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Columnata abiertaJosé Manuel Barquero

No es conveniente insultar a un juez

Zapatero ha contratado a un buen abogado que le ha debido explicar algo de sentido común, una máxima sencilla para lo que no hace falta ser un experto en derecho procesal penal: no es conveniente desafiar a un juez de instrucción, y mucho menos insultarlo. Quizá por ello, a diferencia de otras, conserva el pasaporte en su poder

Desde el punto de vista comunicativo, la causa judicial contra José Luis Rodríguez Zapatero nos está deparando situaciones asombrosas. El auto de su imputación firmado por el juez Calama se emitió el 18 de mayo, citando a declarar al expresidente el 2 de junio. Al poco, salió Ernesto Ekaizer (un señor que da muchísimo miedo en la televisión cuando se enfada) bramando contra una «maniobra» del juez por la cual iban a transcurrir más de dos semanas sin que Zapatero pudiera defenderse en un juzgado, alimentando una campaña mediática contra él que vulneraba su presunción de inocencia. Un par de días más tarde, Víctor Moreno Catena, el abogado de Zapatero, solicitaba un aplazamiento de su declaración en la Audiencia Nacional y así disponer de más tiempo para leer el extenso sumario. Al final, a petición propia, dispusieron de un mes para preparar sus respuestas ante el juez de instrucción. Durante esa declaración, Zapatero pidió diez días más para aclarar el origen de las joyas halladas en su despacho de Ferraz. El juez se los concedió y, a pesar de las furibundas palabras de Ekaizer, un mes y medio continúa siendo un periodo demasiado corto para Zapatero, que sigue sin dar explicaciones sobre un tesoro desconocido para la Agencia Tributaria.

Pero las opiniones rocambolescas no acaban aquí. La semana pasada, el Comité Federal del PSOE y la prensa al servicio del régimen sanchista se mostraban indignados por la filtración de los WhatsApp privados, la agenda y los audios de la declaración de Zapatero ante el juez Calama. Yo, que ojeo cada día varios periódicos en papel y visito una decena de medios digitales, no he leído un solo mensaje que afecte exclusivamente a la privacidad del expresidente y de su familia. La razón de mi ignorancia es bien sencilla: no los he buscado. Los he evitado, porque no me interesan. Es verdad que no me sumerjo en la parte cenagosa de las redes sociales, ni buceo en medios sensacionalistas. Por eso mismo, me sorprende ahora la piel tan fina de quienes sueltan risotadas y fabrican memes cuando se viola la intimidad de otras personas. En Baleares, hace años, se conoció hasta la marca de la ropa de interior que usaba Jaume Matas cuando el juez Castro ordenó el registro de su vivienda la tarde de un 24 de diciembre.

Otro tanto sucede con la agenda de Zapatero, que revela una abrumadora frecuencia de contactos con determinados ministros, y no precisamente los dedicados a materias 'sociales', que sería lo propio en un «faro moral» de la izquierda. Siendo bien pensados, las reuniones con empresarios podríamos circunscribirlas a sus labores profesionales de asesoramiento. Sin embargo, ¿por qué un expresidente se reúne con altos mandos policiales en plena investigación a un «íntimo» amigo? Un periodista que niega el interés público de esta información abandona la profesión para convertirse en un mamporrero de partido.

La semana pasada, los aguerridos defensores de este sanchismo boqueante han puesto a parir de nuevo al juez Calama por permitir el acceso de las partes personadas en la causa a todo ese material, provocando así su filtración. Y, de nuevo, hemos sabido que fue el abogado de Zapatero el que solicitó al juez que facilitara toda esa información, sin expurgar, para garantizar su derecho de defensa. Como ahora el catedrático protesta ante el juez por su difusión masiva en los medios, ya hay quien siembra dudas sobre la competencia profesional de Moreno Catena y su estrategia procesal. Pues bien, yo sostengo que Zapatero debe estar agradecido a su abogado.

La tercera pata de esa filtración fueron los audios de Zapatero declarando en la Audiencia Nacional ante el juez Calama. Se ha escrito mucho sobre el contenido de esa declaración, pero poco sobre el tono empleado por el expresidente. A Zapatero le gusta a hablar y, sobre todo, escucharse. Cualquier oyente puede percibir cómo él solo se va viniendo arriba. Se nota en los mítines del PSOE, por supuesto, con su engolamiento y esos silencios previos a no decir nada. Pero también es evidente en las entrevistas que concede, o concedía. Pues bien, Zapatero, en algún momento de su declaración judicial, confundió al magistrado con un periodista, trató de interrumpir sus preguntas y entrar a debatir con él. Calama le recordó, con firmeza educada, que se encontraba ante un juez de instrucción, no en un estudio de radio, ni en una comisión parlamentaria. Y aquí viene lo importante: el «faro moral» reculó, se disculpó y trató de rectificar el tono de sus respuestas.

Zapatero ha contratado a un buen abogado que le ha debido explicar algo de sentido común, una máxima sencilla para lo que no hace falta ser un experto en derecho procesal penal: no es conveniente desafiar a un juez de instrucción, y mucho menos insultarlo. Quizá por ello, a diferencia de otras, conserva el pasaporte en su poder.