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DivisaderoAntonio Pérez Henares

De la mentira a la infamia, del relato a la indecencia

La mentira es, por encima de todas las cosas la base, el sostén, la seña identitaria y, en suma, la forma de Gobierno de Pedro Sánchez y la enseña del sanchismo

No hay día que este gobierno, desde su presidente, pasando por sus parvas de ministros, hasta sus corales mediáticas de Agitación y Propaganda no den un paso más en el camino de la infamia y la mentira.

Cada una de sus afirmaciones, de sus promesas y juros tiene, como poco, y con un mínimo tirar de hemeroteca, una docena de proclamas enardecidas voceando exactamente lo contrario.

Pero les da igual. Carecen ya no solo de cualquier referente y principio ético sino de la más mínima vergüenza al demostrarles con sus propias palabras la mendacidad sistemática de sus dichos y sus hechos.

Saben que mienten, y a calzón quitado, sabemos que lo hacen pero ellos creen, y no les faltan razones para creerlo, que a los «suyos», los abducidos por la sigla y la secta, les da lo mismo y hasta lo jalean. En muchos casos, esas «tropas» se han convertido también en mentirosos compulsivos capaces de ensalzar Leire «Cloacas» como una audaz corresponsal de guerra y arremeter con furia contra aquel que osa señalar la obviedad de que la verdad ni la conocen y la vergüenza ni la catan.

La mentira es, por encima de todas las cosas la base, el sostén, la seña identitaria y, en suma, la forma de Gobierno de Pedro Sánchez y la enseña del sanchismo.

Estamos ya tan acostumbrados a ello que se ha convertido en la normalidad cotidiana. Porque ya mienten con tal desparpajo y en todo, que la falta de sorpresa por la contumacia en reiterarlo hace que aparentemente disminuya el enfado que produce el sistemático engaño. Que no lo es ya sino tan solo un «trágala» porque seguimos mandando nosotros. La sorpresa inaudita sería pillar a Pedro Sánchez, a Pachi López o a Óscar Puente en una verdad un día.

Pero hay momentos en este cenagal en que vivimos que ya superan las mayores tragaderas y anestesias. Dejando aparte la beatificación y liberación tramposa de los asesinos etarras perpetrados por orden del líder supremo, pastoreados por el siniestro Cerdan y consumados por su consejera en el País Vasco, estos días de atrás dos de las peores pesadillas sufridas, el apagón, del que se cumplió un año, y la tragedia de Adamuz, que contó los cien días, han vuelto al recuerdo de una sociedad nuestra tan demasiado propicia al olvido.

En ambos casos la infamia y la mentira, ya convertidas en un todo indisoluble han seguido la misma pauta, con la mismas malas artes y las intenciones peores.

1) Proclamar que se asumirán las responsabilidades y con el decirlo ya darlas del todo por asumidas para a la postre negarlas todas y no asumir de hecho ninguna.

2) Promesa presidencial solemne de que se investigará hasta el fondo y caiga quien caiga. No caerá nadie y para ello los culpables serán al cabo los presuntos investigadores, que se autoabsolverán de inmediato y les cargarán el muerto, y los muertos que sea preciso, a quien más convenga políticamente. Y si las pruebas son cada vez mas claras, contundentes y documentadas dirán que mienten, aunque sea la Guardia Civil o un propio wasapp suyo quienes cantan las verdades que las hacen públicas.

Pero están yendo aún más allá en la vileza. El sendero por el que ahora transitan y que pretenden colarnos como relato, es que las víctimas son, pobrecitos, ellos mismos. Es eso en lo que andan y hay momentos en que el aguante alcanza ya su límite. ¿Se imaginan ustedes como se habrán sentido las víctimas de verdad, los supervivientes y familiares de los fallecidos en Ademuz, al oír al presidente de Renfe que habría que considerar a Renfe y por tanto, esto sin decirlo, a todos los que la dirigen y al ministro ya puestos, también como víctimas del terrorífico accidente? ¿Puede caber más indecencia? Pues cabrá, ni lo duden. Seguro que la próxima semana ya habrán superado por un palmo tal listón de indecencia.

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