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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

El feroz pacifismo

Por puro odio desean que EEUU e Israel pierdan la guerra. Prefieren la más brutal tiranía, la misoginia y homofobia homicidas, prefieren el fuego letal para reprimir manifestaciones, las decenas de millares de muertos, las ejecuciones diarias, los atentados. Eso prefieren, y lo presentan como amor a la paz

¿Desde cuándo la paz pasa por delante de la libertad? ¿En qué momento se volvió obligatorio subrayar «no le gustan las guerras»? ¿Desde cuándo no existen las guerras justas? Qué magnífico triunfo de la hipocresía. Qué sospechosa la bondad progresista, siempre en auxilio de los carniceros. Nadie más violento que el activista del pacifismo. Pretenden estos profesionales que las masacres de sus amigos no encuentren resistencia. ¿Es pacifista Obama, Nobel de la cosa? ¿Y Silvio Rodríguez? ¿Irá matando canallas con su cañón de futuro?

Callad, obedeced, poneos el velo, no critiquéis al régimen… o morid. A ese mensaje se reduce la palabrería que la izquierda toda y la derecha loca está transmitiendo a los iraníes. Para las buenas almas que pudren el mundo, para los apóstoles del aquietamiento ajeno, lo importante a estas alturas de la infamia es que EE.UU. e Israel se desentiendan de Irán. Que los primeros se atengan al aislacionismo y los segundos se dispongan al sacrificio. Del antiamericanismo y del antisemitismo se ha dicho que eran el socialismo de los idiotas. No queda otro.

La prensa occidental se complace en un odio humanitario al judío. Una vez descontada la humanidad de este, claro está. No importa el nombre que le demos. Cuando usamos la palabra antisemitismo solo reproducimos el modo en que los judeófobos franceses finiseculares se definían a sí mismos. ¡Los otros también son semitas! —protesta el lerdo medio. No importa el nombre, la casta político-mediática se revuelca en el prejuicio y en el doble rasero. Exigen cánones extraordinarios solo a un Estado, solo al hogar nacional de los judíos.

Mira los comentaristas sin asideros culturales, con cara de importancia. Su móvil es el odio de siempre. A su parecer, nadie debía interferir en el desarrollo del programa nuclear iraní. No habla la diplomacia ni la prudencia; simplemente ignoran u orillan la determinación de convertirse en potencia nuclear. Nada les dice el enriquecimiento de uranio muy por encima del uso civil. Es odio puro, en marcha de nuevo. Es dejarse llevar por la vieja corriente maldita, un mecanismo de pertenencia ante el chivo expiatorio, el atavismo de más largo aliento. El más mortal. Cambia el contexto, el lenguaje, pero vuelve a asomar. Ese odio mató a Europa. Un tipo como Sánchez, ¿cómo iba a dejar de aprovecharlo? No hay semana, y acaso no haya día, en que él mismo, su Gobierno, su partido o su banda se ahorren la zancadilla a Israel, al judío institucional. Ya han resucitado cuatro neonazis para darle la razón; es la anécdota siniestra de una era en que el antisemitismo era monopolio de la izquierda. Ahora tienen compañía. Por puro odio desean que EEUU e Israel pierdan la guerra. Prefieren la más brutal tiranía, la misoginia y homofobia homicidas, prefieren el fuego letal para reprimir manifestaciones, las decenas de millares de muertos, las ejecuciones diarias, los atentados. Eso prefieren, y lo presentan como amor a la paz. Como si la paz pasara por delante de todo.

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