El misterio Mariano
Ese Rajoy que no creó el marianismo como secta, sino como artificio periodístico, sabe a gloria bendita frente al sanchismo que tipejas como Leire quisieron inocularnos desde las sentinas de Ferraz. Añoramos su pasotismo. Quién nos lo iba a decir
Sepa, registrador, usted que es experto en delimitar territorios, que no se puede poner puertas al campo (al de fútbol, porterías) si la libertad de expresión la ejerce la izquierda, y si es un pontevedrés de derechas el que se toma la ídem, se le muestra un cartel con retrógrada norma: reservado el derecho de opinión. Solo se permiten puertas que se cierran a gusto de los ministros de la moral. Sepa también, don Mariano, que España no es país para sarcasmos, ya que toda ella es un sarcasmo en sí misma. Muerto el sentido del humor, solo nos queda el más sentido pésame para los muertos que caigan de este lado del muro: a los que quieren poner bombas-lapa a poco que se muevan. No haga chistes de la selección francesa. A ver si se entera, de una vez, de que usted no es Manu Sánchez, que puede decir en la tele pública que «España es Alemania con los nazis sueltos y la cerveza fría» o que «la España de Lamine y Nico Williams ha ganado a Austria, que es la tierra de Adolf Hitler, padre fundador de la prioridad nacional», o que el equipo alemán está lleno de nazis o el italiano de fascistas. Qué gracioso, qué ocurrente, qué talentoso, vitorean los que piden las sales por su artículo sobre el equipo gabacho, que Dios tenga en su gloria de cuarto en el Mundial. Incluso hay ministras hoy en desuso que pidieron la guillotina para los Borbones y fueron agasajadas con tartas. Usted mismo lo advertía: «Está el patio como para asomar la cabeza». Guillotina para usted, que no es Borbón, sino Rajoy Brey. Porque los bobos literales igual cortan las testas coronadas que la de un presidente que un día fue sustituido por un bolso, sin que el bolso se quejara de su misión histórica.
Ahora bien, don Mariano, pese al ruido y al «lío» generado artificialmente por su artículo en El Debate, debe saber que, aunque le pese la responsabilidad, se ha convertido durante estos años en el clavo ardiendo al que todavía se agarran los que odian a partes iguales a fariseos y a populistas. A veces, con odiar a unos, se desprecia a todos: son lo mismo. Ya sé que su cachazuda manera de mirar la vida no le da para asumir tamaña empresa. A usted, que le pintan tumbado en una hamaca, fumando un puro y leyendo el Marca, le vengo yo ahora a endosar las expectativas de millones de españolitos que llevan dos largas legislaturas derramando lágrimas por la España de la que prematuramente le desahució un enfermo de ego. Que no solo no se ha curado, sino que sigue ajustando cuentas, corriendo sus bolas por un alambre en el ábaco de la ética, con los conocimientos que no adquirió, los méritos que desposeía y la buena cuna que nunca tuvo. Usted quizá no se enfrentó a la izquierda ni a nadie. Pero tampoco nos enfrentó a nosotros. Y eso no se olvida.
Ahora Mariano Rajoy es racista y xenófobo. Cómo ha cambiado usted: la persona más ponderada de la escena política, un auténtico jarrón chino, pero con su propia esquinita entre los altos funcionarios del Estado –a diferencia de Felipe y Aznar, asomados siempre al abismo del rifirrafe público, o al imputado Zapatero–, acaba de ser lapidado por los sacerdotisos de la corrección política. Entre ellos, un canciller que no gasta talla ni para colgarse todos los entorchados que adornan sus vestiduras. Si Margarita, según Pedro, se acostaba vestida de militar, Albares duerme disfrazado de Napoleón, de Napoleonchu, en feliz hallazgo de mi compañero Ramón Pérez-Maura. Conoce don Mariano, y aquí lo ha escrito, que hay ministros chivatos; yo añado que van a ir al purgatorio. Perdida la influencia de España en Hispanoamérica, traicionados por nuestra diplomacia los saharauis, vendido nuestro Gobierno al paraíso fiscal de una Roca, solo le queda al minicanciller hacer de acusica ante los ministros de Macron, otro pseudomariscal al que le queda menos de presidente de la France que a Albares de pelota de Sánchez.
Muchos de los que le echan de menos, señor Rajoy, no le votaron (también eso tiene su gracia). Algunos le ridiculizaron y hoy le añoran tanto como se rieron de los memes que le retrataban (otro argumento para Gila). Gente normal que perseguía que le gobernasen adultos y no preadolescentes saldando cuentas, vía BOE, con sus complejos y satisfaciendo vanidades. El país que le recuerda alargando una sobremesa mientras Pedro y Ábalos levantaban la bandera de la regeneración está gordo, ahíto de sectarismo. Y reconoce en usted muchos defectos, pero el de ser doctrinario no. Hasta su irritante tancredismo es hoy una añorada virtud al lado de las psicopatías sin tratamiento que le sucedieron. Y su funcionarial respeto por las instituciones es en estos tiempos de ruido y furia un lujo con el que soñar en una tarde de julio. Ese Rajoy, que no creó el marianismo como secta, sino como artificio periodístico, sabe a gloria bendita frente al sanchismo que tipejas como Leire quisieron inocularnos desde las sentinas de Ferraz. Añoramos su pasotismo. Quién nos lo iba a decir.
Ya sabe, don Mariano, que una mala crítica puede amargarle el desayuno, pero nunca el almuerzo, como sostiene Muñoz Molina. Y ahora voy a leer su columna vecina sobre la final España-Argentina por si ha puesto usted a hiperventilar a Patxi y a Puente. Ninguno de ellos tiene edad ni lecturas para ser heraldo contra el fascismo de un gallego –sin ego, sin esmeraldas y sin batallas por ganar–, perito en guasas.