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Queda demostrado que este país no está en condiciones de mantener una conversación adulta sobre casi nada. Se le ha ocurrido a Feijóo decir que el absentismo laboral es un «cáncer» y, en vez de abordar por qué hoy faltan a trabajar el doble de personas que en 2018, la discusión ha girado en torno a si «cáncer» es la palabra adecuada. Más allá de que el diccionario recoge esa acepción («Proliferación en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos»), la reacción de las distintas orillas del debate evidencia que somos un desastre.

Ocurre con otras muchas materias, no creas. Si somos incapaces de reconocer que España tiene un problema de absentismo, que es algo así como decir que la Tierra gira alrededor del sol, cómo vamos a conversar sobre vivienda, pensiones o el destino del dinero que, cada mes, nos quitan de la nómina por imperativo legal. Solo esta semana, hemos sabido que el Gobierno se ha gastado 386.000 euros en una campaña publicitaria –de nombre «Dmocracia»– en la que se anuncia una marca de ropa ficticia para la que han reclutado a algunas influencers, como Marina Rivers. Así como el separatismo tapó sus miserias con la estelada, el sanchismo quiere tapar las suyas con una sudadera y un par de chavalas bien parecidas, a las que han puesto a posar por el 50.º aniversario de la muerte de Franco, que está durando más que el centenario del Betis cuando Lopera.

Con qué políticos vamos a debatir sobre fiscalidad o pensiones si tienen ese concepto del dinero público. Con qué gente vamos a conversar sobre absentismo si le crearon un puesto al hermano de Sánchez precisamente para que no fuera. Cómo vamos a debatir sobre los límites de lo público si quien dice defenderlo ha enchufado a putas y militantes en Ineco, Enusa y hasta Correos, dejando tras de sí unas pérdidas cercanas a los 1.200 millones de euros.

Este país lleva tiempo abandonado a su suerte, peronizándose a cada rato porque es mucho más fácil (y rentable electoralmente) crear un subsidio que las condiciones de vida necesarias para que a nadie le falte el pan y el trabajo. Y es en ese contexto donde el político, el enchufado y el absentista laboral encuentran su lugar, olvidándose de que detrás de un derecho hay siempre un trabajador pagándolo con el sudor de su frente.