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HorizonteRamón Pérez-Maura

La única razón por la que celebro la derrota de Orbán

Muchos hablaban del riesgo de que Orbán no reconociera su derrota. Y no sólo eso, de que había manipulado el sistema electoral para poder tener mayoría de escaños sin mayoría de votos. Pues en lo único que debía ser incompetente en su vida era en manipular sistemas electorales porque la derrota ha sido apabullante

Veo un jolgorio casi universal por la aplastante derrota de Viktor Orbán. Yo no lo comparto. Creo que Orbán ha hecho una buena labor en su país, defendiendo principios y valores que son comunes a partidos de centro derecha de toda Europa. Ha lavado la cara de un país que salió del comunismo hecho una piltrafa. Comparar el Budapest de hoy con el que conocí en mi primera visita, en diciembre de 1992, es ver la diferencia entre un país arrasado y uno pujante. Muy pujante.

Es cierto que Hungría ha sido una pesadilla en la Unión Europea. Pero ni siquiera por eso me alegro de la derrota de Orbán. Porque creo que es bueno tener dentro de la Unión alguien que sea el Pepito Grillo del grupo. Ese papel lo jugaron los británicos durante mucho tiempo. Y ahora lo estaban jugando los húngaros desde premisas diferentes a las de los conservadores británicos. Y yo agradezco a Orbán que tomara la iniciativa de acoger y financiar en Budapest la Fundación Otto de Habsburgo, que guarda todos los archivos de uno de los más grandes europeístas de nuestro tiempo.

He tenido la ocasión de entrevistar dos veces a Viktor Orbán, ambas para ABC. La primera fue el 7 de febrero de 2000 y la segunda el 25 de octubre de 2015. Siempre me pareció un hombre de ideas claras. Y siempre, también, un demócrata. Su primer mandato se remonta a 1998 y derrotó al socialista Gyula Horn. Después perdió las elecciones de 1992 y se fue a la oposición hasta 2010. Dieciocho años. Desde entonces ha ganado cuatro elecciones por mayoría absoluta. Quienes le llaman dictador podrían tener esto en cuenta. Los dictadores no suelen convocar elecciones y ganarlas. Y en la tarde del domingo admitió su derrota sin más. No como Trump en 2020. Ni como Bolsonaro.

Y no puedo negar que ser derrotado después de 16 años de mayorías absolutas también puede ser bueno para la democracia. No en vano, hay que investigar algunas de las acusaciones de corrupción, propias de gobiernos con tantos años en el poder.

Muchos hablaban del riesgo de que Orbán no reconociera su derrota. Y no sólo eso, de que había manipulado el sistema electoral para poder tener una mayoría de escaños sin mayoría de votos. Pues en lo único que debía ser incompetente en su vida era en manipular sistemas electorales porque la derrota ha sido apabullante.

Orbán acabó dejando el Partido Popular Europeo porque desde él se hizo todo lo posible para que se fuese. Pero no está de menos recordar que su partido, Fidesz, sigue siendo miembro de pleno derecho de la Internacional Demócrata de Centro que preside el expresidente colombiano Andrés Pastrana, que no es exactamente un ultraderechista. Pero la salida del PPE le llevó a crear su propio grupo dentro del Parlamento Europeo y ahora esos Patriotas por Europa acusarán este golpe.

Pero sí hay una cosa en la que creo que la gestión de Orbán ha sido deplorable y por la que celebro su derrota. Sólo una. Su entendimiento con Trump me parece muy bien. Discrepo de las formas del norteamericano, pero es el presidente de una democracia que ha de rendir cuentas a su electorado. Pero el entendimiento de Orbán con Putin me parece intolerable e inconsistente con su tradición democrática. Vladímir Putin está lleno de opositores que se le caen por la ventana de hospitales. Su régimen es una tiranía que no puede contar con el apoyo de una democracia occidental por más combustible que le facilite. Y el final de esa relación perversa, sólo ese final, es algo que hace que me alegre de la derrota de Viktor Orbán. Aunque pesa más todo lo demás. Y a quien no quiera entender, qué más da lo que yo diga.