Los peores
Me dirijo ahora a cualquier madre española: señora, si su hijo no vale, procure que no se conozca a sí mismo y afílielo en la agrupación socialista más cercana. Tendrá un futuro próspero. Hay riesgo de cárcel. ¿Y qué?
Solo la loca audacia y el desconocimiento de sí mismos permite a algunos personajes venirse arriba, seducir a un grupo más tardo que ellos, encumbrarse a zarpazos, encaramarse a puestos con los que jamás habrían soñado de haber seguido el socrático consejo grabado en el pronaos del Templo de Apolo en Delfos. Esto representa un desafío pedagógico. Vemos a Sánchez, observamos el perfil de los miembros de su banda, o nos fijamos en la tipología del catalán poderoso medio, y nos cuesta negar la eficacia de una educación basada en contradecir a Sócrates desde su núcleo: no te conozcas a ti mismo.
No te esfuerces, no vayas por ahí, listillo, no se te ocurra tal cosa, porque te vas a dar cuenta de que casi todos los que te rodean son mejores que tú en todo: en formación, en moral, en estética, en empatía, en educación. Lo mismo puede decirse de todos tus subordinados, especialmente si son funcionarios. Cualquiera de tus asesores profundizará más que tú en los asuntos sobre los que sermoneas, les sacará más provecho, establecerá más relaciones con otros asuntos, advertirá mayor complejidad, preverá mejor problemas venideros, aprovechará oportunidades previsibles que tú no distingues. Cualquiera. Lo que les fallará a la mayoría es el desparpajo, el morro, el sudapollismo, la falta de escrúpulos y la rapidez de reflejos. Todo lo que adorna a Pedro Sánchez. Rasgos que tienen mucha gracia en la novela picaresca, donde los españoles nos recreamos por la familiaridad con zorrerías o perrerías que apenas han cambiado de modalidad en casi quinientos años.
Si lo tuyo es vender la moto, hacer la cabra, tirarse el moco, vales para la política española de izquierdas y, con toda seguridad, también para la política regional catalana (con ínfulas de política nacional) de todo el espectro ideológico. Asimismo, puedes (y me atrevería a decir que debes) dirigir un diario catalán. Hubo una época, cuando en mi patria chica se publicaban varios periódicos de papel y no existía internet, en que llegué a pensar que para dirigir un diario era requisito imprescindible ser dequeísta. Con el aberrante «pienso de que» iniciaban sus alocuciones, sus intervenciones en la tele y hasta sus conversaciones privadas, como pude comprobar cuando me querellé contra uno de ellos que no citaré.
Por justificarles, sus amigos madrileños explicaban «es que traduce del catalán», cuando en catalán jamás se usa «de que». Mi amor a la gramática lo percibí como un lastre. Me preguntaba: ¿cómo voy a publicar nada cuando dirigir un medio exige ser un dequeísta infalible? O sea, no fallar nunca el fallo. Me conocí a mí mismo y comprendí que jamás sería nadie en Cataluña. No entiendo por qué me quedé ahí tanto tiempo. Sería el Barrio Gótico, que tiraba de mí. Me dirijo ahora a cualquier madre española: señora, si su hijo no vale, procure que no se conozca a sí mismo y afílielo en la agrupación socialista más cercana. Tendrá un futuro próspero. Hay riesgo de cárcel. ¿Y qué?