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Pecados capitalesMayte Alcaraz

El Papa y Sánchez

Ha sido alzar la voz León XIV y Moncloa saltar como un resorte para acercar el ascua papal a su sardina marquetiniana. Es como si Sánchez hubiera recibido la confirmación a su impostura contra la guerra en Irán, la regularización masiva de inmigrantes y su animadversión por el inquilino de la Casa Blanca

Hoy el Papa recibe al presidente del Gobierno español. Un titular así nada tendría de extraño si no fuera porque quien está de visita en Roma es un mandatario que se ha distinguido por dedicarle a la Iglesia católica todo tipo de descalificaciones y por negarle cualquier legitimidad a la institución que defiende unos valores que le son propios desde hace más de dos mil años. En plena efervescencia del sucio caso Zapatero, sin Presupuestos, con una parálisis legislativa escandalosa y cercado por la corrupción familiar, el presidente ha visto una ventana de oportunidad en la visita del Pontífice que tiene un mensaje evangélico de alto calado, con rechazo a todas las guerras, en defensa del derecho internacional, lo que le ha llevado a confrontar con los postulados de Donald Trump, de crítica hacia un uso de la IA descontrolado, y de cercanía con los procesos migratorios.

Ha sido alzar la voz León XIV y Moncloa saltar como un resorte para acercar el ascua papal a su sardina marquetiniana. Es como si Sánchez hubiera recibido la confirmación a su impostura contra la guerra en Irán, la regularización masiva de inmigrantes y su animadversión por el inquilino de la Casa Blanca. Todo es un aprovechamiento político de la figura de quien sí es un referente moral en el mundo. Es curioso que el presidente socialista que ha mandado a sus huestes a denostar a la Iglesia católica, sobreactuando en el asunto de la lacra de los abusos cometidos por religiosos, y que busca ofender a los católicos resignificando la basílica del Valle de los Caídos, sea el mismo que ahora teatraliza un extraño cariño hacia el líder de esa misma institución secular.

El jefe de Gobierno que ha rehuido su presencia en las ceremonias religiosas oficiadas en recuerdo de las víctimas de la Covid y del siniestro de Adamuz, hoy se plantea hasta asistir a la misa que el Santo Padre presidirá en la Sagrada Familia, durante su estancia en Barcelona. Sería de agradecer el gesto si no fuera porque detrás solo hay la obscena búsqueda de réditos políticos. A mayores, hasta su visita de hoy al Vaticano tiene mucho que ver con esa pulsión que tiene siempre el jefe socialista de poner pies en polvorosa internacional (un retiro, esta vez espiritual, no como la semana laica festiva de recogimiento conyugal) cada vez que alguno de sus más estrechos colaboradores, o los propios miembros de su familia, son llamados por un juez a rendir cuentas.

Desde que la ciénaga amenaza con cubrirle más allá del cuello, Pedro ha viajado a India, Brasil, Estados Unidos, China y desde ayer está en Italia. Quiere tapar las joyas del Nilo de Zapatero y Sonsoles con su magisterio sobre la nutrición y la seguridad alimentaria en la sede de la FAO. Es más agradable hablar de la lucha contra el hambre en el mundo que de la agenda de clientes internacionales que tenía su gurú ZP en los dispositivos intervenidos por la Policía Judicial en su despacho. Dónde va a parar proferir buenistas mensajes sobre el reparto de alimentos con los países pobres que tener que justificar que tu hermano se va a sentar en el banquillo, probablemente a primeros de junio, por haberse aprovechado de tu poder, y que tu propia mujer ha sido llamada a capítulo justo en el ecuador de la visita del Papa a España, entre el 6 y el 12 de junio.

La especialidad de la casa es aparentar normalidad. El Talleyrand Sánchez cree poseer una imagen internacional potente. De hecho, sus propagandistas sostienen que su proyección más allá de nuestras fronteras nada tiene que ver con el deterioro de su estima social en casa. Quizá por eso se niega a preguntar a los españoles y prefiere pasear su imagen por la prensa internacional, que no le tiene que votar.