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Aunque se estila el corporativismo, albergo una opinión mejorable sobre el periodismo español. De entrada, faltan editores comprometidos con los intereses nacionales y capaces de ofrecer la viabilidad económica que permite a los informadores ejercer su trabajo en libertad.

¿Qué es un editor? En su versión deseable se trata de un empresario que lanza un medio con el propósito de defender unos principios, alrededor de los cuales se reúne una audiencia que concuerda con ellos. En España muchos supuestos editores son actores extranjeros, en los que prima solo la vertiente lucrativa de la actividad. Carecen de una implicación profunda con los intereses de la nación. Les da igual arre que so, hasta el extremo de que algunos llegan a mantener a un tiempo medios de ideologías totalmente antagónicas.

El segundo problema de la prensa es el económico. Todavía nadie ha resuelto por completo el huevo de Colón de internet. Los periódicos mantienen audiencias masivas, pero no encuentran la manera de ganar con ellas el suficiente dinero para sostenerse con holgura, en gran medida porque el sector está viciado por los gigantes monopolistas estadounidenses. Además, algunas cabeceras arrastran todavía el lastre de gravosas estructuras de la finiquitada era del papel, hoy insostenibles.

Cuanto más débil sea económicamente un medio, menos independencia poseerá y más dócil se mostrará a la manipulación del poder y de algunos anunciantes. En la prensa regional, por ejemplo, muchísimos periódicos sobreviven directamente merced a la subvención de los gobiernos locales y autonómicos. Cabe imaginar su nivel de crítica hacia esas administraciones, pues son rehenes de ellas para subsistir. Otro tanto ocurre con las televisiones autonómicas, todas botafumeiros a favor del mandatario regional de turno.

La debilidad económica provoca también menos oportunidades laborales. Los periodistas temen no encontrar otro empleo si pierden el que poseen. Eso deriva en que muchas veces acaban violentando su conciencia y tragando con lo que sea con tal de preservar su nómina (¿o alguien se cree que todos los que trabajan en el periódico global comparten la rendición de Sánchez ante los separatistas, o las golfadas de Zapatero y el PSOE?).

Algunos periodistas acaban renunciando a mantener un criterio propio cuando estallan escándalos innegables. Se opina siempre como ordena el partido. En los peores casos de apología sectaria, incluso se ignora el principio de realidad con tal de servir a la causa. Muchos tertulianos obedecen las consignas hasta caer en el ridículo (véase la mañana de TVE), al tiempo que alardean de estar «en el lado correcto de la historia».

La debilidad de los periodistas y el bajo compromiso de tantos editores han creado una atmósfera de miedo al poder. De ahí, por ejemplo, esas lánguidas preguntas de baño y masaje en la rueda de prensa del Consejo de Ministros, sin pegada alguna teniendo enfrente al Gobierno más felón y corrupto de la democracia (el problema también atiende a que a los medios críticos apenas se les permite preguntar en la sala de prensa de la Moncloa).

Todo lo descrito ha degenerado en una situación surrealista. Y es que cuando un medio se molesta en destapar los rincones oscuros del poder y en evaluarlo, que es la razón de ser del periodismo, no solo recibe la hostilidad de los que mandan y son objeto de la crítica, sino también la de buena parte de la propia profesión periodística.

Desde hace tres años, algunos periódicos, entre ellos de manera destacada El Debate, fueron alertando sobre los casos de nepotismo del hermano y la mujer del presidente, la máquina del trinque de Ábalos y Cerdán, los opacos afanes de Zapatero, que cantaban a lenguas... ¿Y qué pasó? El Gobierno insultaba los periódicos que publicaban esas verdades y anunciaba «leyes de refuerzo de la democracia» para cortarles las alas. Pero además, desde las televisiones y radios al rojo vivo, los periodistas de izquierda (la palabra «progresista» es un eufemismo absurdo) dedicaban invectivas despectivas y sonrisillas sardónicas a los que se enfrentaban al Gobierno para destapar su lodazal.

Hoy, cuando se evidencia de manera aparatosa lo que era visto (que Zapatero montó un tinglado ilegal movido por la codicia), recuerdo una entrevista que le hizo hace dos meses un popular radiofonista. La garra que se le presupone al locutor desapareció. La charla discurrió con cordialidad, sin repreguntas complicadas. En un momento dado, Zapatero aludió con enojado desprecio a las exclusivas de El Debate, como la de Entrambasaguas sobre sus citas en El Pardo, que espoleó el caso. El periodista, con rápida complicidad, se cuidó de aclarar al instante al expresidente que a su programa no acudía nadie de tan despreciable cabecera.

Ahítos de suficiencia perdonavidas, eran muchos los que le hacían el caldo gordo al turbio conseguidor mientras despellejaban a sus colegas que cumplían con su deber. En España no solo tiene que mejorar la política…

(Y en cuanto a Zapatero: ¿quién rubricó el rescate de su gran mordida con Plus Ultra? Pues eso. Calienta, Sánchez, que acabarás saltando a la cancha judicial…).