Me voy a forrar
Las camisetas en su honor se van a vender como churros, porque lo que le están haciendo no tiene nombre
Siempre me han admirado las personas que aportan ideas nuevas, pues son el motor que mueve el mundo, y también los empresarios que son capaces de inventar algo desde la nada y acaban levantando un imperio.
Todos hemos visto películas en las que emigrantes europeos de finales del XIX y comienzos del XX llegan a la aduana de la Isla de Ellis, en Nueva York, con una mano delante y otra detrás, con sus maletas de cartón y en busca de una esperanza. Algunos acaban convirtiéndose en asombrosos triunfadores. Ante esas historias siempre pienso lo mismo: si a mí me sueltan en semejante situación no rascaría pelota, acabaría con un empleo de baja cualificación en un suburbio neoyorquino y ahí se acabarían mis días, porque carezco de talento emprendedor para los negocios. Por eso admiro mucho a quienes sí lo tienen y saben hacer dinero con sus ideas comerciales y fabriles.
Sin embargo, todo podría cambiar para mí con un negocio que estoy barajando, con el que calculo que se puede ganar una buena pasta. Es sencillo. Se trata de lanzar una línea de camisetas que arrasará en esta temporada primavera-verano. En el pecho aparecerá la cara adusta de un hombre de 72 años, juez de profesión y al borde de la jubilación. Como lema sobre la imagen de su rostro pétreo, el siguiente rótulo: «¡Gracias, Peinado!» (o para los más hooligans y cafeteros, una edición especial: «¡A por ellos, Peinado!», con foto de los Sánchez-Gómez sonriéndonos desde China).
Vamos a ponernos en su lugar. Imagínese que usted, en el desempeño de su profesión, se encuentra con una persecución de todo el aparato del Gobierno. La cacería incluye: 1.- Querellas instigadas por el presidente del Gobierno a través de la Abogacía del Estado. 2.- Desprecios, exabruptos y mofas de los ministros. 3.- Críticas a cuchillazo dialéctico limpio de los tertulianos oficialistas. 4.- Cartitas intimidatorias del ministro de Justicia dirigidas al Consejo del Poder Judicial ¿Quién aguanta una embestida así? ¿Quién es capaz de resistir sin tirar la toalla?
No soy jurista y no sé si el abulense Peinado, que hizo su carrera en juzgados menores, es exactamente un Cicerón o un Edward Coke del Derecho. Probablemente habrá Marchenas más finos y técnicos, que compongan autos más meticulosos y de mayor pompa. Pero este juez ha demostrado un valor que invita a metáforas ecuestres con el legendario caballo de Espartero. Se ha atrevido a investigar un caso de corrupción bastante claro, pero que presentaba la dificultad de que la sospechosa pudo cometer sus presuntas tropelías solo porque contó con el apoyo del mismísimo presidente del Gobierno. Peinado ha desempeñado su trabajo soportando en su nuca el aliento a lo Darth Vader de un poder de querencia autoritaria. Ha aguantado a reporteros de las teles al rojo vivo acantonados en su puerta y dándole la coña todos los días. Ha soportado el desprecio chulesco de Bolaños y las cornadas de Puente. Su familia ha padecido un acoso gubernamental sin precedentes en nuestra democracia. Pero el veteranazo Peinado se ha plantado contra todas esas hostilidades y ha continuado enarbolando impasible la bandera de la justicia, porque la persona que comparte colchón monclovita con el que manda tiene que responder ante la ley como cualquier otro español, ni más ni menos (al igual que el ínclito, que cuando pierda el poder puede que también pase a tener agenda en los juzgados).
Peinado merece el aplauso de todos los españoles que todavía creen que la ley es igual para todos. Cuando se jubile, deberíamos hacer una cuestación entre todos para regalarle a modo de reconocimiento un jamón Joselito, una caja de tinto Mauro y unos percebes de Corme (o de Cedeira, no me vaya a regañar mi director), porque ha sabido defender la ley en las peores circunstancias posibles. Y eso equivale a defendernos a todos.
Así que, ¡viva Peinado! Y en cuanto a Bolaños, pues elijan ustedes el florido adjetivo que prefieran, porque imagino que tendrán algunas ideas…