Tunantes
Ábalos ha sido dos hombres: el del debate en la moción de censura y el del desmelene que le perdió. El que intentó soluciones políticas prudentes en un momento muy delicado; intentos que, aunque condenados al fracaso, trataban de evitar el encamamiento político del PSOE con toda la morralla de España
Aldama se planta ante el Tribunal Supremo con la tranquilidad de quien ha sabido hacerse creíble. Algo meritorio para un reo y en ese espacio donde nadie se fía ni de su sombra y tienes al público en contra. Hemos recibido demasiada información sobre la banda de Sánchez y sus círculos concéntricos. Estamos saturados. Como no se digiere, cada cual se queda con la parte de la copla que más le llama la atención. Por la humana condición, la atención se la lleva de calle cuanto tenga que ver con el putiferio, el lenocinio y la tercería. El ingrediente lúbrico opera así como imán del interés, con el efecto secundario del embobamiento o, en casos extremos, del embotamiento. Siendo estos últimos supuestos los propios de dos modelos reconocibles de paisano. El uno es el que solo ha retenido en su memoria las fotos lascivas de una señorita que recibió el auxilio de Ábalos. Es este por lo general un perfil masculino agañanado. El otro es el del gran indignado antiputiclubes, alguien que no se permite la mínima sonrisa social, ni un ápice de cachondeíto. Se conduce en privado como lo haría delante de veinte cámaras, si es que alguien se interesara por su opinión. Trátase en este caso de un perfil normalmente femenino. «Qué cerdo, qué cerdo», y no salen de ahí.
A ver, un poco de piedad. La mayor cerdada es pagar esas cosas con nuestro dinero y no con el suyo, y eso condena a Ábalos. Luego viene, claro, el debate sobre el abolicionismo, esa bella causa de la que Ábalos fue aguerrido defensor. Afeémosle pues la hipocresía. Alguien dirá: «Bah, siendo político es lo normal». No me salgan por ahí. Está luego el espantoso desparpajo, las maneras, el lenguaje que se gastan estos destripaterrones sociatas cuando preparan sus deprimentes fiestas. Primero, parecen catalanes bajunos colgándoles el artículo determinado a esas muchachas. Que si la tal, que si la cual. (No reproduzcamos nombres, que bastante tienen con el lío en el que las han metido). Luego dicen cosas sobre ellas muy poco caballerosas. El hombre de bien trata a la mujer con deferencia. Por principio. Establecido todo lo anterior, y aunque sé que seré criticado, insisto: un poco de piedad.
Ábalos parece un personaje echado a perder. Ábalos ha sido dos hombres: el del debate en la moción de censura y el del desmelene que le perdió. El que intentó soluciones políticas prudentes en un momento muy delicado; intentos que, aunque condenados al fracaso, trataban de evitar el encamamiento político del PSOE con toda la morralla de España. No puedo revelar más, pero sé de lo que hablo. Al haber dos Ábalos, es seguro que ha habido una pasión de por medio. Una que lo ha roto. No hablo necesariamente de una mujer; quizá fue el poder organizar orgías en los Paradores de España. Ello explica que esté tan desnortado y no sea capaz de encontrar el camino de Aldama, el único tunante que comparece tranquilo.