La mujer de Sánchez, el juez y el avispero alborotado
El envío a juicio de la mujer del presidente del Gobierno, Begoña Gómez, por parte del juez Peinado ha tenido en el marido y en los miembros del Gobierno una reacción que de inmediato me ha recordado a la de un avispero que se siente amenazado
El zumbido furioso de todos y cada uno de los ministros, y de todo sanchista con un sitio donde poder clavar el aguijón, ha inundado las pantallas de las teles, los programas de radio y hasta se podía escuchar incluso como ruido de fondo al leer la prensa escrita o asomarse a las redes por las que suelen patrullar. Tan exacerbado zumbido, por más que se intentara sincronizar y modular, traslucía un hirviente nerviosismo y en sus descargas venenosas, amén de mostrar un cabreo monumental, si se olfateaba con atención, se llegaba a percibir un olor muy particular: el del miedo. Hay mucho miedo, que se intenta tapar con baladronadas, ahí.
Siguiendo la estela del avispón jefe, fue volando Bolaños, quien en un acto absolutamente impropio de un ministro de Justicia y en una ilegítima intromisión en las funciones del alto organismo judicial, parece que ha enviado misivas a la presidenta del CGPJ, Isabel Perelló, viniéndole a exigir que tome medidas punitivas contra el juez. Con ello ya se desató el paroxismo y cualquier contención quedó arramblada. El frenesí de los enjambres de velutinas alborotadas va a ser el sonido dominante en las tertulias. Sobre todo en esas que, amorradas a la teta del poder se suceden, sin interrupción ni tregua en la «Pedro-Pablo TV», que antes se llamó TVE.
Acribillar a Peinado, sin embargo, tiene un recorrido, amén de manido, ya bastante corto. Él ha elevado ya a una superior instancia sus conclusiones e imputaciones, que ha dejado en cuatro, tras descartar al final una quinta que estimó no tener el soporte necesario y que podía entrar en choque con proposición de que Begoña Gómez sea juzgada por un jurado popular.
Ahora ya lo sustancial no es Peinado sino lo que la Audiencia Provincial ha de dictaminar sobre lo que le ha presentado para ser sometido a juicio oral. Y aquí es donde está la cuestión, la almendra y al cabo lo que en Moncloa temen más que al peor nublado. A Begoña sentada en el banquillo de los acusados.
Existe en efecto la sensación, que comparten bastantes expertos jurídicos y togados en ejercicio, que la instrucción de Peinado podía haber sido mejor, y algo le ha llegado a afear ya la audiencia y hecho rectificar. Pero también en otros casos le ha dado la razón y dejado e impelido a continuar.
Lo mollar, me dicen, estará al final en si las pruebas aportadas, que en el auto, aparte de cierta paja literaria, las hay y bastante contundentes, para proceder al inicio del juicio oral. Allí es donde luego habrá de verse si también son suficientes para condenar. O no lo son y la decisión ha de ser absolutoria.
Y en esto, zumbido de avispas aparte, es donde se percibe dentro de la «carrera» una impresión generalizada. En lo que Begoña lo tiene peor es en lo del software de la Complutense. Ahí muchos ven que el delito es de cajón y de fácil demostración. Se lo puso a su nombre. Mayor prueba no puede haber.
También puede complicársele mucho el asunto de Barrabés, imputado junto a ella en dos de los presuntos delitos. Sus cartas al respecto existen y los ingresos obtenidos por él están más que documentados. Otras cosas y otros delitos parecen más difíciles de demostrar.
Pero por encima de lo estrictamente jurídico hay algo que la opinión pública va también a considerar y, a su modo y manera, es una muy sencilla cuestión. ¿Utilizó Begoña el hecho de ser la mujer del presidente del Gobierno para conseguir beneficios tanto para ella como para personas a las que se les ayudó a obtener? No sé si esto está contemplado en alguna figura del Código Penal. Pero si la respuesta es sí, eso de ético no tiene nada y mucho y muy feo de abuso de poder y no solo por su parte sino de la de su señor marido, pieza imprescindible y necesaria en el engranaje, y que lo consintió.