enemigo, pero seguros de poder utilizar el arma de la energía, sus reservas de aviones no tripulados, misiles y cohetes y la disuasión del coste inasumible de invadir el territorio.
Mientras Trump nos comunica eufórico que la campaña va mejor de lo previsto y que la victoria es inminente, lo que podemos constatar es que el régimen de los ayatolás sigue ahí, que el estrecho de Ormuz está cerrado al tránsito –salvo para los barcos chinos y de alguna otra nacionalidad–, que el impacto sobre la economía global comienza a sentirse y que las operaciones militares continúan, mientras llegan más unidades de marines.
Es comprensible que los dirigentes norteamericanos pensaran que una acción militar rápida y contundente podría facilitar la quiebra del régimen, aunque la mayor parte de los especialistas viene advirtiendo de que eso no va a ocurrir, que está bien instalado y preparado tanto para la represión interior como para el combate contra el agresor. Sin embargo, lo que es inaudito es que lo proclame como objetivo. No era necesario ni conveniente. A partir de ese momento, si Trump no consigue derribarlo la victoria será para Jamenei y sus adláteres y la derrota, por muchos que sean los objetivos alcanzados, para Trump.
Mientras Estados Unidos se empantana en el Golfo, Rusia gana tiempo. Ha visto como Ucrania tiene más dificultades para recibir armamento y, regalo inesperado, Washington le ha levantado el embargo petrolífero, lo que permitirá aliviar el estado de la hacienda. La diplomacia china, por su parte, se va a limitar a recoger el fruto de los errores de su rival, presentado a Estados Unidos como una potencia agresora, pero incompetente. Como ya sabíamos, no es un buen negocio situarse bajo el paraguas de seguridad norteamericano en un tiempo en que sus dirigentes dan bandazos estratégicos.
La oficina del presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor ya ha aclarado que la Casa Blanca estaba correctamente informada sobre los riesgos de que Irán cerrara el estrecho de Ormuz y provocara una crisis de abastecimiento de hidrocarburos. Distintas fuentes precisan que Trump estaba convencido de que no se llegaría a esa situación porque el régimen colapsaría como resultado de la contundencia y letalidad de la acción militar. Aquí reside el problema ¿Cómo es posible que un presidente esté tan mal informado? La respuesta es tan sencilla como difícil de creer. Uno de los mayores problemas que tiene el historiador es valorar el comportamiento del dirigente en situaciones complejas. Las personas somos sensibles y vulnerables, lo que resulta aún más evidente cuando tenemos que enfrentarnos a situaciones de alta tensión. He escuchado a dos reconocidos catedráticos de psiquiatría describir a Donald Trump como «narcisista». Realmente no sé qué quiere decir en literatura médica, pero sospecho que apunta al comportamiento de quien está más seguro de sí mismo de lo aconsejable, confía en sus intuiciones y no soporta que le lleven la contraria. Tras la experiencia de su primer mandato, en este segundo Trump ha evitado tener que escuchar a asesores diplomáticos y militares y se ha rodeado de amigos de su entorno empresarial, que nada saben de política internacional pero mucho de cómo ponerse a favor del viento para hacer buenos negocios. Trump es un presidente capaz de iniciar una guerra sin haber empleado el tiempo necesario en escuchar y discutir con especialistas en la región.
La irresponsabilidad con la que se está gestionando este conflicto ha situado ya a Estados Unidos en una situación de difícil salida, diga lo que diga, escriba lo que escriba, el presidente Trump. Desde los días de Barack Obama Estados Unidos ha perdido la brújula estratégica y con Trump lo que era desorientación ha devenido en esperpento.