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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

Ni memoria, ni democrática

Los autoproclamados representantes de «las víctimas», que portan banderas tricolores en sus actos, deberían hablar por las suyas, las de sus familias, y no arrogarse la representación de las demás, la inmensa mayoría. Yo no autorizo el uso político de las mías

Los empeñados en reabrir heridas tienen varios problemas. Recojo algunos. Su fijación con acontecimientos desencadenados hace noventa y cinco años contrasta con el afán por borrar el terrorismo de ETA. Los hechos en los que centran su atención empezaron, sí, en 1931, no en 1936. Ni un mes había pasado desde la proclamación de la República cuando empezaron las quemas de iglesias y conventos, con el Gobierno mirando hacia otro lado.

Casi todos los españoles tenemos tragedias familiares relacionadas con la Guerra Civil. Muchos las tenemos en ambos bandos. Resulta extraño que una diminuta minoría hable en nombre de «las víctimas», y que lo haga tomando partido por uno de los bandos que, por cierto, está muy lejos de haber sido democrático. En la Guerra —y aun antes, con el pucherazo que llevó al poder al Frente Popular, hoy perfectamente documentado— nadie en España defendía la democracia.

Los autoproclamados representantes de «las víctimas», que portan banderas tricolores en sus actos, deberían hablar por las suyas, las de sus familias, y no arrogarse la representación de las demás, la inmensa mayoría. Yo no autorizo el uso político de las mías. Mis padres no nos protegieron tanto de su dolor para que vengan ahora, a estas alturas, unos que ponen el fratricidio en el centro de sus vidas. Si tuviera algo de justa la memoria democrática, su regulación se habría deslegitimado al necesitar a Bildu para su aprobación.

El PCE empezó a predicar la reconciliación en 1956. Hace setenta años. El bando que decía representar a una república democrática en la Guerra Civil detentaba el poder del Estado. Es decir, lo tenía de manera ilegítima, tanto por el pucherazo de febrero de 1936 como por el uso desde entonces de las instituciones para cubrir (y perpetrar) las violencias del Frente Popular. Quinientos asesinatos en cinco meses. ¿Respondió el Gobierno? Sí, persiguiendo a la oposición.

El bando beneficiado por la memoria democrática, un relato de parte, no fue homogéneo. ¿Dónde sitúan la «guerra dentro de la guerra» entre miembros del Frente Popular (también entre militares «republicanos»)? ¡Sí, aquella guerra breve que permitió a Franco entrar tranquilamente en Madrid! Dirán que eran traidores. Claro, Julián Besteiro un traidor y Negrín, cuyo objetivo era prolongar el conflicto para encadenarlo con la ya previsible Guerra Mundial, un hombre leal. A Moscú.

Ojalá pudiéramos dejar esto en paz. Pero ahora quieren que la tapia del Cementerio de la Almudena sea lugar de memoria democrática. Mientras se olvida lo de Paracuellos, lo del camino de Húmera, lo del cementerio de Vallecas, lo de la Casa de Campo, los descampados de Pozuelo, Boadilla, Vicálvaro. Por hablar solo del centro de España. Como si se pudiera colocar una placa en la tapia del Cementerio de la Almudena sin mencionar que allí arrojaron el cuerpo de José Calvo Sotelo (líder de la oposición monárquica) los socialistas que le acababan de descerrajar dos tiros en la nuca después de sacarlo de madrugada de su casa. Provocando la Guerra Civil.

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