Que el Estado nos haga la manicura
En España no existe hoy partido que no sea partidario del intervencionismo del Estado en la economía; caerá Sánchez y seguiremos siendo socialdemócratas
En la legendaria disputa entre Keynes y Hayek, me quedo con el austríaco, aun cayéndome más simpático el inglés. Era un tipo extremadamente inteligente y muy curioso. Se pasó dos semanas con su bigotón rubio en la primera fila del teatro del Covent Garden para conquistar a la bailarina estrella de la función, la rusa Lydia Lopokova, con la que acabó casándose y manteniendo un matrimonio de éxito, a pesar de que el economista era homosexual.
Keynes defendía una fuerte intervención del Estado en la economía para corregir las disfunciones del mercado, en especial ante crisis recesivas. «El capitalismo es la insólita creencia en que los hombres más desagradables, operando por los más desagradables motivos, harán en conjunto algo que nos beneficiará a todos», lamentaba.
Hayek, por el contrario, sostenía que la zarpa del Estado castiga las libertades personales y económicas, y en los peores casos puede conducir al totalitarismo. «Si los socialistas supiesen de economía, simplemente no serían socialistas», ironizaba.
En España son keynesianos hasta los supuestos partidos de centro-derecha y derecha, que hacen apelaciones constantes a soluciones dictadas por el Estado. La gran mayoría de la sociedad piensa igual: pretendemos que el Gobierno nos haga hasta la manicura. En España, los liberales son una especie más amenazada que el urogallo. Todo se fía al Gobierno de turno; sea nacional, autonómico o local. Por supuesto, el mastodonte de Bruselas es también hiperintervencionista y, en lugar de dar alas, coloca lastres en las plumas del mercado.
Hoy en día se pretende que el Estado se encargue hasta de que seamos felices, contraviniendo la acertada advertencia del perspicaz liberal Constant de Rebecque, muerto en París en 1830: «Rogamos a la autoridad que se mantenga en sus límites, que se limite a ser justa; nosotros nos encargaremos de ser felices».
En mi opinión, minoritaria en España, los gobiernos tienen que garantizar el Estado de derecho, la seguridad, la defensa de la nación, las prestaciones educativas y sanitarias básicas y asistir a los desfavorecidos, con un Estado compasivo, pero no con un modelo de subsidios peronistas que al final fomenta la molicie y resulta insostenible. No creo que el Estado deba ser un actor económico activo, interfiriendo en la vida de las empresas o incluso convirtiéndose en empresario. No creo en la fiscalidad rapaz que sufrimos, que nos convierte a todos en la práctica en empleados del Estado, incluso a los que no trabajamos para él. Se está coartando la libertad elemental de disponer de nuestro propio dinero. No creo en la losa cada vez más pesada de la burocracia estatalista. No creo que el Estado tenga que encargarse de infinidad de cuestiones que puede resolver mejor la sociedad civil.
Cuando la industria puntera de un territorio implosiona y se intenta paliar esa pérdida con planes del Estado, el resultado es siempre el fracaso. Así ocurrió en Estados Unidos cuando cerraron las grandes siderurgias del Medio Oeste, o en el antaño pujante Norte de Inglaterra cuando decayó su pulso fabril y minero. El Estado fue incapaz de suplir la función de la economía privada.
Las oportunidades y el desarrollo sostenido llegan de la chispa del genio particular (véase EE.UU. con sus campeones digitales y ahora con la IA). Lo digo además porque a pequeña escala lo he mamado en mi experiencia particular. Vi cómo mi padre escalaba con su talento y esfuerzo, en una aventura privada. Vi cómo en mi ciudad natal, La Coruña, el genio de un empresario, al que luego se unieron otros, le daba la vuelta a una urbe abatida. Observo también el caso contrario, cómo comunidades antaño punteras, como Asturias o el País Vasco, se han ido quedando al perder inventiva empresarial, aunque todavía se camufle el daño mediante la anestesia del colchón estatista, en especial en el caso vasco.
Todo lo que planteo, por supuesto, no vende un peine en España. Por eso, cuando PP y Vox releven a Sánchez, probablemente seguiremos con un modelo económico socialdemócrata, que es el que ha inculcado la larga hegemonía del PSOE. Continuaremos fiando al Estado la solución a todos nuestros problemas e ignorando la certera máxima de Adam Smith: «No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de quien esperamos nuestra cena, sino de la atención a su propio interés».
Tampoco querremos asumir que el núcleo central de una sociedad sana y próspera estriba en lo que sucede en el núcleo de las familias -cada vez más rotas-, en la calidad de la educación (cada vez menos exigente y profunda) y en disponer de un marco de libertad que espolee la creatividad.
Todo eso no hay partido político que lo pueda arreglar a golpe de decreto. Depende en grandísima medida de cada uno de nosotros, de nuestros valores y de nuestras ganas de asumir las responsabilidades que nos corresponden.
El Gobierno no lo puede arreglar todo. Nos conformamos con que no estorbe.