¿Quién está ganando?
Estados Unidos sólo puede apuntarse algún éxito en su hemisferio, aunque pendiente de su desarrollo posterior. China y Rusia saben lo que quieren. Estados Unidos y los europeos deambulan como pollos sin cabeza enfangados en tensiones políticas internas, cuando no abiertamente constitucionales
Una guerra tapa a la otra. Tras momentos de tensión en Ucrania, nuestra atención se fijó en el Caribe. Ahora vivimos en un sinvivir centrados en lo que ocurre en el estrecho de Ormuz. El día a día, la lluvia de información, nos dificulta levantar la vista y ver más allá de lo inmediato. Tendemos a pensar que cada crisis es autónoma, originada por causas locales e íntimamente relacionadas con el comportamiento de personajes singulares. En realidad, no es así.
Rusia invadió Ucrania en el marco de una estrategia que tiene dos ejes fundamentales. El primero es recuperar el control de espacios que fueron parte del Imperio Zarista o de la Unión Soviética. De ahí que con anterioridad provocara las crisis de Moldavia, Georgia, Crimea y Donbás. La segunda, enraizada profundamente en la mentalidad rusa, es romper el vínculo atlántico y dividir a los europeos. El concepto de victoria no depende tanto de cuántos metros se avance en el campo de batalla como de la fractura en la OTAN y la UE.
Estados Unidos capturó a Maduro y estableció una relación de vasallaje con varios estados de la región para poner fin a la presencia de potencias ajenas al hemisferio, sobre todo de China, iniciar una campaña de erradicación del narcotráfico y asentar su hegemonía.
Estados Unidos e Israel, con el apoyo de un buen número de estados árabes, reiniciaron los bombardeos sobre Irán al constatar que la campaña del pasado mes de junio no había tenido el grado de letalidad esperado para poner fin al programa nuclear y para limitar sus capacidades de misiles. Irán es una potencia revisionista, estrechamente vinculada a China y Rusia, que amenaza, mediante la insurgencia, el terrorismo islamista y la disuasión nuclear, la estabilidad de un alto número de países estrechamente relacionados con Estados Unidos.
En los tres casos constatamos su dimensión internacional. Lo que está en juego es el equilibrio global tras el fin del orden liberal. Por lo tanto, para valorar su evolución, debemos tener en cuenta, en primer lugar, su impacto en ese naciente equilibrio de poder.
La Administración Biden quería proteger y adaptar la Alianza Atlántica dentro del orden liberal internacional, el núcleo de su estrategia nacional. De ahí que viera en la invasión rusa una amenaza directa a Estados Unidos y que movilizara a la OTAN, forzando la aprobación de un nuevo documento de estrategia y la canalización de recursos en ayuda de Ucrania. Su sucesora, presidida por Trump, ha enterrado el orden liberal, la Alianza Atlántica y no sabe qué hacer con la OTAN. No considera que Rusia sea una amenaza, sino un socio potencial muy valioso con el que negociar la compra de minerales críticos y la gestión del Ártico. La posibilidad de un reparto de influencia sobre Europa está sobre la mesa, siempre y cuando las cesiones rusas compensen a Estados Unidos. Mientras tanto, el grueso de la ayuda a Ucrania recaerá sobre las haciendas europeas.
La captura de Maduro fue impactante y muy inteligente la operación para bloquear parte de las actividades chinas mediante el control del mercado energético. Sin embargo, la presencia económica de Pekín es enorme en el conjunto del espacio iberoamericano y no parece fácil que se pueda revertir en un plazo breve de tiempo. El combate contra el narcotráfico y el crimen organizado está en sus primeras fases, con efectos muy importantes sobre la salud del Estado de derecho y las democracias de estos países. Los portavoces norteamericanos han repetido hasta la saciedad que su objetivo no es la defensa y promoción de la democracia. Sin embargo, es difícil imaginar cómo se puede combatir el crimen organizado en la región de espaldas al fortalecimiento del Estado de derecho.
La campaña contra Irán comenzó como una nueva fase de la iniciada el pasado mes de junio. Aun así, las declaraciones de Trump, afirmando que el objetivo último era el cambio de régimen, supusieron una mutación de la naturaleza de la campaña para la que el despliegue militar no estaba preparado, los servicios de Inteligencia no habían sido convocados y en la que sus socios no creían por su extrema dificultad. La ocurrencia ha supuesto una grave merma de autoridad del presidente entre la ciudadanía estadounidense, entre los propios militares –van dieciocho ceses de altos mandos–, los diplomáticos y, sobre todo, los aliados. Irán se ha encontrado en la situación para la que se venía preparando desde hace años, trasmutando el campo de batalla desde el ámbito militar al político y económico.
En un primer momento, la tensión era el resultado de la confrontación entre los defensores del orden liberal internacional y sus opositores, denominados «revisionistas». Más recientemente, asistimos a lo inesperado. Con Donald Trump, Estados Unidos se ha puesto a la cabeza de los revisionistas, destrozando lo que tanto había costado erigir a la diplomacia de EE.UU. Si durante años fuimos conscientes de que el citado orden suponía el instrumento más sofisticado e inteligente para expandir la influencia de ese país en el mundo, para Trump y sus seguidores del movimiento MAGA (Make America Great Again) era una carga innecesaria. No renuncian a la hegemonía. Bien al contrario, la reivindican de una manera grosera y primitiva, atribuyéndose unos derechos sobre áreas de influencia inexistentes, pero dispuestos a hacer valer sus capacidades tecnológicas para forzar vasallajes.
Su efecto sobre Europa está a la vista. Los dirigentes rusos acertaron al prever que el vínculo trasatlántico se quebraría y que, ante la ausencia de un liderazgo alternativo, los europeos se dividirían en función de la ideología y la geografía. Estados Unidos no ha logrado llegar a un entendimiento con Rusia en su propio beneficio, pero sí ha colaborado en facilitar los objetivos de Moscú. La reacción europea está en marcha, con Alemania a la cabeza, pero son muchas las dificultades que sortear o superar para convertir a la Unión Europea en un «actor» o para erigir una nueva organización militar en el Viejo Continente.
Si en el Caribe asistimos a la humillación de los regímenes bolivariano y castrista, está por ver su evolución hacia la democracia. Estados Unidos está dando los primeros pasos para contener la penetración china y combatir el narcotráfico y el crimen organizado, pero queda mucho por hacer y requerirá de una continuidad que sobrepasa el mandato del actual presidente.
En Oriente Medio Estados Unidos ha mostrado decisión y disposición a utilizar la fuerza de manera contundente para hacer valer sus intereses y los de sus aliados, pero también ha hecho gala de improvisación y falta de criterio, hasta el punto de acabar representando el papel asignado por su enemigo. Si no hay cambio de régimen, Trump no podrá proclamar la victoria y está por ver que logre avances significativos en el programa nuclear. Mientras tanto, su autoridad entre sus aliados regionales se está viendo muy cuestionada. Si el régimen de los ayatolás pervive, seguirán necesitando a Estados Unidos, pero avanzarán en la mejora de sus relaciones con China, en busca de una equidistancia cada día más conveniente.
Rusia está ganando en el teatro europeo y China trata, con éxito desigual, de aprovecharse del rechazo al nuevo hegemonismo estadounidense mientras penetra y conquista nuevos mercados, generando relaciones de dependencia. Estados Unidos sólo puede apuntarse algún éxito en su hemisferio, aunque pendiente de su desarrollo posterior. China y Rusia saben lo que quieren. Estados Unidos y los europeos deambulan como pollos sin cabeza, enfangados en tensiones políticas internas, cuando no abiertamente constitucionales. Por ahora, lo único seguro es que las crisis abiertas tendrán consecuencias globales, afectando al nuevo equilibrio de poder.