La imaginación justiciera
Cada vez que un político roba, tendríamos que visualizar con nitidez los impuestos que cada uno de nosotros ha pagado gota a gota (de sudor), los IVA y los IBI, las multas por minucias y las tasas minuciosas, etc.
Para luchar contra la corrupción hacen falta leyes más estrictas, una justicia más rápida y una política más transparente, desde luego. Pero antes sería más crucial que el pueblo fuese muchísimo más intolerante con la sinvergonzonería. Y para eso sería vital andar más sobrados de imaginación pública.
Cada vez que un político roba, tendríamos que visualizar con nitidez los impuestos que cada uno de nosotros ha pagado gota a gota (de sudor), los IVA y los IBI, las multas por minucias y las tasas minuciosas, etc.
El dinero público no es de nadie, dijo una política (socialista), y nos reíamos mucho, pero si pensáramos que es nuestro, nos pondríamos repentinamente serios. El dinero que roban todavía es menos de nadie y más invisible, por las cuentas que se traen.
¡Ay, si tuviésemos la mínima imaginación política! Para calcular siquiera a la cuenta de la vieja los servicios públicos, los medicamentos, las reparaciones en vías ferroviarias, el cuidado de los montes que, con ese dinero volatilizado, podrían haberse llevado a cabo.
Y todavía sería poca imaginación esa para la que necesitamos… Habría que pensar también en la cantidad de crispación política que tienen que viralizar para distraer a la buena gente con otras cosas y que no miren la bolita, la bolita, dónde está la bolita de los dinerillos. Si se enfrentan unos contra otros, los suyos no van a ponerse a mirar y menos aún a reconocer lo que se llevan.
Y ese talento para el negocio, ¿qué? Podría haberse puesto al servicio de su trabajo de gobernar o, si no, de un trabajo privado que crease riqueza honesta. ¡La de horas de esfuerzos ímprobos que se han ido por la cloaca de la corrupción!
Y las inquietudes, las maquinaciones para borrar huellas, los pagos para comprar silencios, los alquileres de complicidades, el intercambio de extorsiones mutuas, la compraventa de influencias. Ojalá una serie de televisión que nos ayudase a hacernos cargo de todo lo que se ha ido haciendo por detrás, a oscuras y con sordina. Las noches de insomnio, supongo, a vueltas con los residuos de la propia conciencia. Y el sabor agrio en la boca de vivir en la mentira o de engañar más que nada a los que aún confiaban en uno.
Pero la corrupción nos hace daño a todos. ¿Acaso no le pone a usted de un pésimo humor? ¿No contagia desesperanza? Y además nos hace desconfiar de nuestros representantes públicos. ¿No desprestigia la política en unos momentos en que la política (la alta) nos hace más falta que nunca?
A nuestro país, el pobre, también lo ensucian. Nunca me gustó demasiado el branding de la marca España. Nos comercializaba un tanto. Ahora, esto sí marca a España con la señal ignominiosa de la corrupción a fuego, como aquella Milady de Winter de Los tres mosqueteros que llevaba grabada en el pecho la flor de lis.
Y también nos roban la atención, que es quizá el bien más escaso de nuestro tiempo. Que tengamos que hablar de estas porquerías tantas horas, con el poco tiempo que tenemos. Que pasemos toda una hora de la mañana leyendo en el periódico suciedades que dejan para todo el día un regusto amargo. Esto nos quita horas de lectura y ratos de conversaciones apacibles. Este fin de semana hice un viaje rápido a Ávila. Qué maravilla de ciudad. Quien fuera Azorín en los tiempos de Azorín para escribir un artículo demorado sobre la sobria y digna ciudad amurallada.
Pero uno lee «sobria» y «digna», y ya está, por contraste, pensando otra vez en la poza maloliente de la corrupción.
Necesitamos afinar mucho (mucho más que el intento rogatorio de este artículo) nuestra imaginación justiciera contra la corrupción. Cuando nos hagamos cargo de todo lo que nos roba –impuestos, confianza, atención, alegría civil– empezaremos a ser implacables.