Gracias Mark
Entendió desde el primer momento que el núcleo de la crisis se encontraba en la desconfianza de las élites políticas norteamericanas respecto de sus socios. Desconfianza que estaba correctamente fundamentada. Tras décadas de paz y sociedad de bienestar, ni se invertía ni se tenía conciencia de seguridad y defensa
Suponíamos que la cumbre atlántica convocada en Ankara iba a ser importante y los hechos lo han confirmado. Si su predecesora en La Haya, hace algo más de un año, va unida al reconocimiento de una crisis de confianza entre sus miembros, en la capital turca hemos asistido al primer paso institucional para superarla, confirmando que avanzamos juntos en la misma dirección. Queda mucho, sin matices, para recuperar la confianza perdida, pero se están dando los pasos correctos para salvar del naufragio a un excelente buque que perdió el timón hace algún tiempo.
El encuentro de los jefes de Estado y de Gobierno se realizó bajo el impacto de las noticias referidas al estrecho de Ormuz. Desde Washington se nos vendió que el conflicto se había reconducido mediante un Memorándum de Entendimiento que daba paso a un alto el fuego y a una negociación que debía concluir en un tratado. Pero lo obvio, que el memorándum era una chapuza condenada al fracaso, se hizo realidad cuando el presidente Trump estaba a punto de iniciar su vuelo a Ankara. Ni se había acabado con el régimen de los ayatolás, ni con el programa nuclear, ni con el Eje de Resistencia… y continuaba cerrado el estrecho de Ormuz mientras los aliados en el Golfo seguían sufriendo bombardeos por parte de Irán. El líder de Occidente que no necesitaba a sus aliados y que se bastaba él solo para poner fin a la amenaza de Irán aparecía como el «emperador desnudo», por mucho que Trump continuara representando el singular papel al que nos tiene acostumbrados.
El ambiente fue positivo porque se pudo constatar que las líneas de acción aprobadas en La Haya se están cumpliendo. Los socios están invirtiendo seriamente en defensa y una buena parte de ese dinero va dirigido a empresas norteamericanas. Hay conciencia de que nuestra seguridad está amenazada y de que podría estallar una guerra convencional en un tiempo breve. No sólo se invierte, también se reconstruye en la vieja Europa un tejido industrial lamentablemente abandonado desde hace décadas.
La declaración final recoge la afirmación de que Rusia representa una amenaza. No es nada nuevo, pero sí importante. Así consta en el concepto estratégico vigente, aprobado a iniciativa de Biden, pero de hecho rechazado por Trump, que buscó resolver de cualquier manera la guerra de Ucrania para lograr un entendimiento de alto nivel con Rusia. Trump buscaba separar, en la medida de lo posible, a Rusia de China, acceder a sus formidables reservas de «minerales críticos» y lograr un acuerdo sobre el Ártico. No ha sido posible porque Rusia está en otra lógica. El desinterés ruso y el extraordinario trabajo de Ucrania en el conflicto han supuesto que Zelenski ya no sea el payaso al que maltratar públicamente para satisfacer a Putin, sino el gran líder patriótico de una nación ejemplar en el sacrificio y en la ciencia militar. Trump ha entendido, finalmente, que Rusia es un problema y que Estados Unidos puede llegar a entenderse con esta Europa que despierta del ensueño pacifista.
Nos preguntábamos la semana pasada qué es la OTAN, más allá de una «caja de herramientas». Tras la Cumbre de Ankara podemos responder que sigue sin ser el instrumento de una alianza, pero que, por lo menos, y no es poco, lo es de una coalición frente a Rusia. Estamos en el buen camino y es posible que en un tiempo no muy lejano la coalición vuelva a ser una alianza.
La transformación está en marcha. Si Europa fue el teatro central durante la Guerra Fría, es evidente que hoy es sólo uno más. Este cambio debe reflejarse en el reparto de responsabilidades. Los socios europeos
1. Deben aportar más.
2. Deben asumir más competencias en la estructura de mandos.
3. Deben involucrarse más en los asuntos globales.
La declaración final deja abierta la puerta a este proceso, a ejecutar con inteligencia y de manera coordinada, porque tan obvio es que Estados Unidos precisa desplegar unidades en otros puntos del planeta como que los europeos necesitan tiempo para dotarse de las capacidades, humanas y materiales, para cubrir esas vacantes.
La Cumbre de Ankara ha sido un éxito debido, en gran medida, al trabajo de su secretario general, el experimentado político neerlandés Mark Rutte. Entendió desde el primer momento que el núcleo de la crisis se encontraba en la desconfianza de las élites políticas norteamericanas respecto de sus socios. Desconfianza que estaba correctamente fundamentada. Tras décadas de paz y sociedad de bienestar, ni se invertía ni se tenía conciencia de seguridad y defensa. En esas condiciones era normal que Estados Unidos se preguntara si tenía algún sentido el mantenimiento de la OTAN. Rutte reconoció lo evidente, hablando con claridad tanto a unos como a otros. Su trabajo con los dirigentes europeos ha sido excelente y los resultados están a la vista. La tensión se ha rebajado, las líneas de acción para reactivar el «sistema de defensa colectivo» están en marcha y ahora toca europeizar la estructura de mandos, poco a poco y con discreción. Más adelante veremos el efecto de los procesos electorales en estados de referencia –Francia, Alemania y Reino Unido–, así como la cuestión capital de la disuasión nuclear. «Bástele a cada día su afán», pero reconozcamos que al frente del buque se encuentra un capitán capaz y que el timón está en vías de reparación.