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Cuando ETA asesinó a Miguel Ángel Blanco hace hoy 29 años, Arnaldo Otegi estaba en la playa con su familia, tal y como le contó a Jordi Évole, para quien no es un problema entrevistar a gente así pero sí debatir conmigo, tal y como dijo un día en el programa La Roca de La Sexta: también le parece mal que Íker Jiménez hable de política, pero no que TVE se haya llenado de activistas que llegan a hacer llorar a la periodista Marta Gómez Montero, protagonista de uno de esos momentos de dignidad que desarticula, con tanta humanidad que no admite réplica, los montajes habituales de la casa.

Dijo, entre llantos, que ni pagar las facturas de sus hijos justifica soportar el exceso cotidiano en ciertos platós cinegéticos, siempre dispuestos a cazar a todo aquel que ose oponerse a la vergüenza sanchista. No les basta con defender lo indefendible, además hay que derribar a quien señale al reyezuelo desnudo.

Otegi también es blanqueado en esos mismos espacios, porque antes lo estuvo por Zapatero y ahora Sánchez le debe la vida política: les duele oírlo, pero la verdad es que el líder socialista es presidente gracias a un terrorista, sin el cual no estaría donde está. No hay más preguntas, señoría.

Y eso mismo desmonta, desgraciadamente, la idea extendida de que Blanco derrotó sin querer al terror pagando un precio inasumible que, no obstante y con el tiempo, daba un valor inmenso a su muerte. Si eso fuera cierto, Otegi no elegiría presidente; Bildu no estaría a punto de ganar en el País Vasco, los etarras no saldrían de la cárcel por favores políticos del Gobierno, los herederos de Batasuna no mandarían en Pamplona ni decidirían quién y cómo gobierna en Navarra y, desde luego, no hubieran redactado a medias con el PSOE una Ley de Memoria Democrática que, entre sus muchas vergüenzas, viene a equiparar la crueldad de ETA con la del Estado.

Que ETA no mate ya no es, como dicen Sánchez y Zapatero con su inigualable inmundicia moral, una victoria suya: lo fue del Estado, gracias a la sangre de sus servidores y la resistencia de sus instituciones, y por ello no necesitaba ser premiada, como la han premiado estos dos presidentes sin escrúpulos, a cambio de darle unas consecuencias políticas intolerables al fin del terror.

Que son fáciles de enumerar: los nietos de los terroristas no se sienten avergonzados de sus abuelos y los primos políticos de quienes disparaban a las nucas disfrutan de mayor respaldo electoral que los de quienes acabaron en una tumba como la de Blanco, desplaza a la Galicia de sus padres porque la original, en Ermua, sufría ataques vandálicos: hasta después de muerto lo querían rematar.

Nunca un crimen tiene sentido para las víctimas y sus seres queridos, pero sí puede tener una trascendencia política positiva que, con Blanco, duró lo justo: sí, la gente se echó a la calle a decir «Basta ya», pero treinta años después los jóvenes no saben quién fue; los amigos de sus asesinos tienen más influencia que nunca y el relato posterior al dolor ha indultado a los criminales, legitimado sus objetivos políticos y humillado con silencio a sus damnificados.

El último jefe de ETA, David Plá, pertenece hoy a la dirección de Sortu, el partido de Otegi dominante en Bildu, y sin querer hizo hace unos años la confesión definitiva en una entrevista en TV3: ETA se disolvió cuando vio que el nuevo Gobierno de Rajoy no estaba dispuesto a mantener las compensaciones ofrecidas por Zapatero.

El precio bochornoso que el hoy lobista imputado le puso a algo que ya habían pagado los muertos y a España le iba a salir «gratis», lo recuperó después Sánchez para poder ser presidente. El aniversario de Blanco recuerda a un símbolo de la locura sanguinaria, sí, pero también la abyección de quienes han permitido que la historia de aquellos años y su epílogo los dicten sus verdugos, para que un desalmado sin principios pueda llegar y quedarse en la Moncloa, bailando sobre la tumba de Miguel Ángel y todos los que, como él, no pueden decírselo a la cara.